XXVI

Cuando un madrileño, en cualquier esfera social, ha llegado á ocupar un puesto, alto ó bajo, ya puede asegurarse que se lo ha ganado por su propio esfuerzo. Al madrileño no le gusta deber nada á nadie. Por eso, aun de la clase más humilde, prefiere los oficios independientes, en los que menos haya que obedecer y ser mandado. Así es muy raro hallar un madrileño dedicado al servicio doméstico, y si, por razón de sus ocupaciones, depende de algún patrón, maestro ó jefe, todo se conseguirá del madrileño por la razón persuasiva ó por el ruego amable; nada por el mandato indiscutible, ni por el rigor áspero.

El madrileño no tiene cacique á quien pedir recomendaciones; no trata, ni siquiera conoce, á sus diputados; no tiene colonia que le proteja ó le obsequie.

Por todas estas consideraciones, yo, que he perdido en absoluto mi afición á los toros, siento muy viva simpatía por el torero madrileño Vicente Pastor y celebro su triunfo en la última corrida. Lo celebro con doble satisfacción, porque, aunque me esté mal el decirlo, entiendo de toros una barbaridad y no soy de los admiradores del día siguiente. Cuando Vicente Pastor, en sus años de desgracia, que fueron más de los debidos, y apuntados van á su condición de madrileño, andaba aperreado por esas Plazas, y en la madrileña sobre todo; favorecido por los empresarios con todo el ganado de peor lidia, toros cornalones, resabiados, mansos perdidos, nunca dejé de ver y de apreciar en él lo que más tarde apreciaron muchos como un descubrimiento: que Vicente Pastor es de los pocos toreros que saben para lo que sirve la muleta; de los pocos que paran y castigan.

Y ¡vaya si ha bregado Vicente Pastor hasta colocarse en el lugar que le corresponde! Nadie dirá que lo ha robado.

Los toreros madrileños luchan siempre con grandes desventajas. Por la mayor baratura y facilidad de conducción, en las novilladas les sueltan, por lo regular, ganado de la tierra que, si escogido para corridas de toros, es siempre más duro y más dificultoso que el ganado andaluz, que será en novilladas, donde todo boyancón es de recibo. Hechos á torear mansos, al tomar la alternativa y encontrarse con toros ligeros y bravos, los toreros madrileños andan de primeras torpes y desmañados. Al contrario de lo que suele sucederles á los fenómenos novilleriles de Andalucía, que, acostumbrados á torear allí toritos fáciles y ligeros, al primer toro de la tierra que ven asomar por los toriles andan de cabeza y se acabó el fenómeno.

Con Vicente Pastor hicieron horrores las empresas. Recuerdo una corrida de novillos, con lucha entre un león y un toro como amenidad de mayor atractivo, y en ella Vicente Pastor hubo de torear con el estorbo de una gran jaula en medio del redondel; y por si esto no bastara, como después de la lucha no hubo medio de sacar al toro de la jaula, el presidente ordenó la salida del toro de lidia, el cual, naturalmente, tomó la querencia de su compañero y semejante, y así hubiera tenido que torearle y que matarle Vicente Pastor si la protesta unánime del público no hubiera obligado al presidente á disponer la retirada del toro enjaulado.

Luego se espantan los empresarios si los toreros, cuando llega la suya, tienen exigencias.

Vicente Pastor no ha llegado por intrigas; no, ciertamente. Bien puede estar orgulloso de ello; ha llegado, como buen madrileño, sin deber nada á nadie. Y hoy habrá toreros más vistosos, más bonitos, más alegres; pero lo único verdad, lo único serio, el único toreo de buena ley que se ve en las Plazas es el de Vicente Pastor, el madrileño.


El Hotel Palace se levanta soberbio como un gran transatlántico. Aquel trozo de Madrid, de tan señorial aspecto cuando los tres linajudos palacios, de Medinaceli, del Infantado y de Vistahermosa, eran todo un caserío; tan desolado, cuando el inmenso solar del primero de dichos palacios llenaba de obscuridad y de tristeza aquella parte de Madrid; hoy, con el gran hotel á la moderna, ha cobrado un aire cosmopolita, de playa ó de balneario á la moda, con su Casino resplandeciente de luces, bullicioso de multitud pasajera, con su música bailable y su ejército de servidores.

Con el hotel Ritz y el Palace ya cuenta Madrid con dos hoteles europeos. Quizás los precios sean más asiáticos que europeos y, por este lado, el problema de los alojamientos en Madrid no se haya resuelto con arreglo á la capacidad española. Es de esperar que los europeos y los americanos nos sostendrán estos lujos, que para nosotros solos serían excesivos.

Ya no hay pretexto para no venir á Madrid. Y, en verdad, ahora que tanto se habla del turismo y tendremos en Madrid un Congreso para discutir cuanto al turismo se refiere, todo el problema es este: ¿No acuden los turistas á España por falta de buenos hoteles, ó no hay buenos hoteles en España por falta de turistas? Problema biológico: ¿Es la función la que crea el órgano ó el órgano la función?

De cualquier modo, hay mucho que agradecer á los que así arriesgan su dinero en el órgano, anticipándose á la función.

El viajero de raza no retrocede ante las incomodidades; pero el viajero de raza es poco productivo; suele viajar á pie y sin dinero. Al viajero snob, que es el más provechoso, hay que atraerle con mucho mimo y cultivarle con todo regalo. Una catedral gótica, las ruinas de un castillo son admirables después de una buena comida en un buen hotel. Tan admirables, que algún viajero que sólo venía por admirar la catedral ó las ruinas, deja de visitarlas por el gusto de volver á un hotel donde tan bien se come. Porque si es verdad que un cuadro de Velázquez compensa de una mala fonda, también es verdad que una buena fonda compensa de no ver el cuadro.