IV

Poco sabrá de la vida quien no haya vivido por edades, las edades todas de la humanidad. Es el hombre en sus primeros años un pequeño salvaje, más parecido por sus instintos al hombre primitivo que al ciudadano civilizado de cualquier gran nación moderna. Si la educación no acudiera al reparo—y no en todas partes acude,—tendríamos perfectos ejemplares de trogloditas, contemporáneos nuestros. No es preciso salir de España para encontrar pueblos enteros de ellos. La vida es el mejor libro de historia, abierto á todas horas, y ella nos ofrece continuamente vivientes ejemplares de todos los hombres, desde el primitivo de las cavernas, al anticipo del superhombre futuro. Con salvar espacios podemos retroceder en el tiempo. Hay hombres y pueblos enteros medioevales, los hay del siglo XVI y del XVII. Existen en medio de las metrópolis mas civilizadas, verdaderos salvajes. Ya dijo Zola, que nada puede darnos tan cabal idea de las homéricas luchas de la Iliada como las peleas entre jayanes de dos aldeas rivales. No en documentos empolvados, en textos vivientes ha de hallar el verdadero historiador artista, los más fieles datos para reconstruir la vida de los tiempos pasados.

Debemos ser tolerantes con las fiestas de Carnaval, que á tantos espíritus superiores disgustan y escandalizan, como con una niñería de la humanidad, por la que han de pasar sucesivamente todos los que nacen. Sería muy triste que todos naciéramos sabiendo que hemos de aburrirnos en un baile de máscaras. Es, además, acaso por primitiva, esta fiesta de los disfraces, la única fiesta de la verdad. Nunca sigue tanto el hombre sus naturales inclinaciones como al intentar travestirse en estos días. Vemos con faldas y moños femeninos á los que debieran llevarlos todo el año; con caretas de animales á muchos, que ese día sólo no engañan á nadie; de bebés á otros que, solo con vestirse de ese modo, muestran que están en lo cierto. Y de las mujeres, ¿qué diremos? La que sin careta tardaría dos ó tres días en darse á conocer, ya está conocida apenas aparece en el baile. Dinero podrá no ahorrarse con una belleza encubierta, ¡pero, tiempo!...

¡Si todos los negocios de este mundo pudieran tratarse con mascara, cuanto enojoso trámite nos ahorraríamos del mismo modo! ¡Ah, la cara, la cara! Mascara imperfecta que el más hábil no llegó á dominar y á pesar nuestro enrojece de vergüenza ó palidece de espanto, y llora ó ríe inoportuna, y es sensible, por curtida que esté, á escrúpulos de conciencia, á preceptos de educación, á preocupaciones sociales... Solo el que haya logrado completo dominio sobre su rostro, logrará completo dominio sobre los hombres. Por algo la glorificación de la belleza corporal ó espiritual del hombre es su escultura: la plenitud de la mascara.

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¿Por qué cerrar en estos días las Cortes y no permitir en ellas una mascarada que sería también su única verdad? Los más conspicuos parlamentarios, tal vez bajo el incógnito de la careta se atreverían por una vez á decir lo que sienten. Este liberal, mal disfrazado todo el año hablaría como conservador; tal otro, forzado por compromisos electorales á oponerse á todo negocio dudoso, pediría participación en él, sin empacho, y tal cual, metido por complacencia, en algún callejón sin salida, podría hallarla con muy gentil despejo, al amparo de un buen disfraz. Con careta de ministeriales, los conservadores podrían cantar las glorias de Cataluña, y los catalanistas, con careta de conservadores, podrían desenmascararse del todo. Los republicanos podrían decir la verdad disfrazados de monárquicos, y los carlistas no dirían nada, porque entre conservadores y solidarios les darían dicho todo lo que ellos pudieran decir. Los periodistas, con achaque de no conocer á ninguno, suprimirían adjetivos personales y la presidencia no se atrevería á llamar al orden á nadie, por temor á graves equivocaciones. Los maceros podrían actuar á guisa de bastoneros, para impedir, como en los bailes, aproximaciones demasiado deshonestas. Serían memorables estas sesiones de Carnaval. ¡Y si se aprovechara para «confettis» algunas de las leyes discutidas durante el año! Hecha «confettis» quedó la famosa del terrorismo. En cambio, la de administración local es una serpentina que entre Maura y Cambó se arrojan jugueteando y graciosamente se enrosca sobre otras cabezas, como debió enroscarse la serpiente diabólica del Paraíso en el árbol del bien y del mal, al ofrecer á nuestra incauta madre la fruta de perdición.

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Ningún arte tan espiritual como la música, y ninguno tan propio de estos días del año consagrados á la meditación y al recogimiento espirituales. La devoción de nuestros buenos aficionados á la música bien ha tenido en donde escoger en esta temporada. El cuarteto checo en la Filarmónica, Wagner á toda hora, y por fortuna el arte nacional, sin llegar todavía á «preferido», algo salió de su condición de «ceniciento», gracias á muy laudables empresas de nuestros músicos. Chapí, con su ópera, mas apreciada á cada representación, el cuarteto Francés, el cuarteto Vela, el quinteto de instrumentos de viento, nueva sociedad, de inteligentes y modestos artistas, dignos de todo encomio y de mayor atención por quien pueda dispensársela, sobre todo para mejorar su instrumental, cuyas deficiencias, vencidas en fuerza de arte, bastarían para obligar á la admiración. Labor es toda esta de inteligencia y de entusiasmo que nunca agradeceremos bastante, ya que nunca pagaremos lo suficiente. De todo podrá acusarse á estos nuestros artistas menos de interesados. Estudian y trabajan por puro amor al arte; tal vez por esto trabajan con preferencia en Cuaresma. Justo es que, después de los ayunos y penitencias, llegue la Pascua de Resurrección para la música nacional. No quiero ser injusto ni egoísta; soy el primero en reconocer que el autor dramático no está tan necesitado de protección oficial en España, como el compositor de obras musicales, que no sean género chico. La obra del Teatro Nacional, no será completa, si la fundación de un teatro de comedia española, no coincide con otro de ópera y zarzuela. Para éste cuenta el Estado con un edificio inmejorable; contamos con músicos y artistas en calidad y en cantidad importantes. ¿Qué falta?... ¡Por vida de los inconvenientes!

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Como tanto se ha discutido la sinceridad del «wagnerismo» de muchos que dicen ser wagneristas, sin duda, la empresa del teatro Real ha querido ponerla á prueba, y al mismo tiempo la resistencia física de músicos y cantantes. Para ayer domingo estaban anunciados: «El Ocaso de los Dioses», por la tarde, y «Lohengrín», por la noche. No creo que el programa se haya cumplido, pero si así fuera, leeré hoy lunes con interés, las noticias, para saber cuántos profesores de la orquesta hubieron de ser conducidos en camilla á su domicilio al final de tan ruda jornada. Si solo el asistir de espectador tarde y noche supondría un vigor extraordinario y por ello merecería cualquiera mención especial, ascenso inmediato y condecoración pensionada en el cuerpo de «wagneristas» denodados, ¿qué decir de los ejecutantes? Para éstos sí que será día de prueba su fervor artístico y admirativo por el genio de Wagner. Vamos, que si al caer el telón y caer ellos desfallecidos, no reniegan de tres generaciones anteriores, por lo menos, del sublime músico y de las posteriores, hasta la cuarta, como una maldición bíblica, ya pueden dar fe de su wagnerismo.

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Algo quisiera decir de la nueva ópera española «Margarita la Tornera»; algo de su autor tan maltratado, tan discutido, tan injuriado antes de ahora, que siendo estas las señales más ciertas de ser glorioso en España, no necesitaba de mayor triunfo, ni para satisfacción propia, ni para nuevos desahogos de sus enemigos. ¿Enemigos? No. Enemigos son los que usan nobles armas y combaten con ellas. Los que solo usan de su natural veneno, no pueden ser considerados como enemigos. Tienen su clasificación en las últimas escalas zoológicas.

¿No parece ya á algunos que hemos hablado bastante de «Margarita la Tornera»? ¿No dicen otros que se ha abusado del bombo? ¿Del bombo? Y días antes del estreno nos tenían afligidos á los constantes admiradores del maestro Chapí, los agoreros de un fracaso...

¿Que se ha hablado bastante? No tanto como de esta ópera italiana ó de tal otra francesa ó de aquella otra rusa, que fatigan sin cesar las columnas de los periódicos en todo el mundo. No tanto como del «Chantecler» de Rostand, ni como del Vivillo ni la Juaneca...

¡Oh admirable y extraño patriotismo el nuestro, que quisiéramos una España grande, pero en la que todos los españoles fueran pequeños! Mal país de sembradores, pero excelente de tijereteros, dedicados á cimar cuanto amenace ser árbol en tierra de arbustos.

Hay, por dicha para todos, un público, el público que no es de literatos ni de músicos, que tal vez no entiende de letras ni de notas, pero entiende con el corazón, como pedía San Pablo, al artista y á todo el que le habla con la honradez desinteresada del amor al arte y á la verdad.

Ese público no ha regateado su aplauso ni su admiración al insigne músico español; ese público sabe cuánta generosidad supone el habernos ofrecido ese regalo de arte. «Margarita la tornera» le producirá á su autor... treinta ó cuarenta mil pesetas de menos, que dejará de percibir en esta temporada, por haber desatendido los trabajos del género chico.

De modo que, en efecto, no debe hablarse más de «Margarita la Tornera». ¡Un hombre que va á hacerse rico con una ópera! ¡Y encima un poco de gloria!... No, no es posible. ¡Ni que fuéramos tontos!

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Lujosos trenes, coches y automóviles, forman fila, después círculo, después caracol, por fin masa compacta á la puerta de la humilde iglesia. ¿Qué sucede? ¿No sabéis? Es la devoción á la moda. La imagen milagrosa que, de tres peticiones, concede una. Pero una sola, y no puede hacérsele más de tres. De tres cosas, una. ¡Dios mío! ¿Cómo pueden conformarse á tal mezquindad esas bellas y elegantes damas, acostumbradas á conseguir todo lo que piden? Sin duda piden cosas muy difíciles ó imposibles, cuando se dan por muy contentas con obtener una. Secretos serán entre el cielo y ellas, porque en asuntos de la tierra, todos sabemos que si ellas desearan tres cosas, no tendrían para empezar con una sola.

¡Quién pudiera penetrar el misterio de vuestras peticiones, y quién tuviera poder para exaudir todos vuestros deseos! Cierto que á la divinidad no es posible engañarla, pero ¡es tanto el arte de seducción en las mujeres! que la divinidad sonreirá bondadosa cuando ellas oculten entre dos peticiones insignificantes la de verdadera importancia. Ó, cuando las peticiones en aparente forma distinta, sean en realidad una misma. Yo pienso acudir uno de estos días á la devoción milagrosa y haré muy humilde mis tres peticiones. Un millón de pesetas, un millón de francos ó un millón de liras. Veremos si es verdad que de las tres cosas se consigue una. Con cualquiera de las tres me contentaría y todas las tardes verían ustedes un automóvil más á la puerta de la humilde iglesia, cuyo nombre y sitio no diré á ustedes, porque los anuncios son asunto de la administración. Y ¡qué mejor anuncio que tanto coche blasonado y tanta distinguida dama en la plazoleta antigua del Madrid viejo; este Madrid que tantos rincones guarda de siglos pasados en sus calles y no menos en el espíritu de sus nobles y bellas damas!

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Si alguien dudara de los sentimientos religiosos de este país católico por excelencia, de la honda preocupación religiosa de nuestro espíritu, de lo importante que es para los gobiernos el no ofender ni menoscabar en nada nuestras venerandas creencias, bastaría con la más superficial observación de lo que significan para nosotros estos días solemnes en que la Iglesia, nuestra madre, conmemora la Pasión y Muerte de Jesús.

En calles y templos las más expresivas muestras de verdadero fervor cristiano. Severidad en el adorno y en las ceremonias de iglesia; raudales, cuando no de arrebatada elocuencia, de sencillez evangélica, en los púlpitos; los pocos lugares de esparcimiento ofrecidos al público, como cafés, pastelerías, etc., abandonados de su habitual parroquia masculina, no digamos de señoras y señoritas; todas fidelisísimas observantes del riguroso ayuno. Las mujeres desdeñosas de solicitar la atención de los hombres, en estos días consagrados á la meditación y al recogimiento, con la mayor sencillez en su persona; los hombres, respetuosos con la actitud severa de ellas, sin atreverse á ofenderlas con un mal piropo. ¡Oh! Es un espectáculo edificante. La vida parece haber suspendido todo el anhelo pecaminoso con que de continuo nos solicita para perpetuidad de la especie y del pecado.

No es de extrañar que los extranjeros que en estos días solemnes visiten principales ciudades de España: Madrid, Sevilla, Murcia, Toledo, etcétera nos juzguen de una imponente austeridad religiosa, que les hace más comprensible el legendario fanatismo que propagó las hogueras inquisitoriales de España por medio mundo.

Y si en algo puede haber disculpa para tantas atrocidades cometidas en nombre de la Religión, nuestra mejor disculpa está en eso, en la sinceridad del sentimiento religioso de nuestro espíritu; el mismo que sobrevive con la misma sinceridad y del cual pueden hacerse cargo cuantos nos visitan en estos días solemnes de meditación y recogimiento.

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Ningún ejercicio espiritual más propio del bondadoso escéptico en estos días, que la lectura de un bonito libro, recientemente publicado en París. Su autor, Salomón Reinach; su título «Orfeo». Historia de las religiones. Un substancioso compendio, acaso despreciable para los eruditos especialistas que sonríen desdeñosos á todo extracto de ciencia: pero muy de agradecer para los «pica-platos» intelectuales, deseosos de asomarnos á todas las ventanas y aun á todas las alacenas de la inteligencia, sin tiempo para otra cosa que oler donde se guisa y pellizcar donde se sirve. Y como bien guisado y bien servido, está el manual en cuestión. En un perspicaz vistazo de pájaro sobre todas las creencias religiosas que han inquietado al mundo.

Desde la altura todas parecen en el mismo plano y, cuando menos, aprendemos á estimarlas lo mismo, como una necesidad universal del humano espíritu: niño preguntón que quisiera saber el por qué de todo, y á falta de verdades ciertas se contenta con suposiciones fantásticas.

En los más claros y habitables aposentos de nuestra inteligencia, asentamos las pocas verdades que poseemos; allá, en los camaranchones interiores y obscuros de nuestro cerebro, ó arrinconamos los trastos inservibles que nos correspondieron por antiguas herencias, ó suponemos duendes y fantasmas que justifican nuestro horror á penetrar en ellos y la imposibilidad de habitarlos.

Cierto que, puestos á elegir fantasmas, debiéramos elegir los más gratos, y es preferible imaginar duendes alegres y juguetones á trasgos espantables. Pero ¡ay! que son los hombres los que hicieron á sus dioses á su imagen y semejanza, y así hay dioses bondadosos, dioses crueles, dioses vengativos, dioses indiferentes, dioses ridículos, dioses respetables, dioses humanos y dioses divinos. Dioses para todos los gustos y para todas las aspiraciones.

Somos el molde de nuestras creencias, y no ya cada pueblo, cada hombre, llevamos á nuestro dios, hecho carne en nosotros. Por eso, entre todos, ningún símbolo tan espiritualmente bello, como el de nuestro Dios, hecho hombre, hijo del hombre, hombre como nosotros; que en nosotros puede nacer, y en nosotros y por nosotros padecer pasión y muerte y en nosotros resucitar y divinizarse.

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Un distinguido pintor escenógrafo y dos populares y aplaudidas tiples han tenido uno de sus más ruidosos éxitos... ¿En dónde, dirán ustedes? En la parroquia de San Sebastián.

El Teatro y la Iglesia ó la Iglesia y el Teatro—las señoras primero—aunque alguna vez hayan andado á la greña, en el fondo han sido siempre buenos amigos. No es preciso remontarse á los orígenes del teatro ni á la representación de los Autos Sacramentales para demostrarlo. La capilla de la Virgen de la Novena, que el fervor de nuestros actores costea y sostiene sin decaimiento de su original esplendor, lo atestigua bien claramente hoy en día.

En esta Semana Santa, con su decoración teatral y la presencia de nuestras más bellas actrices, la capilla de la Novena ha conseguido la mejor entrada. Los devotos tal vez se escandalicen; pero, nada importaría que los templos tuvieran algo de teatro, si los teatros alguna vez tuvieran algo de templo.