XXVII
A los que se inquietan por mis obras futuras, á los que suponen mi entrada en la Academia como una abdicación de mi independencia, puedo asegurarles que no reniego de una sola de mis obras ni renegaré nunca; ellas son toda mi vida, y unas mejores, otras peores, todas responden á un estado espiritual. Ni de las culpas ni de los errores debe renegarse cuando no se ha perdido en ellos nuestra conciencia, antes nos han servido de provechosa enseñanza.
Nuestra vida no se gobierna por ideas, sino por sentimientos. Nadie se asimila las ideas que no apetece, como nadie se alimenta de lo que no le gusta, salvo en caso de necesidad extrema. Por fortuna, yo no me he visto precisado á comer de ideas que me repugnaran. Es aventurado jurar sobre nuestro estómago mucho más que jurar sobre nuestra conciencia; pero me creo capaz de haberme dejado morir de hambre. Mas, si alguna vez me hubiera visto en esa extremidad, como el miserable boticario de Romeo y Julieta, hubiera dicho: «Mi necesidad es la que delinque; no mi conciencia.»
De que son las ideas las que se coloran de nuestros sentimientos, es buena prueba la idea religiosa. Ninguna parece más fija, más determinada; parece que á todos los creyentes había de unificar en una misma acción, encaminada al mismo fin; no obstante, unos prefieren la vida contemplativa; otros, se consagran á obras de caridad con fervor activísimo; otros, á la propaganda batalladora; todos creen seguir una idea, y lo que siguen es las naturales inclinaciones de su corazón. Lo mismo en Arte; si por ideas escribiéramos, diríamos siempre lo mismo y diríamos una misma tontería siempre. Que nuestro arte sea espontáneo, como juego de niños, expresión de vida y de fuerza y de natural esparcimiento; después, nuestro arte, como los juegos también, irá ordenándose con cierto ritmo, y lo que fué primero actividad será luego belleza y al fin será bondad.
¿No habrá sido así la creación, como una obra de arte, como un juego de niños; expresión de una fuerza que, por ser fuerza, es bella y por ser bella es al fin buena? Actividad, Inteligencia, Bienaventuranza: el «Tamas», «Rajas» y «Gattva» de la Teosofía india, en que Dios dice al hombre: «Tú eres yo mismo, mi imagen y mi sombra; yo me he revestido de ti y tú eres mi vehículo, hasta el día ¡sea con nosotros! en que volverás á ser yo mismo y los demás tú mismo y yo.»
De donde se deduce que en la vida universal, como en la vida de cada uno de nosotros, todo es armonía y no hay para qué maldecir de las disonancias.
Sería falsa modestia hacerme el desentendido. Amigos cariñosos pretenden obsequiarme y, con el mejor deseo, acaso no aciertan con el obsequio de mi gusto. ¿Queréis saber lo que más pudiera satisfacerme? Nada de banquetes, nada de exhibiciones; podéis suponer que por grande que fuera mi vanidad personal, estaría ya bien satisfecha.
Empieza el invierno; hay una obra meritoria que no consigue prosperar, en lucha con la indiferencia: la obra del Desayuno Escolar. Yo os agradecería con toda mi alma que ese fuera el obsequio: contribuir á ella en lo que habíais de contribuir á obsequiarme en otra forma. A todos nos quedaría mejor recuerdo; la buena obra del Desayuno Escolar, atendida, será el mejor obsequio para mí y un obsequio más duradero en el corazón de todos los que nos unamos en el amor á los niños.
Si me creéis capaz de una gran vanidad, permitidme que me envanezca de este modo; si me estimáis lo bastante para creer que llevo más alto el corazón que la inteligencia, ya que por amigos os estimo más que por admiradores, sea el obsequio de corazón á corazón. Así el día que me sienta vanidoso, podré decir: «¡Gracias á mi talento, he procurado el desayuno á muchos pobres niños!» Y el día que me sienta modesto, por lo menos tendré el consuelo de pensar: «¡Yo no tendré mucho talento; pero los pobres niños de las escuelas tienen su buen desayuno en las mañanas del invierno!»
De suerte que ya lo sabéis: con este obsequio no me obsequiais para un día solo, que sería de vanidad; me obsequiais para muchos días: unos, de vanidad; otros, de modestia, que allá se van alternados, como los días tristes y los alegres; pero todos son buenos cuando sobre su variable temperanza ponemos algo que esté sobre nosotros mismos, sobre nuestras arrogancias ó nuestros desalientos.