XVII

El conde de Pradére ha tenido un rasgo de verdadero españolismo al adquirir La Vicaría, de Fortuny. Ya que del conde no puede decirse nada, se dice del cuadro. Ha pasado de moda; Fortuny ya no se lleva.

Y ¿qué pintor no ha pasado por estas alternativas y veleidades de la moda? Tiempo hubo en que Murillo era estimado sobre Velázquez, el Greco era menospreciado y Goya no era tenido en mucho. Ahora mismo ¿no hemos desempolvado á Lucas?

La pintura de Fortuny está, sin duda, en ese período crítico para toda obra de arte: cuando se está viejo y no se ha llegado á ser antiguo. Hasta muy pocos años ha ¿no eran risibles y ridículos los retratos de señora con su miriñaque? Hoy ya tienen valor histórico. Actrices modernas se han atrevido á presentarse con miriñaque en escena al interpretar obras de aquel tiempo. Y obras dramáticas; á lo que ninguna actriz se hubiera atrevido antes, segura de comprometer el éxito, ante el público regocijado.

El polisón no ha logrado todavía estos honores. Dentro de algunos años tendrá también su valor histórico y las actrices podrán atreverse con él como ahora con el tontillo y con el miriñaque.

Fortuny, como Meissonier, como tantos otros pintores, indiscutibles en su tiempo, pasan ahora por el período difícil del miriñaque y del polisón.

La posteridad inmediata es el más recusable juez para las obras de arte. Sólo nos interesa lo actual ó lo que ya parece muy lejano. Lo que pasó, pero aun está cerca, diríase que nos envejece al considerarlo. Mejor sabemos dar razón de las guerras púnicas que de la guerra francoprusiana. Más sabemos de Carlos V que de Isabel II.

La Vicaría, de Fortuny, recobrará su puesto de honor en la historia de la pintura española. Aunque no fuera más que por la numerosa descendencia que tuvo. Durante medio siglo la pintura española fué procedente de Fortuny. Los grandes cuadros de historia, teatrales en sus personajes y en su indumentaria, los cuadros de género, lindos, acabaditos, como miniaturas: de una España amable, bonita, de terciopelos, rasos y blondas. Visión de un arte lisonjero que á todos nos tenía adormecidos hasta el despertar cruel del desastre. ¡Oh! ¡El arte optimista!

Hoy todavía dicen algunos de Zuloaga que nos calumnia. Zuloaga no hubiera pintado nunca La Vicaría.

La Vicaría era un cuadro de sueño. Los cuadros de Zuloaga son el despertar. Pero ¡hay quien dormía tan á gusto!


En Barcelona la opinión ilustrada de algunos médicos se ha creído en el deber de llamar la atención sobre los perjudiciales efectos causados en la imaginación de los niños por las películas cinematográficas.

El cinematógrafo, como el teatro, abusa de lo terrorífico.

Cuando la vida era más ruda y violenta; cuando la expansión individual alternaba, por lo menos, grandes heroísmos con grandes crímenes, estos espectáculos de horror no podían ser tan nocivos. En la vida moderna, tan socialmente disciplinada, en que los buenos ciudadanos no son capaces de grandes heroísmos ni de grandes virtudes, por no desentonar, por no descomponer el conjunto, y sólo se manifiesta el individualismo en los rebeldes y en los criminales, el contraste es más llamativo. Para una imaginación inquieta, al huir del gris monótono, sólo ve la intensidad del rojo de sangre. Los criminales son como héroes cuando no vemos héroes mejores.

Los dramas y las novelas románticas de ahora son dramas y novelas de ladrones y de asesinos. Sus aventuras son robos y asesinatos.

Estos son los modernos libros de caballerías, capaces á crear elementos artificiales inspiradores de siniestros propósitos.

El teatro y el cinematógrafo para los niños es un problema de higiene, un problema educador en que el Estado debe intervenir con urgencia.

Nuestras calles y nuestras casas, y el espectáculo todo de nuestra vida, ya son bastante para manchar el alma de nuestros niños. Que al asomarse con la imaginación á los sueños de nuestro Arte, nuestro Arte no sea más sucio, más negro que la misma vida.

¿Llevaríais á vuestros hijos á pasear por un estercolero ó junto á una charca pestilente?

Pues aun es más necesario el aire puro á su imaginación que á sus pulmones.


Al ver cómo se interesaba la opinión por el nombramiento del nuevo director de la Biblioteca, alguien de buena fe habrá pensado: ¡Gracias á Dios que nos interesamos por algo que no sea política menuda ó torería!

¡Ay! Todo es uno y lo mismo. Si la gente se ha interesado en este caso es por lo que ello ha tenido de política y de torería. La importancia del cargo era lo de menos. Las personas designadas para ocuparle, significaba poco. Lo divertido era la lucha, la competencia. Hasta se han cruzado apuestas.

Como siempre, y muy á la española, los partidarios del uno negaban al otro todo merecimiento.

La triste satisfacción que pueden tener uno y otro es la seguridad de que los más fieros disputadores eran los que más ignoraban el valer de los dos ilustres contrincantes.

En España sería millonario cualquier escritor si le leyeran todos los que le admiran y la mitad siquiera de los que le odian.