XXXV
Desde Algeciras.—Algeciras es una minúscula Cosmópolis. Picaresca, linda andaluza de todos festejada, á quien nadie pregunta por su abolengo y de quien nadie indaga el origen de su fortuna. Es bonita, se presenta bien, sabe comportarse en sociedad, y basta.
Su nombre logró resonancia universal en los días de la Conferencia; aquella Conferencia en que la diplomacia europea dejó arreglado todo... lo que ha sido preciso arreglar después punto por punto.
Tiene dos excelentes hoteles muy á la europea, un kursaal muy concurrido, con recreos honestos; cinematógrafo, un buen sexteto. Alguien echará de menos otros recreos, aliciente sabroso de estos lugares. Yo no eché nada de menos. Algunos murmuradores dirán que allí se juega; yo no he visto jugar.
Las mujeres de Algeciras son muy guapas y visten con verdadera elegancia. El madrileño puede guardar para otro lugar y otra ocasión la compasiva sonrisa que tuvo para otras elegancias provincianas. Aquí no hay por qué sonreir.
Frente á Algeciras se alza el Peñón de Gibraltar como enorme dreadnought anclado. Un lejano atavismo nos mueve á indignación y á tristeza. Bien será guardar el sentimiento patriótico en lo más amplio de nuestra filosofía. De manifestarlo, nos expondríamos á observar en torno esas actitudes y esas caras que podemos advertir cuando en una visita cometemos alguna indiscreción de la que no es posible avisarnos en voz alta sin cometer otra más grave.
Algeciras, La Línea, San Roque, toda la comarca debe mucho á la vecindad del Peñón. Corren aires de Europa. Tal vez se piensa si no sería más conveniente que razas y pueblos estuvieran así salpicados, entremezclados, por pequeñas agrupaciones, sin la gran división de extensos territorios y señaladas fronteras. Quizás la fraternidad universal sería ya efectiva.
Desde Ceuta.—Estremece pensar que Ceuta, en manos de nuestros Gobiernos, haya sido lo que fué hasta muy poco. Por fortuna, gracias á los conjuros del general Alfau, se desvaneció la pesadilla. Aun dejó el presidio alguna atmósfera angustiosa: los elementales artificiales de que nos habla la Teosofía. No subsistirán. Ceuta despierta, Ceuta vive y trabaja con fe y con entusiasmo.
Las tropas españolas animan y alegran la ciudad de situación privilegiada, de suave clima, de sanos aires. Soldados y oficialidad son orgullo de todo buen español. Los que hemos visto en ciudades extranjeras muy guarnecidas, tumultos, indisciplinas, borracheras, y vemos este orden, esta disciplina, esta confraternidad de nuestros soldados, nos atrevemos á decir á nuestros inquietos antimilitaristas: La perfección no es de este mundo; pero, dentro de nuestro estado social, el Ejército es lo mejor que tenemos en España.
En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros en las obras del puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como una gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre jaique, con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas hijas del Sol. Su vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias y lleva, como pudiera llevar un atributo de realeza, un gran paraguas, bien arrollada su tela de algodón. Los moros más pobres tienen predilección por el paraguas. No es utilidad, es lujo. Como el sultán bajo su imperial quitasol, ellos van orgullosos con su paraguas de tres pesetas debajo del brazo. La democracia busca extraños senderos para llegar á todas partes.
El morito busca trabajo, se conduele—Moro no tiene trabajo; busca y no encuentra.—Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las obras del puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se ríe ya francamente.—Cuando trabaja, duele cabeza.—Y se tiende sobre unas piedras como sobre un almohadillado diván; me pide un cigarro, lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en derredor; alza los ojos y mira á lo alto.
Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos todo el escenario de nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción del glorioso recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó á glorias españolas en nuestros días.
Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres, con el calor de viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en Madrid, después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell. Recordamos el Diario de un testigo de la guerra de Africa, el libro que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas á pedradas; juegos de moros y cristianos.
¡El Diario de un testigo, tantas veces leído en aquella edición de Gaspar y Roig, con sus ingenuos grabados en madera, con sus terribles morazos, terror de nuestros sueños infantiles!
Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos Sierra Bullones, Los Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede haber caído sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo, de criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral de entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos lugares y la oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo que de nuestro propio corazón: desde el corazón de nuestra madre; como las oraciones á Dios que ella nos enseñaba y surgen siempre cuando, sobre todos los engaños de nuestra inteligencia, la verdad del corazón se estremece al golpear de un verdadero sentimiento.
Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de adelfales, frondosos de laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se festonea de blancura al caer sobre la playa de las conchas; blanca también, más blanca que las espumas; de albor calizo sus arenas.
Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus caseríos, como terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como irisación de tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con el esmalte de sus mosaicos multicolores.
Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á la ciudad de las cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que recordar algunas ciudades españolas para no asustarme.
Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda roto. Parece imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en tantas negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es igual á los sumandos.
El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da un acre olor á tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis penetrar hasta los huesos, correr por las venas.
Figuras y grupos interesantes restablecen pronto la atención desilusionada. Un negro enano, con grandes anillos en las orejas, loquea en la plaza. Es el Garibaldi de Tetuán. Pasa un aguador, vestido de los más pintorescos harapos que puede imaginarse. Toca su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le miramos sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.
Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán. Es mulato, de arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de sedas sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra blanca, y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos ofrece el té á la morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.
El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que pudiera envidiar cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las artes hacen grandes á las naciones.
Las casas de los moros acomodados presentan graciosos contrastes. Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de comedor, procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de los Estudios, espejos de cafetín, floreros y baratijas de baratillo.
En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se ostentaban dos floreros de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía dispuesto para las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el álbum de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.
En el patio de un moro poeta, un patio todo recogimiento, todo poesía, junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un armario chinero, y, al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina, un frasco de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!, verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.
Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el álbum de uno de mis acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así: «Cuántas veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la Patria!»
Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención y á la nuestra, estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía con maliciosa resignación.
XXXVI[1]
Señoras y señores:
Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo, no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos con reglas fijas.
Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó: «Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»
De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo mismo. O es muy fácil ó es imposible.
¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada, que el arte sea un don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero artista sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de Jacob; pero la mano de Esaú»?
Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en una predestinación. Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad, basta con observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda criatura una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen los teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino, al fin vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que algo faltaba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros y tan experimentados al derechero camino de nuestro propósito.
Sin esta inclinación natural, sin esta predestinación, ¿comprenderíamos el ejercicio de algunas profesiones necesarias á la soberana armonía del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos elegiríamos las profesiones más brillantes.
Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis que haya quien sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero el bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya bombo y platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la sabiduría infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la batuta. ¡Y desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores de orquesta!
Que sobre la natural predisposición es preciso el estudio, ¿quién lo duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay artistas que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar á sus obras la importancia de lo sobrenatural: «Yo no he estudiado nada—afirman;—yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo pinto...» No lo creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio era una gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el premio de un gran trabajo.
Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces lo más parecido á la holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el artista fuma ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada. Los que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material, pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El artista, tal vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su holgar es trabajo contra la vulgar opinión?—¿No se hace nada?—¡Phs! Ya lo ve usted; nada.—Pero en esos aparentes ocios fueron engendradas las grandes obras del espíritu; porque todo es trabajo para el artista, siempre en actividad su conciencia, siempre al atisbo su percepción, siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que muchas veces saltan y se quiebran y en vez del bien templado acorde y la dulce armonía, es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el silencio pavoroso de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el que llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de expresarnos con palabras.
Escribir es una limitación, como lo es toda obra, como lo es todo lo creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda obra es una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á sumarse al espíritu infinito.
Ved, pues, si es difícil espiritualizar materializando. Y eso es la obra del escritor y eso es la creación. Somos los hombres como vasos en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual infinito. El mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar conciencia así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar una conciencia á lo infinito inconsciente.
A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La ocasión que aquí me trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparcimiento de esta noche, era para mí seguridad de vuestra benevolencia.
Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto dominio del arte de escribir para unir todos los corazones españoles en un solo sentimiento de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las gracias.
Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están está con ellos toda España.
XXXVII[2]
Si esta fiesta, queridos niños míos, solo significase una lección aprendida en la escuela, poco significaría en verdad. No aprendida por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera yo para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por efusión de simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada de amor en que se ardía el corazón de San Francisco, el serafín de Asís, cuando cantaba á todas las criaturas de Dios como á hermanos: Hermano sol, hermana agua, hermano lobo, hasta la hermana muerte; el mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria del Buda: ¡Dios mío, evitad el dolor á cuanto existe!
Si esta fiesta solo significa una pública exhibición, algo como un examen bien preparado de una asignatura, nada valdría, os digo. No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy poco en su vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y los guerreros de la Historia; son los trabajadores del telar, de la aguja, los inventores humildes, que ni un nombre dejaron.
Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana en casa atormentárais al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el campo, os dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué valdría esta fiesta?
No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños; aunque muy graves sabios aseguran que sois de mala condición por lo general, esos sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres de ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé que los buenos sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro corazón está siempre abierto á la generosidad, que en vuestro espíritu alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres, cuando no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso sus palabras, os enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la desconfianza. Y no sé yo qué sea peor, si malas palabras y malas obras de acuerdo, ó buenas palabras en contradicción con las malas obras; aun es más perturbador, más dañoso este desacuerdo.
¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir nunca, si el niño ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que nos conviene y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?
¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con todo el mundo, si él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la familia, con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de peligrosa maldad no llega á molestarnos?
¿Y creéis que los niños no se percatan muy pronto de todas estas contradicciones nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su espíritu recelos, hipocresía y rencores?
Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia de esta fiesta. Si hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres van á los toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?
Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo él tiene virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.
Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador de pocas letras, pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas y divinas y de mal arreglada conducta.
No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en ellos vimos es lo que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en nuestro corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría: casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma del niño.
Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de esta sequedad de nuestro espíritu.
Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros. Sólo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura.
La historia nos lo dice: los reyes que dejaron nombres de sanguinarios y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron que soportar penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don Pedro llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre halagos y blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera, fueron de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia y San Fernando de España, educados por aquellas dos nobles reinas de Castilla, Doña Blanca y Doña Berenguela, de eterno ejemplo como madres y reinas.
Yo sé que muchos son en España los que en nombre de un mal entendido casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa virtud. Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la crueldad y la destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble continencia y la apacible gravedad. Ni la dulzura de costumbres debilita á los pueblos, antes por ser más amable la vida será en ellos también más firme el amor patrio.
De los descontentos y los mal hallados salen los traidores y los malos patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para amar lo que no es amable.
Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no había de defenderse con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara á gusto?
Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al llegar á un pueblo no hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su riqueza, ni su poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar; basta con muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos que se tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados y escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en que sobre las más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos árboles y en las ventanas sonríen como saludo de paz las macetas floridas, bien cuidadas, como á caricias de manos de mujer, bien puede asegurarse que es un pueblo culto, de dulces costumbres, un pueblo dichoso.
Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que ese sol brille más glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras grandezas, cuando el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.
XXXVIII[3]
Para mostrarnos cómo no puede haber paz en el alma de los malvados, como aun al verlos triunfantes y en apariencia dichosos, no por eso debemos desconfiar de la eterna justicia, dice un Santo Padre de la Iglesia: «En la conciencia del malvado hay siempre algo que tiembla». Sí, es verdad...; pero también para los buenos, para los justos hay algo que tiembla siempre. Ved; es un día feliz en la familia, tal vez se celebra un santo, una fecha venturosa, más unidos que nunca los corazones, padres, hijos, allegados... todos respiran esa confianza mutua, ese enlace de unas almas con otras, probadas en alegrías y dolores compartidos á todas horas... el corazón de cada uno engrana en el corazón de los otros, como una piedra en sólido edificio... el edificio familiar; ¡la familia! Nuestro pequeño mundo, en que nunca pesa sobre nosotros la angustia de sentirnos abandonados, como Robinsón en su isla, ni la tristeza de sentirnos perdidos, dispersos en la multitud del mundo grande, indiferente, hostil, acaso... Es la hora de la comida; la familia modesta, parte de su pan de comunión, bendito por el trabajo honrado. En el silencio hay más efusiva cordialidad que en las palabras. Los pequeños ríen alborozados.
Los padres sin mirarse se miran en sus hijos... De pronto la mirada del padre se nubla de tristeza, un pensamiento triste ha pasado por su frente, ha estrujado su corazón. Sí, también en el alma de los buenos hay algo que tiembla, como en el alma de los malvados. El amor de los suyos. Si yo me muero, ha pensado el padre, ¿qué será de estos hijos? ¿Quién podrá darles esta alegría de ahora? Y en la desolación de su alma, los ve con hambre, con frío, como esas criaturas de la calle que estremecieron tantas veces su corazón de padre, tanto de compasión por ellos como de egoísmo por los suyos... las criaturas que piden limosna, que venden periódicos, la mozuela desvergonzada, víctima de hombres soeces... el ladronzuelo conducido entre guardias á empellones... Todo eso puede ser de sus hijos, de aquellas criaturas que ahora son tan felices con tan poco, con la alegría de estar juntos, de compartir con amor aquella comida de bendición... alegrada por alguna golosina de extraordinario... Y el padre tiembla y palidece, y cuanto más ríen los hijos más le cuesta contener el llanto que desborda en su corazón.
—¿Qué te pasa?—le pregunta la esposa, que advirtió pronto la cerrazón de su alma.
—Nada, mujer. ¿Qué quieres que me pase?
Pero ella lo sabe, porque también ha pensado lo mismo muchas veces... sólo que la mujer, cuando piensa en la muerte, piensa en Dios antes, y ella está segura, porque así se lo ha pedido á Dios muchas veces... de que el padre no les faltará nunca, porque ella le pide á Dios todos los días que de morirse alguno sea ella... ¡Yo no les hago tanta falta! Sólo las madres saben ofrecer así su vida en el recogimiento de sus rezos, sólo ella, por amor á sus hijos, llega á creer que no les hacen tanta falta en el mundo como los padres...
¡Bendita institución esta, que para socorro de viudas y huérfanos de médicos algún consuelo será en la vida de los que apenas logran con su trabajo la seguridad del día de hoy, siempre angustiada por la incertidumbre del mañana!
Penosa profesión es siempre la medicina, aun para los que logran cumplida recompensa. No se comprende sin vocación tan decidida como la del sacerdocio. Consagrarse al dolor... luchar contra la muerte... enemigo que cuando huye parece que no hubo mérito en vencerle, y cuando se vence siempre deja lugar á la sospecha de que faltó el acierto en combatirle.
Juzga la vulgar opinión que los médicos, en fuerza de frecuentar el dolor, tienen embotada la sensibilidad... A pocos médicos han conocido en la intimidad los que así juzgan. Yo sé de médicos que han llorado por muchos niños las lágrimas que no lloraba alguna madre indigna de serlo; yo sé de algunos médicos que han salvado con abnegación á muchos enfermos del abandono de familias despreocupadas, yo sé de muchos médicos que han muerto sin enfermedad, sin saber de qué... del corazón, certificaba otro médico, más bien por convencimiento íntimo que por diagnóstico seguro... Lo que sucede es que el médico, cuando nadie ve llegar á la muerte, cuando todos sonríen á su alrededor confiados, es el único que no puede llorar todavía, y cuando todos lloran porque la ven llegar implacable, es el único que ha de sonreir hasta el supremo instante... interponiéndose con fingida calma entre los ojos espantados del moribundo y la negrura insondable de la muerte.
Pues estos hombres que pasan sonrientes como la esperanza, entre todos los dolores y males de la tierra no pensaron apenas en el dolor de los suyos. Ellos que saben como nadie, que esa crueldad del sentimiento egoísta, cuando al llorar la pérdida de un ser querido hace pensar con animal instinto:
¡En qué situación hemos quedado! Ellos que saben la brutalidad de la frase: El muerto se lleva la llave de la despensa. Realidad más descarnada que la misma muerte, consideración brutal que parece como si rebajara el sentimiento del alma al grito de la animalidad; ellos no habían pensado nunca en los suyos para evitarles este dolor vergonzoso...
Pues es preciso que, unidos todos, los predilectos de la ciencia y de la fortuna con los humildes sea desde hoy tranquilidad de todos y honra de la clase el que vuestras esposas, vuestros hijos, no tengan que añadir á un dolor del alma el dolor del hambre. Que el padre trabajador y honrado no se lleve al morir la llave de la despensa. Que esas palabras crueles, sólo justificadas por la crueldad de la vida, no vuelvan á oirse en duelos familiares.
Es mala disculpa de nuestra indiferencia ante los males exclamar resignados: ¡La vida es así! ¡Cosas de la vida!
Hay un espíritu en nosotros que nada valdría si no fuera capaz de sobreponerse á los males del mundo.
Tened en cuenta que la mayor seguridad de que hay una Justicia y una Bondad infinitas está en que nuestro espíritu las comprenda y las desea, y que en nosotros hay poder para realizarlas, poder que Dios bendice desde el cielo, cuando cantan sus ángeles: «Paz en la tierra á los hombres de buena voluntad».
XXXIX[4]
Señoras y señores:
Fuera descortesía solicitar vuestra benevolencia. Al haberme designado para ocupar este puesto de honor, ya os anticipasteis á ofrecerme algo más: un cariño, al que sabré corresponder con toda la gratitud de mi alma, y una admiración, á la que ya no puedo aseguraros si sabré corresponder del mismo modo. Y, no por vanidad propia, creedme, para contento vuestro, hoy más que nunca quisiera corresponder á ella. Mas si en algo habíais de ser defraudados, antes prefiero que lo seáis por mi entendimiento que por mi corazón. Si el verdadero cariño es el que más perdona, y el más verdadero el que ni aun se cree en el caso de perdonar, porque ni advierte si hubo falta, mayor será mi agradecimiento cuanto más crea yo en conciencia que mucho habéis tenido que perdonarme; como perdona el noble, por natural nobleza, sin darme á entender siquiera cuanto habéis tenido que perdonar. En ocasiones como esta, os sentisteis entusiasmados y conmovidos por la palabra de elocuentes oradores; la palabra vibrante, con todo el calor del sentimiento, con toda la gracia de la espontaneidad. Hoy la palabra escrita llegará á vosotros apagada y descolorida. Hay de la elocuencia del orador, corriente de agua saltadora y libre, á estas mansas aguas aprisionadas, de la palabra escrita, la diferencia que hay, entre enamorados, de la declaración de amor trémula, que va de la boca al oído, mejor diré, de boca á boca, á la carta en que el amor se declara, con palabras muy comedidas, muy respetuosas, porque no están delante, al escribirlas, los ojos que niegan ó conceden licencia para mayor atrevimiento. Y, menos mal, si aunque cortés y fría, aun indica, por su misma timidez, la verdad del sentimiento, peor, si con frialdades retóricas, que quieren parecer apasionadas, dice bien claro que fué copiada de alguna novela ó más vulgarmente del secretario de los amantes. Yo no soy orador, ni soy elocuente. Aquí me tenéis con mi carta de enamorado tímido. Las hermosas jóvenes que me escuchan comprenderán mejor que nadie la verdad de esta comparación entre oradores y escritores. Habéis tenido novios orales y escritos. Porque habréis tenido más de un novio. No temáis que descubra aquí vuestro secreto. Las mamás no escuchan. Las mamás no escuchan nunca; sólo miran. ¿No lo habéis observado? Al despedirse algún rendido galán de ingeniosa charla, cuando las jóvenes encantadas dicen: ¡Es muy simpático!, cómo las mamás solo advierten: lleva muy rozados los puños ó tuerce los tacones. Es que las jóvenes escuchan hasta con los ojos; las mamás no escuchan, miran siempre, hasta cuando parece que leen un periódico ó que duermen. Y ¡qué bien hacen en mirar mientras escucháis vosotras! Porque su triste experiencia ve más lejos, porque el matrimonio de mañana y la vida de todos los días, tienen más relación con los puños rozados y los tacones torcidos que con las palabras seductoras, eterna letra sin sentido, de esa divina música del amor, con que la vida se burla eternamente, sin vencerlos nunca, del eterno dolor y de la eterna muerte. Pensaréis: ya pareció el escéptico, el ironista. Mal sientan ironías y escepticismo en fiesta de amor y poesía. Pero el escepticismo no es negación absoluta, es duda y nadie duda de una verdad aparente, si no lleva en lo más profundo de su alma el sentimiento íntimo, la limpia imagen de la verdad verdadera y con ella de lo que es bueno, y es bello, y es justo, y es noble, y es grande. El escepticismo es comparación y, naturalmente, todos los que quieren engañarnos quisieran que no hubiera comparaciones, que no fuéramos escépticos. Ya lo creo... ¡Qué ganga para los falsificadores de moneda si no hubiera moneda legítima para confrontarla...! Nunca veréis que el verdadero creyente se escandalice porque haya quien no crea santidad la hipocresía de muchos devotos por conveniencia. Nunca veréis que la verdadera caridad se alarme porque no tomemos en serio esas funciones y esas rifas benéficas organizadas por alguna Junta de señoras aristocráticas; esa caridad que no cuesta mayor sacrificio que enviar unas circulares á los amigos, lucir un lindo traje y leer después la revista de algún cronista de salones—acaso éste sea el mayor sacrificio—donde á vuelta de adjetivarlas á todas muy primorosamente, el propio cronista, con guante blanco y llave de aluminio, les abre de par en par las puertas del cielo. Pues á no creer en cosas como éstas se llama escepticismo. En cuanto á la ironía ¿qué es la ironía sino la bondad en la indignación? Vamos á indignarnos y nos entristecemos tanto que acabamos por compadecer y ni queremos entristecer compadecidos. Y así es la ironía... una tristeza que no quiere llorar... y sonríe... porque compadece y perdona. El escepticismo y la ironía son alas también del ideal, que, si no sirven para elevarnos á grandes alturas, como la fe y el entusiasmo, sirven para no tocar demasiado bajo en la tierra cuando á la realidad hemos de acercarnos. Pero, ¡no creer en nada! Eso sólo es posible cuando hemos dejado de creer en nosotros mismos. Cuando nada bueno hallamos en nosotros, es cuando podemos decir: todo es malo; porque es nuestra alma como nuestros ojos, que al asomarse á otros ojos lo primero que en ellos vemos es nuestra propia imagen... Pero el bien existe mientras el sentimiento del bien esté en nosotros, aunque no seamos capaces de realizarlo por imperfección de nuestra voluntad. El amor existe mientras seamos capaces de amar, aunque nadie nos ame. La verdad es, mientras nuestra razón no llegue á persuadirse de que son verdades, todas las mentiras con que nuestros intereses y nuestras pasiones y nuestras cobardías procuran engañar á nuestra conciencia. En nosotros está nuestra vida y está nuestra muerte y está lo que más importa, nuestra eternidad, siempre que nuestra conciencia esté sobre todo. No hay que pedir fuera de nosotros mismos esa satisfacción del premio y del castigo, buena para desenlazar melodramas y folletines. Ved, en las grandes tragedias de Shakespeare, la más amplia concepción de la humanidad que produjo el arte. En ellas, como en la vida, el dolor, que pudiera parecer castigo, cae por igual sobre los buenos y los malos, con más ciega fatalidad que en la tragedia griega. El poeta mismo, tal vez espantado de no percibir en la tierra un resplandor de justicia divina, llega á exclamar: Como las moscas para los chicuelos traviesos, somos los hombres para los dioses; nos matan por divertirse... Pero él sabe que sobre el terrible juego de los dioses, si eso fuera, está siempre la idea de justicia en nuestra conciencia, más alta que los mismos dioses. Cuando envueltos en la misma trama de maldades mueren con muerte violenta el infame Yago, el apasionado Otelo, Desdémona sin culpa; aunque la fatalidad del destino sea para los tres dolor y muerte, ¿no es verdad que nuestra conciencia basta para decirnos, aunque el poeta no lo diga, que es infierno y condenación la muerte para Yago, el que solo vivió para su egoísmo, y es muerte animal, muerte de fiera, la de Otelo, el que amaba mucho pero no amaba bien, porque sólo amó por instinto, y es gloriosa la muerte de Desdémona, la inocente, la que culpada no supo hallar más que sencillas disculpas porque las razones de la virtud son sencillas siempre? Y de los tres, aunque solo Yago, por crueldad del poeta, hubiera sobrevivido y triunfado de todos... ¿Quién quisiera ser Yago? No hay víctima inocente que quiera cambiarse al sucumbir por su verdugo triunfante. El que hace bien ni sabe decir por qué lo hace; el que hace mal, ved cómo busca explicación á su conducta; más que convencernos necesita convencerse á sí mismo de que hizo bien, tan cierto está de que hizo mal. Y es que toda la maldad de los malos quizás llegara á suprimir el bien sobre la tierra, pero no la justicia. Cuando todos los buenos fueran desdichados, no habría un solo malvado que fuera dichoso. El mundo moral está regido por rigurosas leyes mercantiles; todo valor recibido representa el mismo valor abonado. Tal vez recibimos mal por bien, bien por mal de quien no lo esperábamos. Es que el bien y el mal que hicimos son créditos transferibles; cobramos ó pagamos unos por otros, pero al cabo de cierto tiempo todo está satisfecho. Vuelve el mal al mal, el bien al bien; la moneda tal vez es distinta, el valor es el mismo. El malvado parece hombre dichoso, está alegre... No os engañéis. Impunes todos sus delitos que escaparon á las leyes humanas, absuelto por todas las indulgencias, ó descreído de la justicia de los hombres como de la justicia de Dios, sin temor á nada ni á nadie, hay siempre en el fondo algo que tiembla... En la mayor tristeza del justo, abrumado de todos los males, sobre todas las negruras que pudieran obscurecer su conciencia, hay siempre una serenidad de cielo, que ya sería el cielo aunque otro cielo no existiera... Es tan mezquina nuestra idea de la eternidad, que no podemos concebirla sin que de ella forme parte lo que más nuestro nos parece, por sentirlo más cerca de nosotros. Esto es, nosotros mismos; esta mezquindad, esta limitación que es nuestra persona, un nombre propio, una percepción reducida en una reducción del tiempo y del espacio. Esperamos que la otra vida sea... casi como esta vida, otra vez nuestra vida; un lugar de reunión en que hemos de saludar á la familia y á los amigos por sus nombres y aun hemos de continuar murmurando de sus asuntos y preocupándonos por nuestros negocios. ¿Qué eternidad sería esta? Eternidad es no saber de nosotros mismos; porque la eternidad no es material ganancia. La riqueza de nuestra vida no será lo que hayamos atesorado, sino lo que hayamos repartido. Vivirá de nosotros lo que de nosotros hayamos dado; más se encontrará de nosotros cuanto más hayamos perdido. Y ¿cómo hemos de entregarnos, cómo hemos de perdernos? ¿Dónde hallaremos nuestra eternidad, que por serlo del todo, ni podremos decir que es nuestra? En el amor y solo por el amor. Religión, Ciencia y Poesía; los tres más claros luminares de nuestro espíritu, nos esclarecen el camino del Bien, de la Verdad, de la Belleza, que es el camino de la eternidad del espíritu. Amar inmensamente, amar infinitamente: ascender por escala de amor desde el instinto á la inteligencia, de la inteligencia á la divinidad. Hablemos sólo de la poesía... Sabio es el lema tradicional de su torneo: Fe, Patria, Amor. Amor todo. Amor, primero instinto; forma ya menos egoísta del instinto de conservación, del miedo á la muerte, de su instintivo horror en toda criatura... Siente el hombre que ha de morir y siente la necesidad de prolongar su existencia en la prole, carne de su carne, vida de su vida. El amor es todavía instinto... Después, siente que la conservación de la prole le impone sacrificios, ha de defender á sus hijos, ha de cuidarlos... Empieza el deber. Este deber se limita á la familia, todo lo más á la tribu... los otros hombres son... el enemigo, el extraño... Pero el estado de lucha no puede ser constante... Se pacta con la tribu vecina, tal vez para combatir contra otra tribu más fuerte, tal vez porque la paz permita el trabajo del campo, la quietud doméstica. Empieza la amistad. El hombre, por su propio interés, se desinteresa ya en algo de sí propio y de los suyos. Y al acercarse al extraño, que fué su enemigo, tal vez se encuentra en él, porque el extraño también tiene hijos, también los cuida y los defiende. Y empieza la simpatía, y tras la simpatía, que es amor, la inteligencia. Sí; tan una es la inteligencia con el corazón que no podremos nunca entender lo que no hemos sentido. Una vida de estudios y de meditaciones no dará tanta luz á nuestra inteligencia como una hora de amor. Cuántas veces nos sucede sentir por alguien una antipatía invencible. Fulano es un ser odioso, insoportable; le oímos hablar y sentimos la necesidad de llevarle la contraria, por poco le mataríamos. Y aquel hombre odioso, antipático, llega un día á nosotros con cara triste; habla de sus penas, tal vez perdió á su madre, tal vez á su hijo, tal vez fué víctima de una crueldad, de una injusticia de los hombres. Ya le escuchamos conmovidos; aquel hombre es un hombre como nosotros, aquella pena ha sido nuestra alguna vez, puede volver á serlo, no es una pena extraña, es una pena de nuestro prójimo. Ya no parece aquel hombre tan odioso ni tan antipático, ya es nuestro odio lo que nos parece injustificado. Y así todo se entiende cuando la simpatía nos acerca... La virtud y sus más altos heroísmos, como el vicio y el crimen. Hay en todo ello algo humano que puede ser también nuestro. Para el amor no hay nada extraño ni nada incomprensible. Yo he oído á una desdichada mujer, amante de un verdadero monstruo, un criminal rematado de presidio: Me dicen todos por qué quiero á este hombre tan malo; pues porque para mí no lo es, y si es malo para todos y para mí no, señal de que á mí me quiere más que á nadie en el mundo. Y era verdad, solo que ella equivocaba la razón de su cariño; porque aquel hombre también era malo para ella, pero era ella quien le quería más que nadie en el mundo, y aquel amor de mujer era bastante para vestir de luz el alma del criminal, como de luz resplandecían las llagas de los leprosos al posarse en ellas las manos de azucena de la Santa Reina Isabel de Hungría. Milagros del amor, acaricie leprosos ó criminales; milagros del amor, sobre todas las miserias del alma. Nunca tuvo más hermoso gesto el Cid Castellano, que al tender la mano sin guantelete al lazarino hundido en el fangal. Como esa mano entonces y tantas manos de mujeres divinas y de santos gloriosos, fueron las que vistieron en la Edad Media las armaduras de sayales, los sayales de armaduras, en aquella empresa de bárbara grandeza, que fueron las cruzadas y el incesante guerrear de los cristianos contra los infieles. Y ved también cómo lo que empezó en odio y en guerra, fué origen de civilización y de tolerancia, que si el Occidente y el Oriente guerrearon, también se conocieron y también llegaron á amarse y los poetas cristianos cantaron gentilezas y amores y bizarrías de los infieles, y los poetas orientales hazañas milagrosas, noblezas de corazón de los cristianos. Y sobre el sentimiento de Patria y el de Religión, surgió el de Humanidad... Y prendiendo sus alas de luz en el espaldar de las corazas, el espíritu alboreaba... Aun alborea. No hay que desesperar porque tarde en brillar el día. ¿Qué importa la tardanza de siglos en las auroras del Espíritu si amanece para la Eternidad? El amor á la Patria es primero instinto también, es el amor á la tierra, al campo que el hombre labra con su trabajo; la Patria es la parte de tierra necesaria á la subsistencia del hombre y de la prole, es el terreno en que ha de afirmarse la perpetuidad de la raza. Después van despertándose emociones; recuerdos de horas felices, recuerdos de días gloriosos. El espíritu de la Patria surge; van quedando más hondas las raíces y elevándose más aéreo el ramaje, y en la rama hay flor, y en la flor aroma. La Patria va teniendo conciencia y se constituye como Estado, que es ya la Patria inteligente. La raza aspira á realizar el bien, la justicia. A la venganza se sobrepone la ley y á la ley el perdón, que es tal vez la más segura justicia. Por el amor á la Patria comprende el hombre como debe respetarse la Patria de otros hombres; como por el amor á sus hijos comprendió cómo era respetable el amor de otros hombres á los suyos. También en otras Patrias hay campos labrados con pena, y hay hogares de amor, y en torno abuelos y nietecitos, y recuerdos de días felices y gloriosos, y tierra que cubre los restos de muertos llorados. Y la simpatía va de unas Patrias á otras, y contra el combate injusto la conciencia universal protesta como contra una lucha fratricida. No es decir que toda guerra sea injusta. Hay guerras inevitables; cuando una nación, un Estado constituído, olvida, egoísta, las relaciones de amor y de justicia con otros Estados; cuando un pueblo bárbaro, todavía de instinto, opone tenaz resistencia al avance de la civilización, precisa es la guerra, como es preciso limpiar de salteadores los caminos. Si por ambición personal de un tirano, como Napoleón; si por codicias de una oligarquía; si por intereses egoístas de un pueblo entero el camino de la civilización se dificulta, deber es de las naciones inteligentes, de las que no descendieron de su elevación espiritual, combatir contra los merodeadores. La guerra entonces es justa y es legítima, como lo fué nuestra guerra de la Independencia, hoy conmemorada entre vosotros en una de sus más gloriosas y decisivas batallas, en que la conciencia de tres nobles pueblos se unió contra el instinto de un gran ambicioso, de quién apenas desaparecido, ya preguntaba el poeta: «Fu vera gloria, Ai posteri l'ardua sentenza». La posteridad ha sentenciado. Todos los arcos triunfales, todas las columnas, todos los monumentos alzados en su honor por el pueblo cuyo nombre usurpó para imponer sus ambiciones personales como aspiración nacional, no hablan tan alto de justicia como cualquiera de esos humildes campos aldeanos, cuyos terruños, nutridos con la sangre de sus labriegos, que supieron morir gloriosos sobre la misma tierra que cultivaron humildes, levantan las espigas de sus mieses, como si protestaran de haber sido pisoteados por el extranjero. Extranjero de espíritu, que extranjeros eran también por la Patria y no lo fueron al pelear con nosotros en nombre de la justicia y del Derecho atropellados, los nobles ejércitos de Inglaterra y de Portugal que en España y por España combatieron. Si necesaria es en ocasiones semejantes la solidaridad de naciones alejadas por la distancia, unidas sólo por el sentimiento, ¿qué debemos pensar de esas demencias separatistas que pretenden la desunión en un Estado inteligente para volver á la Patria primitiva del instinto? ¿Empequeñecer la Patria que antes debe tener por aspiración constante destruir fronteras por el amor, que levantarlas por el odio? Si una Patria se perdiera y hasta el recuerdo de todas sus tradiciones y todas sus glorias, por realizar mejor la justicia al fundirse con otras naciones, para constituir un Estado más perfecto, más apto para realizar la justicia... bien perdida estaría; nunca había realizado mejor el destino de su eternidad. ¿Y qué decir de esos que en nombre de la Patria son constantes perturbadores del Estado? ¿Qué les impide aportar su concurso inteligente á mejorar lo que sólo por solicitud amorosa de todos llegará á ser perfecto? ¡Ah, no están conformes con la forma de gobierno! ¿La forma? ¿No les dice bastante esta palabra? ¿Hay alguna forma de Gobierno en los pueblos modernos civilizados que se oponga á la realización de los más altos ideales de justicia? Todo será saber imponerlos y por el odio nada se impone. ¡Ah, cuantas de esas brillantes inteligencias servirían mejor á la Patria trabajando más por ideales de fondo que por ideales de forma! ¿Qué importa el metro en que se versifica si la poesía es buena? Cuánto mejor fuera que muchos de esos halagadores de instintos despertaran inteligencias dormidas, y mejor que á prometer bienaventuranzas que ellos son los primeros en saber que no consisten en cambiar de régimen, en vez de decir al pueblo mentiras de la República fueran á los palacios á decir á los Reyes, cara á cara, sin grosería pero con entereza, verdades de la Monarquía... ¡Ah, ese amor á la Patria que lo pide todo de los demás y nada ofrece por cuenta propia! El que no lee, pide que se estudie; el holgazán, que se trabaje; el falsificador, que no se engañe. El padre que no supo educar á sus hijos, se lamenta de la falta de escuelas. No: en la escuela, en la Universidad, ilustran los maestros, los libros. Educar sólo educan los padres. Y no con palabras que se contradicen después en las acciones, sino con ejemplos. Por eso son tantos los padres que dicen: Que vayan al colegio estos chicos, hay que educarlos. Saben que ellos no los educarían nunca. Y cuando no se educa á la Patria en nuestros hijos, cuando nada hacemos por ella en nuestra propia casa, queremos que los gobiernos trabajen por los que no trabajan, estudien por los que no estudian, piensen por los que nunca pensaron, tengan una conciencia que nadie tiene. Nadie barre la puerta de su casa y nos quejamos de que la calle esté sucia. Pedimos gobiernos inteligentes. ¡Felices los pueblos que pueden ser gobernados por tontos! Y ahora, ved otra grave falta de educación. Si preguntáis al pueblo para qué sirve el Ejército, os dirá: para hacer la guerra. Así lo aprendió, así se lo dijeron. No fuera mejor decirle: el Ejército sirve para mantener la paz. El Ejército es la fuerza, sí, pero es la fuerza á la orden de la razón y de la justicia. No es amenaza, es seguridad. Si le juzgáis improductivo en su acción, no veis que es todo vigilancia y la vigilancia no es nunca ociosa aunque parezca improductiva. La espada del Ejército, como la espada de la justicia, vela sobre vuestros campos, sobre vuestros talleres, sobre vuestros amores y vuestros ideales; sobre las codicias de fuera y las traiciones de dentro. Desconfiad de los que dicen: ¿para qué tanta fuerza, para qué tantas precauciones? El que nada intenta contra la seguridad de un domicilio, no se ofende si al llamar á la puerta observa que le miran por el ventanillo. Sólo á la gente maleante le parece que sobra la policía. Hasta del cielo cristiano, mansión de amor, donde la fe del creyente ó la imaginación del poeta asientan todos los ideales de perfección, se dice que hay milicias celestiales. Hasta la justicia y el amor divino afirman el santo temor de Dios entre espadas flamígeras de arcángeles. Aun no ha llegado el día en que la inteligencia sea tan natural en los hombres como el instinto, cuando todo instinto animal se haya espiritualizado en la conciencia de nuestra eternidad. La fe religiosa del hombre es también instinto al despertar. Es anhelo angustioso de no morir para siempre. El hombre mira dentro de sí y halla una vida interior que es algo que no palpan sus manos, ni ven sus ojos: es el pensamiento que vive en todo él y no está en parte alguna de su cuerpo. No es el latir de su corazón, ni es el golpear de su cerebro, es algo sutil, algo impalpable. Cierra los ojos, y le parece que ha muerto al cerrarlos á la visión de cuanto le rodea y su pensamiento vive todavía, dormido sueña... No hay duda, el pensamiento es la parte inmortal de su ser. Morirá, pero seguirá pensando siempre. Y su pensamiento sueña con una eternidad de vida. Vivirá eternamente, pero ¿dónde vivirá? Y sus ojos entonces se vuelven adonde el horizonte es limitado, al misterio insondable de los cielos donde todo habla eternidad. Y allí va su esperanza y allí pone su fe. Después, aquel cielo ignorado va poblándose de imágenes ideales. Primero, para el hombre de instinto, hay un Dios de venganza; después es un Dios de justicia, después un Dios de misericordia, un Dios que por amor se hace hombre y siendo todo sabiduría y todo poder, no quiere juzgar á los hombres sin haber padecido todo el dolor de la humanidad. Y padece como si no supiera. El, que todo lo sabe, que es un Dios quien padece y puede sobreponerse al dolor. ¡Hermosa verdad para el creyente! ¡Hermoso símbolo de la verdad para los descreídos! Al expirar en la cruz, al gemir como una pobre criatura humana, ¡Padre mío! ¿por qué me has abandonado? Habrá quien dude de que Dios pudiera nunca hacerse hombre; no habrá quien dude de que en aquel instante, crucificado por amor á todos los dolores de la carne y á todas las tristezas del alma, el hombre se hizo Dios. Y nunca alboreó la aurora del espíritu como al morir un Dios crucificado, señalando á los hombres el camino de nuestra redención y nuestra eternidad. Poetas, reina, damas gentiles, señores todos: vuestro corazón sea conmigo, el mío es con vosotros. Nada más.
XL[5]
Mi vida de autor dramático no podrá recordarse sin recordar á Rosario Pino, la intérprete ideal de tantas comedias mías cuando mis comedias no le gustaban á nadie más que á mí, al contrario de lo que ahora sucede, que á muchos les gustan y á mí no me gustan nada. Y yo estoy más triste ahora, que no puedo estar conforme con el aplauso, que entonces cuando no sabía estar conforme con las censuras.
Sé que al despedirse Rosario Pino muchas obras mías se despiden también; pero no seré yo, por eso, quien entristezca esta despedida. ¡Despedirnos, caminar, alejarnos... morir... olvidar al fin, que es verdadera muerte...! Todo es lo mismo, todo es la vida... y hay que afrontarlo cara á cara...
Si fuímos siquiera, ya que no luz de astro esplendoroso, amable luz de lámpara familiar; si por algún alma pasamos como una caricia; si supimos avivar á nuestro paso la simpatía de otros corazones, capaces de sentir como propios toda alegría y toda tristeza humanas... al alejarnos—despedida ó muerte—y sustituir la presencia con el recuerdo, será como purificarnos, será como desmaterializarnos, será un resplandor sin llamarada, será como una diafanidad de gloria... Lo mejor de nuestra vida está en el corazón de los que nos aman. Para el artista el amor es la admiración, que, como dijo Shelley, la gloria es amor disfrazado... Por eso sólo puede decirse que se van ó que mueren los que no supieron hacerse amar.
La dulce voz será silencio. Pero ¿qué música valdrá lo que el recuerdo de esa voz en nuestras almas? No seré yo quien le salga á usted al paso para decirle: No nos deje, que el callar de su voz es como si algo también enmudeciera en nosotros... No; que aquí, en nuestro corazón, queda para siempre y bastará poner atento el oído al corazón para escucharla, como al acercar un caracol nos parece oir como recogidos en sus repligues de nácar el oleaje del mar lejano...
No seamos egoístas en nuestra admiración... De una insigne actriz francesa se cuenta que en triunfo de teatro exclamaba: ¡Bien me pueden aplaudir; les doy mi vida! Usted nos ha dado lo mejor de su vida; justo es que nuestra admiración le consienta á usted descanso.
El público no ve, no sabe que cuando á él llega una ráfaga de arte puro, esa ráfaga... presupone una tempestad en el alma del artista, como el aire apacible que refresca un día ardoroso nos llega tal vez de un vendaval remoto que fué desolación y espanto...
Para el artista son las lágrimas crueles, para el espectador las dulces lágrimas. Amor y gratitud para el artista que da por bien pagadas sus tristezas más hondas con vuestro aplauso.
Rosario Pino no podrá olvidar nunca los aplausos de este público suyo: su recuerdo será quizás toda su alegría en el descanso buscado... No olvidéis vosotros pronto á la que supo haceros olvidar tantas veces las emociones penosas de la vida con la elevada emoción de su arte.
XLI
CAMPOAMOR
Siempre he temido volver á los lugares que dejaran en mí gratos recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron el encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de nuestras almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego abiertos por milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el ver es una hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?
Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por sí? ¿No hay valor alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las mismas siempre; pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó crepúsculos, pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones tormentosos con relámpagos de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las almas, todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y también nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos en las almas que nos atienden...
Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo que saben decirnos los demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se esconde ante la conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de nuestra conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte á vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera ser toda nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte que el disfraz llega á ser más que el vestido, algo tan propio y tan adaptado á nuestro espíritu como nuestra corporal hechura. El que logra hacerse una cara con la más agradable de las caretas ha dejado de ser hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena virtud de mascarada será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar de ese modo una careta, y que estas caretas espirituales, si han de parecer como nuestra propia cara, han de amoldarse de dentro á fuera, y han de ir muy prendidas en nuestro corazón.
Pues si difícil es saber la verdad de nosotros mismos, ¡cuánto más difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á ellas ya no somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?
Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores canciones á la gloria efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro corazón es caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece camino nuevo.
Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la que había jurado amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta de otra novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa carta». Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y cuando él, al verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido, me decía: «Sí, sí, dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella era mentira».
Después de esto no extrañaréis que aun no os haya dicho nada de nuestro poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me atrevo á decir su verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones suscitadas por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él os hablara?
¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su fisonomía me era ya familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años de su vida; yo comenzaba á literatear, literatura de señorito.
Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo mío, me presentó á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida, llegaba en coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos; todos salían un momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban con el anciano poeta, de rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros, unos ojos que sonreían á todo, con tal gracia, que con no sonreir sus labios nunca, pues la boca era de severa expresión, la gracia de sus ojos bastaba á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la voz reprende al nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.
Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le presento á usted á Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el maestro, el abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he olvidado nunca aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no he estado nunca muy seguro de tener mucho talento, mucho talento, he procurado siquiera, ya que en talento no fuese aventajado, aventajar en bondad. Porque aquellas palabras del poeta y otras del obispo, que al confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he dejado de repetirlas un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis oraciones más fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.
Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros? La vida de los poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda inquietud espiritual; pero una inquietud que pudiera decirse sosegada. Hay hombres de vida azarosa, perdida en vanas agitaciones, que al parecer responden á desasosiego interior, á inquietud espiritual, y si vamos á ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos y pasos.
Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin sacudidas aparentes, y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en palacio señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por dentro mansión de dolor.
Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe: «Tengo bien señalada la demarcación entre mi vida política y social y mi vida moral y poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía á sí mismo un ser social.
Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como el hombre era tan amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de las ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles, oía celebrados y repetidos sus versos en labios de las damas y de las jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.
Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta que mejor las comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres! creían por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que pueden cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que no podían ser de otra manera, de que no se las debía pedir lo que no pueden dar...
Las mujeres que saben de amor saben que el hombre que de verdad las ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus engaños y más se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es comprender y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres, comprende y perdona. El poeta amante, maldice y castiga.
En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al buen amigo es al que las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el verdadero amante, y suelen decirle: ¿Por qué no será como usted? Usted sí que me quiere, usted sí que es bueno para mí. No hay que creerlas mucho, porque si lo creyeran así, con dejar al amante y tomar al amigo... Y ya se sabe que las mujeres conceden rara vez ese ascenso.
El amor y la muerte fueron las dos grandes inquietudes que animaron en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor del amor y de la muerte?
Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el lazo que la Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.
¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la Naturaleza, de este instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto, cuando el hombre solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede elevarse en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por su conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado queda así el círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en sentido inverso, aceptado el deber, ya todo será espiritualidad en nuestros amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual, en vez de proceder del goce instintivo el deber doloroso.
Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos límites ningún caminante torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?
Campoamor no sabía si había un Dios; creía que debía haberlo. Y esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un aposento obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol á nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si ese rayo viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos, ¿no pudiéramos creer que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del cielo á nuestra frente que de nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros ojos pero su luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de sol en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su resplandor siempre sería divino.
XLII[6]
Señoras y señores:
La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos. Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...
Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha de pesar sobre el contribuyente harto castigado.
Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.
La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte... ¡Asusta tanto que nos llamen lateros!
Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres, obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo que nos hemos divertido entre tanto?
Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo chirigotero...
Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.
Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.
Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se paga.
Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu; avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta sobreponerse á ellos.
Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro entendimiento, sequedad de nuestro corazón.
Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda la vida.
Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.
He dicho, y como pocas veces he dicho lo que sentía, porque ¡deja uno tantas veces de decir lo que siente por temor á parecer latero...!
XLIII[7]
Señoras y señores:
Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de Literatura no celebra funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos de tristeza, más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria de algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán: «La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna podemos repicar y tocar á gloria de todo corazón.
Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo y en plenitud de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese dejo amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse al festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto cumplimos; ahora á casita y no se moleste usted más por nosotros». Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo escritor, al increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto, que es su obligación.
La Sección de Literatura bien quisiera no ser siempre una especie de funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes es... porque entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos el obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no suelen valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no sé, ahora que hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá alguno del otro mundo á solicitar su homenaje.
Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad honores cuando más honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie dudará que hoy es el caso para esta Sección de Literatura.
Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte, ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en congresiles discursos y brindis de banquetes.
¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en noble lengua castellana?
¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio de la poesía?
No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.
Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por nuestras almas.
He dicho.
XLIV
JUAN DE LEPES
Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de Salamanca; el menor de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de Lepes, tejedor de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.
Viuda á muy poco su madre, y en extrema pobreza, pasó con sus hijos á la villa de Arévalo y después á Medina del Campo. Allí halló Juan un noble protector en don Alonso Alvarez de Toledo, administrador de un Hospital de la villa. En este Hospital cuidaba Juan de los enfermos y era en edad de doce años grave y pensativo.
A los veintiuno entró como novicio en el Monasterio de Santa Ana, de los PP. Carmelitas, en Medina, y en este mismo Monasterio profesó á su tiempo, con el nombre de Fray Juan de Santa María.
Enviáronle sus superiores á estudiar teología en Salamanca, y aconsejado por Santa Teresa, ingresó en la Orden expresada de Carmelitas descalzos. Discordias entre los calzados y los descalzos, fueron causa de persecuciones para Fray Juan de la Cruz, que así se llamó al cambiar de Orden. Fué trasladado á Toledo y allí encerrado en el convento de observantes sujeto á duras penitencias.
Por inspiración divina, nunca nos falta en semejante caso, recibió la orden de fugarse y así lo ejecutó, descolgándose por una ventana. Refugióse en un convento de monjas y huyó después á Almodóvar. De allí pasó á Granada y fué nombrado, primero, definidor de la Orden, y después, vicario de la casa de Segovia.
Mal hallado su natural humilde en estos cargos, se retiró al desierto de la Penila, en Sierra Morena, y allí, caballero andante á lo divino, como Don Quijote, hizo penitencia, aunque por más alta Dulcinea.
Quebrantada su salud, hubo de recogerse en el convento de Ubeda, y allí murió á 14 de Diciembre de 1591.
Fué canonizado en 1674. Su cuerpo está en Segovia en el convento de la Orden.
Fué San Juan de la Cruz el místico por excelencia. La vulgar acepción considera místicos á muchos escritores, que en rigor sólo pueden ser llamados devotos y cuando más, ascéticos. De los españoles, sólo Santa Teresa, en «Las moradas», el beato Juan de Avila, algunas veces, pueden ser considerados como místicos en el verdadero sentido del misticismo.
El misticismo, ha dicho Matter, se eleva sobre la ciencia positiva y la especulación racional y aspira al elevarse, á la intuición en lo metafísico, en lo moral á la perfección.
El misticismo llega al conocimiento por el amor como la filosofía y la teología pretenden llegar por el entendimiento.
El misticismo no es luz que alumbra la razón, es llamarada que abrasa sentidos y potencias y sublima el espíritu hasta confundirse con el objeto de su amor. Amada en el amado confundido. Y para él la verdad sólo tiene un nombre. Amor. ¡Amor! Unica verdad que no admite contradicción ni razonamiento.
Cuando se dice: Creo, tal vez se dice: Dudo. La duda condescendiente siempre se expresa así: Yo creo que... Cuando se dice: Amo, se dice: Creo, creo con toda el alma.
De todos nuestros místicos ninguno tan desunido del mundo exterior, de su propio mundo interior como San Juan de la Cruz. Su espíritu no era siquiera mariposa que se abrasa á la llama del amor divino, era la propia llama ardiente como el Espíritu divino en los zarzales de Moisés, en el tabor de Cristo.
Voy á leeros la canción entre el alma y el Esposo, paráfrasis del Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz escribió sobre estas canciones: «El Cántico Espiritual», glosa y declaración de cada una de sus estrofas.
Y según palabras del Santo. Por cuanto estas canciones parecen ser escritas con algún fervor por el amor de Dios, no quiero yo decir toda la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellos lleva. Porque—añade después:—¿Quién podrá escribir lo que á las almas amorosas donde él mora, hace entender?
Esta es la causa porque con figuras, comparaciones y semejanzas antes rebosan algo de lo que sienten.
Las cuales semejanzas no leídas con la sencillez del espíritu de amor é inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón.
Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrá declarar al justo, ni mi intento es tal, sino dar alguna luz en general, y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor dejarlos á su anchura.
Sabia advertencia para los que pretenden razonar de lo que está sobre toda razón.
Dejemos el amor á su anchura y ensanche el amor nuestras almas.