XXIV
Como en todos los veranos, las «capeas» han originado conflictos por esos pueblos. La autoridad gubernativa las prohibe, la autoridad de los alcaldes es insuficiente para imponer la prohibición. Los mozos se amotinan; la intervención de la Guardia civil ocasionaría mayor conflicto. ¿Qué han de hacer los alcaldes? Dejar que los mozos se salgan con la suya. ¡Es mucho salvajismo el de los pueblos!, se dice. No es más del que se ha cultivado en ellos. ¡Si para ellos no hay otra fiesta más que la «capea», y, suprimida, no les queda otra diversión! Pero, aunque otra cosa crean los que por comodidad ó desidia declaran al pueblo ineducable, ¡es tan fácil su educación!
Buen ejemplo es un humilde lugar de la provincia de Toledo: Aldeaencabo de Escalona. Por la fiesta del Santo Patrón era inevitable la «capea». Verdad es que á la «capea» quedaba reducido todo el festejo. En este año se acordó organizar una función teatral, hubo unas cucañas, unas carreras en sacos, unos fuegos artificiales y nadie echó de menos la «capea» y nadie protestó contra su prohibición. Para ello ha bastado con muy poco: con la autoridad de un sacerdote ejemplar, con la influencia educadora de un maestro, con la buena voluntad de algunos vecinos, y la fiesta se ha celebrado á satisfacción de todos, modelo de orden y de cultura.
Con muy poco gasto y menor esfuerzo se conseguiría lo mismo en todos los lugares de España. El paisaje de España es como su espíritu: hosco, áspero. Pongamos dulzura en los paisajes y en las almas. No escuchemos la voz egoísta de esos enamorados de lo característico, de lo pintoresco. Son los que se asoman al campo y pasan de largo, sin dejar á su paso amor ni bondad. El amor al paisaje por el paisaje es como el amor á los animales: una forma del egoísmo, de la misantropía. Los paisajes y los animales no dan disgustos como las personas. Estos dilettanti de lo pintoresco se complacen en la rudeza de los campesinos. ¡Para lo que han de estar entre ellos! ¿Que se instruyen? ¡Qué lástima! ¿Que pierden carácter? ¡Qué profanación! Hasta el día de la pedrada ó del garrotazo ó de la coz, que todo llega...
No hay derecho á mantener, en nombre de lo pintoresco, la ignorancia, el atraso, que nunca son bondad, aunque puedan parecer sencillez. Dulcifiquemos, dulcifiquemos, sin temor á que la dulzura desvirtúe la virilidad. Los pueblos de vida amable serán siempre más ardorosos defensores de su independencia que los pueblos de vida ingrata, atormentada. Sólo entre los descontentos nacen los traidores. Es preciso una gran virtud para amar á una patria en que nada es amable.
El señor Canalejas, que tan gubernamentalmente ha tronado contra los inadaptados, debiera darse una vueltecita por algunos lugares de España; y lo que había de admirarle entonces sería... que hubiera tantos adaptados á lo inadaptable.
Sarah Bernhardt celebra sus bodas de oro teatrales. ¡Cincuenta años de teatro! Y todavía su arte extraordinario, único en la historia de la escena, logra sobreponerse á los ultrajes del tiempo. Verdad es que nunca el espíritu se sirvió de medios tan inmateriales de expresión material como en la divina artista. El cuerpo de Sarah nunca tuvo edad; su voz no fué nunca de humano timbre. No era la voz que se oye; era la voz con que se sueña. Era como la luz musical del pensamiento. Y ¡la noble armonía de sus actitudes! No hubo sensación fugitiva que no se consagrara en ella, como en escultura, para la inmortalidad.
París, escéptico adorador de sus dioses, ya sonríe ante los cincuenta años escénicos de la actriz bisabuela; pero sonríe cariñoso y admirado. Sarah, con muy buen acuerdo, ha ido á celebrar sus cincuenta años de teatro á Inglaterra. Los ingleses saben admirarla sin escepticismo. La juventud espiritual de Sarah es para ellos tan respetable como la propia juventud de la vieja Inglaterra. Un milagro de voluntad, si al decir voluntad cabe decir milagro. Esa gloriosa vida de arte supone una tensión constante de espíritu sin un desfallecimiento, sin una desconfianza en las propias fuerzas. Sarah sólo ha vivido para su arte; el arte ha correspondido, generoso, á tanta fidelidad.
En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los tristes efectos del absentismo. De las casas grandes, de linajuda nobleza, cuyas más saneadas rentas de Salamanca proceden, muy contadas han sido las que contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían muchos: «¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia?» Son días en que los humildes, no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo agradecen y lo admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de acortar distancias y de suavizar asperezas.
Las hermosas muchachas premiadas en el Concurso de belleza, las que vistieron los trajes clásicos de charra, tuvieron que pasear por la población en deslucidos coches de alquiler. ¿Para cuándo guardan los grandes señores de la provincia sus trenes de gala?
En la escolta de charros montaraces, que dieron guardia de honor á los príncipes de Baviera, faltaron los de casas muy principales. ¡Buen ejemplo para los de abajo!
¡Luego se quejarán del desamor de los humildes! ¡Pues qué!, ¿hacen algo por merecer su amor ó su respeto?
Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos deberes. No es de los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la provincia, alguna playa ó balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en la ruleta del Casino lo mejor de las rentas solariegas.
Los grandes señores han olvidado el arte de agradar, que, claro está, no es más que el arte de saber aburrirse. Pero ese arte es un deber de la nobleza y del dinero. Y ¡es un deber que está tan compensado! Siempre que procuramos agradar acabamos por ser agradables; y... cuando se es agradable, se está más divertido que nunca.