XXXIV

A cada año nuevo acude, con todo el valor de una gran verdad filosófica, la reflexión que, en otras ocasiones, no es más de un tópico adecuado á tertulias caseras: ¡Cómo pasa el tiempo!

Parece que fué ayer cuando estrenábamos siglo, y ya nos andamos por su año 13. ¡Pavoroso número para los agoreros!

Por lo pronto, aparte la guerra de los Balkanes, ineludible legado de su antecesor, para nosotros ha comenzado con su poquito de perturbación política y, lo que es más grave, con la amenaza de una carestía general de los comestibles si no sacamos pronto en rogativa á unas cuantas imágenes de singular devoción.

A este respecto, sería muy de agradecer la buena intención del ilustre jefe del partido conservador si, al retirarse de la vida pública, hubiera pensado: «Después de mí, el diluvio». Hoy por hoy, un diluvio es lo más necesario sobre esta tierra nuestra, siempre combatida por los extremos: ó sequía hasta perecer, ó inundaciones y desbordamientos hasta la ruina.

Por una vez, llovería á gusto de todos; conformidad tan dificultosa de obtener en negocios del cielo y de la tierra.

En la noche primera del año una multitud alborozada, más que un nuevo año, parecía estrenar una vida nueva. ¡A la flor de ilusión le basta con tan poco para prender de nuevo en nuestras almas! Una fecha del calendario es suficiente. A las once y media, nada esperamos de la vida; al sonar de las doce, lo esperamos todo de un año nuevo. Doce uvas nos bastan para embriagarnos de ilusiones y de esperanzas.

¿Qué nos traerá el año 13? Hasta ahora no trae, como cumple á todo recién nacido, su correspondiente pan debajo del brazo.

La multitud gozosa, que le saludaba al nacer, no pensaba en esto. Ni siquiera pensaba que, con el pan, subirá la carne, y con la carne el precio de los toros de lidia.

La multitud, como los niños, es irreflexiva en su alegría.


La moda tiene su significación en Arte. Y tiene su valor el artista que logra imponer una moda, y más si la moda es natural expresión de su espíritu y en él fué originalidad y sólo pareció moda al ser después seguida y copiada por los imitadores. Y gran valor tiene también el que, con ajustarse á la moda, logra, no obstante, destacarse entre los uniformes figurines con fisonomía y aire muy personales.

Pero así como en una reunión de la mejor sociedad, aunque por lo pronto se lleven la atención las mujeres más llamativas en el vestir y en el adorno, las que ponen la moda, cuando nuestra curiosidad se ha reposado agradecemos el sencillo atavío de alguna noble dama y en su señorial sencillez aprendemos dónde está la verdadera distinción, así en Arte, sobre las gracias y frivolidades llamativas de la moda, acabamos por volver los ojos á la noble sencillez, que es de todos los tiempos.

Antes de ahora lo he dicho: creo que en ningún tiempo hubo en España tantos y tan buenos poetas como ahora. De ellos, los hay favorecidos por la moda; de ellos, á quien la moda perjudica. De ellos, y Manuel Sandoval es el primero, de los que no vistieron su poesía con galas á la última, de los que dejaron pasar figurines, seguros de que la moda volvería á ellos, y ellos, aunque alguna vez pudieron desesperarse al verse desairados, nada perdieron con esperar.

De mi cercado es el último libro de versos de Manuel de Sandoval. En los anteriores, Cancionero y Musa castellana, había dado clara muestra de su valer. Hay en uno de ellos una poesía á los primeros pasos de su hija, de las que no se olvidan, de las que dejan esa emoción perdurable que se suma á las emociones de nuestra propia vida y es el verdadero valor de una obra de Arte.

De mi cercado es la plenitud del poeta. Léase «Pátina»; léase «Recompensa».

Como es esta última poesía la musa castiza, de noble prosapia castellana de Manuel Sandoval, bien puede decir á los que á ella se lleguen:

Yo soy para vosotros deidad, sirena y maga;

yo soy pasión sin celos y goce sin hastío;

hoguera que el aliento del huracán no apaga

y fuente que no seca los soles del estío.

Tan sólo al que me ama someto á mi albedrío;

me otorgo como premio, mas no como merced;

exijo, si soy fuego, que me busquéis con frío,

y quiero, si soy agua, que me busquéis con sed.


Irá para tres años, día más, día menos, que empecé á escribir estas charlas de Sobremesa. Muy agradecido á mis lectores, muy agradecido á la dirección de este periódico, creo que ha llegado, con el año nuevo, ocasión de despedirme por algún tiempo, no sin sentimiento por mi parte; fuera ingratitud, de que soy incapaz.

Renovarse ó morir, ha dicho un excelso poeta. Ya que uno no pueda renovarse á su voluntad, bueno es que la propia conciencia nos advierta del peligro que hay en ser siempre el mismo, que es el de fatigar á los lectores. A mí me conviene descanso, y á vosotros variedad.