XXV

Bien pudiera algún predicador haber repetido las exclamaciones famosas de Bossuet, en los funerales de una princesa de Francia: «¡Madame se meurt!... ¡Madame est morte!» Las que pusieron espanto en aquel auditorio de príncipes y grandes señores de la Corte, al considerar cómo, en el breve espacio de dos exclamaciones, aun no vista llegar, pasó la Muerte. La Muerte niveladora, y, por serlo, el más cierto resplandor de la ideal Justicia sobre la tierra; el más seguro anticipo suyo para otra eterna vida. La Muerte, de quien otro poeta francés dijo: «Et les gardes qui veillent aux barriéres du Louvre, n'en defendent pas nos rois».

Y triste actualidad recobran también los versos de Cervantes á la súbita muerte de la reina Isabel de Valois:

Cuando dejaba la guerra

libre ya el hispano suelo,

en un repentino vuelo,

la mejor flor de la tierra

se fué trasplantada al cielo.

Y al cortarla de la rama

el mortífero accidente,

fué tan oculto á la gente,

como el que no ve la llama

hasta después que la siente.

Los poetas de ahora temen ser tildados de cortesanos, y, sólo cuando se trata de lisonjear las malas pasiones de los de abajo, no se juzgan aduladores. Así, los poetas no cantarán á la buena memoria de la infanta María Teresa. Ni es necesario: estas vidas sencillas, de bondad, de recogimiento, parece como si se profanaran con altisonancias ditirámbicas. En el abultado libro de la Historia, sobre el trompeteo de las grandes hazañas bélicas y de las intrincadas empresas políticas, estas vidas han de ser como flor guardada entre las hojas del libro: una meditación, un silencio entre el barullo de tantas grandes y de tantas malas acciones, que son la Historia y son la vida...

Ni aun sientan bien ponderaciones cortesanas por el dolor que su muerte causara á los suyos. ¿Para qué decirnos que las tristezas de los grandes de la tierra son excepcionales como su grandeza? ¿No estará nuestra mayor simpatía en saber que son iguales á las nuestras? ¿El dolor de la madre? No digáis á las madres que es un dolor de reina; decidles que es el dolor de todas las madres, y ¿cómo no han de comprenderlo? Ved cómo la Religión cristiana, al divinizar el dolor de Cristo, humanizó el dolor de la Virgen madre; porque divinizado hubiera dejado de ser dolor, al gloriarse en la gloria del Hijo.

Ni es bien poner distancias ante el dolor que á todos iguala. Ofrezcan, con grandeza de alma, los grandes de la tierra sus dolores, como sacrificio aplacador de odios y envidias. Nunca como en la Cruz comprendió á Dios la Humanidad; porque en la Cruz está más cerca de nosotros.


Cuando se estudia con serenidad algún problema económico, hay que decir como aquel personaje de una comedia: «¿A quién se engaña aquí?» Esto es: «¿Quién se lleva aquí el dinero?» Porque oye usted á los patronos, y no es porque lo digan ellos, les ajusta usted las cuentas y no puede usted por menos de darles la razón. Ellos no se llevan el dinero. Oye usted al trabajador, al obrero, y la razón les sobra: no pueden vivir. Y oye usted á todo el mundo, y el dinero no parece por ninguna parte. El propietario de fincas, ya rústicas, ya urbanas, obtiene un menguado interés de su capital, y el arrendatario y el inquilino dicen que ya no pueden con la renta. El industrial se queja del comerciante, el comerciante del industrial, y el comprador de todos. Todo el mundo está mal servido y nadie está contento. Y, no obstante, á esto es á lo que llaman orden social y esto es lo que, según dicen, hay que sostener á toda costa.

¿No valdría la pena de hacer algún ensayito para cambiarlo todo? Aunque fuera en seco; esto es, sin guillotina ni tiroteo por las calles; un ensayo en buena armonía, puesto que nadie está á gusto y todos se quejan. Y si viniera á resultar, como es de temer, que el verdadero tenedor del dinero de todos es el Estado, con impuestos desproporcionados, insoportables para el país, que el Estado se encargue de todo y con dos suculentos ranchos al día nos alimente á todos. Y no nos asustemos del socialismo, cuando la actual organización social no es otra cosa: un socialismo con mala administración.


Caricatura veraniega (sin dibujo y fuera de Concurso).

En el Casino:

—¿Qué le pasa á Juanito? ¡Tiene una cara!

—Que le han dejado sin una peseta.

—¿Sí? ¿Cuánto ha perdido?

—Pues eso: una peseta.