XVIII

Desde Hamburgo me envía persona respetable el original y la traducción de un artículo publicado en el diario General Anzeigner, de la ciudad citada.

Extractaré lo más substancioso, según la traducción de referencia. El artículo se titula «Deshonra de la raza», y dice, entre otras cosas: «Varios periódicos publican relación de las impúdicas aproximaciones de algunas señoras y señoritas de raza blanca, á los hombres de la tribu de beduínos que actualmente se exhibe en el Jardín Zoológico de Hagenbeck, en Hamburgo.

Los buenos beduínos vinieron á las manos por cuestión de faldas y fué necesaria la intervención de la Policía y la repatriación de los más levantiscos.

Aunque la empresa Hagenbeck ha tomado enérgicas medidas para evitar la repetición de estos incidentes y ha dado á sus empleados orden terminante de expulsar del parque á toda señora que se aproxime á los beduínos en forma sospechosa, todavía han ocurrido escenas tan lamentables como la que acabamos de describir.

Triste y lamentable es que la mujer alemana, por lo general de carácter y costumbres ejemplares, olvide hasta ese punto su decoro.»

Otras muchas consideraciones trae el artículo; pero no quisiera que, al transcribirlo, nadie creyera que yo me complacía en publicar debilidades de algunas señoras alemanas; debilidades que, si allí son excepcionales, aunque numerosas, no son exclusivas de Alemania.

Cuando en París se han exhibido de estas tribus salvajes, en el Jardín de Aclimatación ó con motivo de Exposiciones universales ó coloniales, tampoco han faltado curiosas de amores exóticos.

Los mulateros de la calle del Cairo, en la Exposición de 1889, fueron en aquella temporada, la coqueluche de cés dames.

Por aquí no menudea ese género de exhibiciones. Sólo hemos tenido una de aschantis y otra de esquimales, en los malogrados Jardines del Buen Retiro. Para prueba no es mucho. La mujer meridional, contra la vulgar opinión, es mucho menos acometedora en amor que las mujeres del Norte. Pero, en fin, celebremos que las exhibiciones no hayan sido muchas y que los aschantis y los esquimales fueran, unos, demasiado negros, y otros, demasiado descoloridos.

Las inglesas, por su parte, también se han significado bastante en estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro está: con pretextos de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido siempre maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses tienen una religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su conducto no es nunca consecuencia de una religión ó de una filosofía, sino lo contrario; la religión ó la filosofía, consecuencia de su conducta. La conciencia procede del acto; como en todos los pueblos y en todos los hombres fuertes.

Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en tierra de filosofías para todos los gustos, no se andan por las ramas filosóficas y se descaran buenamente en este sistema de colonización pacífica y casera.

La mujer tiende siempre á restaurar más que á revolucionar. Esta manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es, quizás, un argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas humanas. Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y en todas las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que no haya duda en la clasificación: las limpias y... las puercas.


De todas las intolerancias, la más intolerable es la pretensión de un monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.

Por esta pretensión se ha planteado un desagradable conflicto en el benéfico Instituto del doctor Rubio.

La Junta de señoras pretendía sustituir á las enfermeras laicas por hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la voluntad del doctor Rubio se oponían á esta sustitución. No obstante, con mayor espíritu de tolerancia, no se oponían á que alternara un número determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado número de enfermeras en la asistencia de los enfermos.

Las señoras intransigentes no admitieron este modus vivendi. Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa protección al benéfico Instituto.

No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á respetar, á admirar á las hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento la figura de una de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero yo sé que bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como aquella hermana.

Cuando se fundó el hospital del Niño Jesús, el primitivo, en el barrio de las Peñuelas, era su directora una admirable mujer, por su talento y por sus virtudes: sor Rosalía. El doctor Tolosa Latour la conoció seguramente y podrá atestiguarlo. Ella sola podía ser honor de una institución. Pero también, como aquélla, son muchas otras.

Pero también como éstas y como todas las hermanas de la Caridad, hay otras mujeres inteligentes y honradas y buenas, capaces de cumplir con su deber profesional tan santamente como las hermanas de la Caridad con su deber religioso.

Cuando alguien cumple con su deber, no debe preguntársele en nombre de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas señoras de la Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que sólo un doctor especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen católico, protestante ó librepensador.

El personal facultativo del establecimiento se basta y se sobra para juzgar si las enfermeras atienden con solicitud á los enfermos y cumplen con su deber. Ellos son los más interesados en que así sea.

Ni el amor al prójimo, ni la más sublime caridad, ni el sacrificio por la más alta idea del deber, son patrimonio de una creencia religiosa determinada. ¿Con qué derecho puede negarse á nadie que cumpla con su deber, porque sus razones no son las mismas que las nuestras?

Además, no hay religión en el mundo que llegue á imprimir uno solo de sus mandamientos en nuestro corazón, si en nuestro corazón no estaban ya impresos todos los mandamientos religiosos.