III
El año que, con tan buen éxito, hemos tenido el gusto de representar, no ha querido despedirse sin dejar una memorable fecha en la historia de las grandes catástrofes.
Estos cataclismos, superiores á todas las previsiones humanas, son los únicos que tienen virtud para hacernos pensar en la muerte, como en algo ineludible. Todos sabemos que hemos de morir; pero con dichoso optimismo, todos nos creemos capaces de aplazar ilimitadamente el pago de ese vencimiento. Todos nos creemos lo bastante listos y somos lo suficiente desagradecidos, para estimar que son nuestra prudencia y nuestro orden de vida lo que prolonga nuestra estancia sobre la tierra, cuando en verdad, debiéramos agradecer como un indulto, cada hora de nuestra vida.
Nótese, que en el fondo, sentimos cierto desprecio por los que tienen la imprudencia de recordarnos con su muerte, que también nosotros somos mortales. El que de puro viejo está ya con un pie en la sepultura, como suele decirse, denigra y vilipendia á sus contemporáneos, según van cayendo...
—Fulano murió ayer á los ochenta años.—¡Si no se cuidaba nada! ¡Si no hacía más que disparates! Ya vé usted yo qué bueno estoy con mis ochenta y cuatro. Pero es que yo me cuido...
Esto el que se cuida, que el descuidado, atribuye á su misma despreocupación la buena salud de que disfruta.
Y así todos; el sobrio achacará la muerte del vicioso á los excesos y el vicioso achacará la muerte del bien ordenado á su pazguatería. El que de continuo callejea y pasea y trisca, se reirá del que no sale de casa sin consultar barómetros y termómetros y disponer el abrigo de su cuerpo en consecuencia. Éste dirá del otro: ¡Anda, anda, toma ejercicio y aires de invierno y calores de verano!
No digamos si la causa de una muerte fué por enfermedad crónica, accidente de viaje, ya sea en ferrocarril, automóvil ó aeroplano, lance de honor ó asesinato. Entonces sobre el muerto se desatarán los mayores denuestos: ¡Falta de higiene, imprudencia, locura, la vida que llevaba, la que dejó de llevar!... Crean ustedes que vivir sin dar lugar á murmuraciones es muy difícil, pero morir, sin exponernos á ellas, es casi imposible.
Solo muriendo en uno de esos trastornos de la Naturaleza, podemos ir relativamente seguros de que no dará qué decir nuestra muerte.
Esas cosas sí, le ponen á uno serio. ¡Caramba! ¡Terremotos, volcanes, la tierra que se abre, el cielo que se viene abajo!... Para eso no hay prudencia, ni vida ordenada, ni preceptos higiénicos que valgan... Eso nos puede suceder á todos y entonces no hay más remedio que morirse. Por eso estas catástrofes nos conmueven á todos. Después de leer el trágico relato, nadie se considera inmortal. Ni siquiera cabe el consuelo de culpar á los gobiernos, como en caso de epidemias, guerras y otras calamidades de tejas abajo.
No hay idea del trastorno moral producido en algunos espíritus ante un «Morir tenemos», anunciado en tan expresiva forma. Durante tres ó cuatro días, el avaro se siente capaz de inusitadas generosidades. ¡Es triste cosa morirse sin haber disfrutado de nada! Y se compra su purito de quince ó se regala con su café con media tostada. El malhumorado dulcifica su carácter: ¡No vale la pena de tomarse disgustos! La novia pudorosa se muestra más propicia á ciertas expansiones... ¡Mañana pudiera haber un terremoto!
Por fortuna, la idea de la muerte es pasajera y solo ante un cataclismo de cielo y tierra, imprevisto, inevitable, consigue imprimirse por algunos días en nuestro pensamiento.—¿Han visto ustedes, qué horror?—Ya, ya... ¡una cosa horrible!...
Á los pocos días nadie se acuerda y todos volvemos á creernos inmortales y á pensar que solo se mueren los que no viven como nosotros, los que hacen locuras y cometen imprudencias.
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Se habla de grandes fiestas de caridad, á beneficio de las víctimas de Mesina. Es de esperar que el resultado sea brillante. El dinero de nuestros potentados, y aun el de los que sin serlo, contribuyen á las cargas del Estado español, tiene bien aprendido el camino de Italia; pero nunca fué más allá de Roma. Justo es que en esta ocasión, ya que de Roma misma viene el ejemplo, nuestra intransigente religiosidad reconozca la unidad italiana; más que esto, la verdadera y católica fraternidad.
El Sumo Pontífice sabrá agradecer esa ofrenda, tanto como las destinadas al dinero de San Pedro, y al bendecirla, como padre de toda la cristiandad, sin fronteras ni patrias, estad seguro de que Italia la agradecerá con su corazón de patriota italiano. ¡Qué hermoso hubiera sido sobre las ruinas de Mesina, el abrazo del Papa y del rey de Italia! Nunca como en esta ocasión, al romper su prisión voluntaria del Vaticano, hubiera podido creerse el Pontífice inspirado por el Espíritu Santo. La infalibilidad del corazón es anterior á todos los dogmas proclamados en los concilios.
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Yo no sé cómo ha podido decirse que el Cristianismo es una religión de tristeza y que el ejercicio de sus virtudes exige todo género de mortificaciones. La Caridad, por lo menos, cuando con motivo de alguna gran desdicha pública se manifiesta, reviste el aspecto más regocijado. Funciones teatrales, fiestas de toros, bailes, rifas... Los paganos, con su alegre religión, solían mostrarse más austeros y entristecidos en estas ocasiones. Muy dormida debe de estar caridad que ha menester de todo ese cosquilleo para avivarse; un severo duelo y una noble tristeza sentarían mejor al ofrecer la dádiva. No es esto murmurar, y siendo milagro tan dificultoso el de sacar dinero y el dinero tan empecatado, sin duda es este de los milagros en que puede estar más admitida la intervención diabólica. Pero, conste, que no hemos adelantado mucho desde los tiempos—primeros años de la Era Cristiana—en que los fariseos repartían sus limosnas á son de trompetas. En fin, ya que la Caridad en todo tiempo es más eficaz cuanto más sonada, quiera Dios que por esta vez, no sea más el ruido que las nueces: que no sea todo el metal el de las trompetas.
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El arte y la moda, por lo que tiene de arte, son el último refugio de lo que está llamado á desaparecer ó ha desaparecido por completo. Por la moda resucitan el Directorio, el Imperio; hasta la época del buen rey Dagoberto, evocada recientemente en bellos trajes por hermosas actrices del Teatro Francés. Á medida que los últimos pueblos conservadores de sus trajes tradicionales, los van desechando para adoptar las modas de los más civilizados, éstos recogen piadosamente lo que aquéllos abandonan. Del Japón vinieron los kimonos; de Turquía llegan los turbantes; de Rusia los gorros de cosaco. Cuando las elegantes de estos países encarguen las nuevas modas á París, ¡cuál no será su sorpresa al ver como vuelve lo que ellas despreciaron!
La moda actual es una completa mascarada histórica cosmopolita y zoológica. Trajes de todas las épocas, tocados de todos los países, plumas y pieles de toda la fauna conocida. Pieles, sobre todo. Debe de haber sido un invierno horrible para los gatos. Nunca se ha conocido un mes de Enero tan tranquilo en los tejados. Están todos haciendo de nutria, de armiño y de marta sobre nuestras señoras. Á su influencia se atribuye algunos recientes disgustos matrimoniales y algunas fugas de enamorados.
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Todo vendrá á parar en que suban el vino, solía decirse; pero en esta ocasión nos vemos más apurados, pues todo ha venido á parar en que suben el agua; como si desde tiempo inmemorial no estuviéramos con el agua al cuello. Ya que por la supresión del impuesto de consumos sobre el vino y el cierre dominical de las tabernas, es el vino lo que se ha abaratado, tal vez nuestros gobernantes quieran parodiar la ingeniosa «boutade» de María Antonieta cuando el pueblo de París, hambriento, clamaba por pan, amotinado: No tienen pan, que coman bizcochos. El agua está cara... que beban vino. Lo malo será si con el cambio de precio hay también cambio de propiedades y es el agua la que se sube á la cabeza. Á quien no parodian nuestros directores es á Luis XV, y si él dijo: Detrás de mí, el diluvio; ellos dicen: Detrás de nosotros... la sequía.
El caso es que, con este estira y afloja en la mejora de las costumbres, ya no nos van á quedar ni costumbres. Cuando empezábamos á tomar el gusto al agua y ya eran muchos los que se bañaban y algunos los que habían caído en la cuenta de que el agua hasta podía usarse como bebida, el encarecimiento de su consumo viene á dar al traste con tan buenos propósitos.
Y que no sabe uno á quién compadecer. Si oye usted á la empresa del Canal, la razón está de su parte, y poco menos que le convence á usted de que el suyo no es un negocio industrial, sino un apostolado. Si oye usted al Ayuntamiento... El Ayuntamiento se lava las manos. ¡Feliz él, que puede permitirse ese lujo! Si oye usted á los caseros, ¡infelices caseros! Ser propietario hoy día es otro apostolado: ¡La contribución, los reparos, los inquilinos morosos, impuestos por aquí, impuestos por allá!... Las mejores fincas no rentan más de un cuatro por ciento. ¡Una miseria! Hasta los usureros, con lo mal que se ha puesto el negocio, rechazan ya despreciativamente las hipotecas sobre fincas.
¡Si oye usted á los simples vecinos, no propietarios!...
Aunque en verdad, á éstos es á los que menos se oye, debiendo ser los que pusieran el grito en el cielo. Saben por experiencia que si no es el agua, será otra cosa la que se encarezca y que todo es variar de dolor. Pero, cuando ni la tierra que pisamos es nuestra, ¿qué de particular que tampoco sea nuestra el agua que bebemos? ¡Ay! El mundo, como la isla de Caliban, es un sitio en que se encuentra todo lo necesario para la vida; excepto el modo de vivir. Y Caliban campa por sus respetos. Próspero lee en sus libros que el dolor es eterno y es inútil buscar alivio á los males fuera del espiritual de la lectura. Ariel proyecta la invención de un aeroplano, y cuando lo haya inventado dirá que el aire le pertenece, y ni el aire que respiramos será nuestro. ¿Quién sabe?
Acaso debemos desear que el mal sea insoportable. Entonces estaremos más cerca de buscar el remedio.
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Antes, si no en murmuraciones privadas, que éstas son responso obligado en el mismo cortejo funerario, por lo menos, en discursos y artículos necrológicos, solía respetarse la memoria de cualquier muerto ilustre, siquiera durante el novenario. Ahora lo hemos arreglado de otra manera, y como de la hora de la muerte se dijo siempre que era la hora de la verdad, hemos decidido no retrasarla un solo instante y que la verdad, como el llanto, sea sobre el difunto.
Excelente determinación me parece; de este modo andara todo el mundo más derecho, sin confiar para nada en esa tregua de impunidad que parecía asegurarnos la muerte con el respeto de los vivos. ¿Qué se creían ustedes, señores cadáveres, que con quitarse para siempre de delante nos dábamos por satisfechos? ¿Que íbamos á dejarles á ustedes esperar muy tranquilos la hora del juicio final inapelable ó del juicio mas reposado de la Historia? ¡Nada, nada: respetables muertos, no sirve dárselas de ricos! Todo lo que puede concedérseles á ustedes es la satisfacción de no verse obligados á volver en demanda de explicaciones por las injurias, ofensas, calumnias y demás oraciones, piadoso recordatorio de los supervivientes. Los muertos están dispensados de tener honor. Ya lo dicen las papeletas de entierro: el duelo se despide en el cementerio.
Digo, si el pobre Catulle Mende, duelista empedernido, capaz de batirse, como un artista del Renacimiento, por la belleza de un endecasílabo ó por la gracia de un madrigal, hubiera concedido importancia, desde el inmortal seguro á donde asiste, á los mil injuriosos, despectivos y desagradables comentarios á que ha dado ocasión su desdichada muerte...
Nada se ha respetado; desde su obra literaria, á la que todo puede negarse, menos amenidad y sincero amor al arte, sospechoso de apasionada parcialidad á veces, por ser tan sincero; hasta su vida privada, solo culpable también de sinceridad y de amor tan ferviente á la vida que, por amarla demasiado, pretendió prolongar la juventud con amable despreocupación del ridículo.
Estos fueron tus pecados y no merecías por ello tan pronta desconsideración. Si una severa crítica, acaso no ofrenda á tu memoria, las inmortales siemprevivas, razón de más para no apresurarnos tus contemporáneos á pisotear tan pronto las rosas que aun cubren tu cadáver, y aun son frescura y aroma en tus poesías, en tus cuentos, en tu obra toda de artista gentilísimo.
Por tu amor al arte, amaste también á nuestra España, y si en tu «Santa Teresa» venció la fantasía francesa á la severidad española, como en Víctor Hugo, ¿cuál será de nuestros poetas románticos el que pueda arrojarte la primera piedra? No serán Lope ni Calderón, que á sus anchas y para su gloria, fantasearon con la Historia y la vida españolas; no será Zorrilla, que hoy te saludará como hermano; hermano en todo, hasta en lo de ver cernirse como tú, sobre su tumba, siniestras aves de rapiña. Por fortuna, ¡oh, poetas!, si estos pajarracos, con su pico, pueden roer sobre vuestros huesos la carne muerta, no pueden con sus parduzcas alas obscurecer la luz de vuestra gloria.