V

La capa, la española capa, prenda inseparable de la mantilla, en todo canto al españolismo, parecía desmentir hasta ahora, el mayor apego en la mujer á lo tradicional y castizo; pues mientras sobre femeniles cabezas pasaron mil hechuras de sombreros, relegada la mantilla á fiestas de religión ó de tauromaquia—los extremos se tocan y las tradiciones se semejan,—la capa persistía con firmeza, gallardeando sobre varoniles hombros, en amistosa alternativa con toda clase de abrigos, nobles y plebeyos; desde el gabán aforrado en nutrias ó martas cibelinas, á la bufanda con honores de manta.

Y, en este invierno, sin prescripciones de la moda, ni de la higiene, la hemos visto de pronto desaparecida; tan de pronto, que mal puede decirse que la hemos visto desaparecer.

Y el pueblo; el último baluarte siempre del casticismo pintoresco, en lenguaje, vestidos y costumbres, ha sido el primero en desecharla, sustituyéndola por la zamarra; prenda sin carácter, sin gracia, sin historia, sin nacionalidad.

¿Habrán influído las recientes disposiciones sobre las casas de préstamos, con la menor facilidad en la pignoración, al desprestigio y abandono de la clásica prenda, considerada antes como un billete de Banco, valor al portador?

¿Será que todas las capas madrileñas padecían cautividad, y el negarse los prestamistas á la renovación de papeletas, ha hecho imposible el rescate en esta temporada de invierno?

Si así fuera, esperemos el saldo del año próximo, que volverá á ponerlas al alcance de todas las fortunas, sin menoscabo de la de sus actuales poseedores. ¡Habrá capa que pudiera estar bordada en oro, si á enriquecerla con tal adorno se hubiera aplicado el interés cobrado en tantas renovaciones!

Pero, si la causa no fuera esta y la zamarra triunfara en definitiva, como prenda de abrigo popular, entonces la capa no tardaría en ser el abrigo aristocrático, y por imitación volvería á serlo de la clase media, y por fin volvería á ser el de las clases populares, deseosas siempre de igualarse con los de arriba, mientras éstos quisieran diferenciarse de todos.

¿No están recientes las luchas y protestas de los camareros de café, hasta conseguir les fuera permitido el uso del bigote, por considerar como signo deprimente de servilismo la cara rasurada? Y he aquí, al poco tiempo, que ya son los mozos de café los únicos que llevan bigote, y todo pelo en la cara es anatematizado por la distinción y por la higiene. Ni una ni otra son señoras muy de fiar, por lo veleidosas. Ahora nos dicen las dos, puestas de acuerdo, que barbas y bigotes son terribles nidos de microbios y, aun cuando vaya uno para viejo, no hará muchos años, «leía yo, en los libros que tenía»—como dice Segismundo, el de «La vida es sueño», no confundirle con el de «El sueño es vida»,—leía yo, como iba diciendo, en mis buenos libros de higiene, cómo era menor la mortalidad y el peligro de la tuberculosis, entre los obreros que, empleados en industrias, como la fabricación de hilados y otras similares, dejaban crecer barbas y bigotes, que entre los afeitados ó barbilampiños; pues barbas y bigotes eran como red cazadora de partículas que, sin ese natural obstáculo, penetrarían directamente en los pulmones. Toda esta explicación venía muy cimentada sobre sólidas estadísticas y lo mismo vendrán éstas de ahora, que afirman todo lo contrario.

Yo no sé si ahora será cuando la higiene está en la fija; de la moda, sé decir que, para rostros de pura cepa castellana, no puede ser más desfavorable. Para bien parecer un rostro varonil afeitado, necesita ser de buen color y armonizar con rubios cabellos que den claridad y juventud á la fisonomía. Pero el ceñudo castellano, de negro pelo, color verdinegro ó amarillento, cobra un aspecto duro de presidiario ó cura de facción, con el rostro afeitado, más sombrío sin el contraste de bigote ó barba.

Y ¿qué diremos de los que deciden el afeitado sin contar con los veinticinco céntimos necesarios para la diaria operación? Entre éstos figuran muchos jóvenes artistas, que estarían mejor con su buena melena y todo lo que buenamente quisiera crecerles. Todo, mejor que verles con la pelusa de una semana, como quincenarios, y oirles decir todavía:—¿Sabe usted? No llevo nada en la cara porque es mucho más limpio y más higiénico.—¡Vaya con la limpieza y con la higiene!

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De las famosas turbias del Lozoya, ninguna tan turbia como esta de ahora, tan de color de chocolate, que pasa de castaño obscuro. El Manzanares, por otra parte, celoso al cabo de los años del injusto predominio sobre Madrid, que su rival le usurpaba, y de las clásicas burlas á su pobre caudal, quiere probarnos que, si no en agua, en lodo, tiene fuerza bastante para alcanzar á respetables alturas. Por suerte, aquí todos sabemos nadar entre dos aguas, y aun entre agua y lodo, que no siempre el ser animal anfibio tiene sus inconvenientes, como aseguran en popular zarzuela.

El Señor nos libre de juicios temerarios, pero es desgracia nacional que todo negocio y toda industria emprendidos en tierra española, aun los que mas beneficiosos parecen para el interés general, lleven mancha de origen por la pícara intervención política en todos los asuntos. Así el trabajo honrado y el dinero, nunca más honrado, que cuando al servicio del trabajador se pone, andan siempre tan desconfiados de emplearse en nuestra industria y en nuestros negocios. Apenas se proyecta algo provechoso, todo el mundo se escama: ¡Chanchullo! ¡Manos puercas! ¿Escuadra? un momio. ¿Gran Vía? otro momio. ¿Teatro Nacional? momio de ambos sexos; si ha de venir á ser refugio hospitalario de ruinas artísticas y literarias. De toda empresa española puede decirse, como de aquellas famosas Cortes: ¡deshonradas antes que nacidas!

De aquí proviene que el celoso de su buena opinión huya, como el diablo, de intervenir en todo negocio, y vienen á parar todos ellos en manos de gente despreocupada, á la que, al fin y al cabo, hay que agradecer su despreocupación, que ya es una prueba de valentía, y tan necesitados estamos de emprendedores, que bien podemos decir: Hágase el milagro y hágalo el diablo. Hágase el negocio, aunque saliere un poco sucio.

Todas estas desconfianzas y recelos, más son señales de nuestra pobretería que de nuestra moralidad. Hay tanta escasez de dinero que no se comprende cómo nadie puede manejarlo sin resistir á la tentación de quedarse con algo entre las uñas. Para juzgar de los demás no solemos tener más norma que nosotros mismos; lo que haríamos en su caso.

Nunca he oído á ningún gran señor quejarse de que le sise su cocinero, ni su jefe de cuadra, ni su administrador. Verdad es que su mesa está bien servida, sus trenes bien presentados y á él nada le falta.

Esto es lo que no nos sucede á los españoles. Á poco que nos sisen, ya se nota en todo, particularmente en la mesa, falta que no se disimula. Y no es que nuestros cocineros tengan menos conciencia que los de otras partes, es que damos menos dinero para la compra, y para comer bien hay que contar con la sisa.

Somos, además, tan apegados á rancias hidalguías que, aunque tan necesitados de dinero, seguimos considerando como despreciables los medios para su adquisición; así es que preferimos buscarle ocultamente por caminos subterráneos, como si fuera un crimen buscarle á la luz, abiertamente. Aquí es todavía la mayor gloria de un político, de un artista, de un hombre de ciencia, decir: Murió pobre. ¿Por qué? ¿Han de ser solo el dinero y la independencia que da el dinero, de los que explotaron la influencia del político, la gloria del artista y la ciencia del sabio?

Cuando el dinero lo compra todo, ¿no habrá algo que pueda comprar el dinero?

Hacer valer dinero á nuestra inteligencia no es envilecerse, es ennoblecer al dinero.

Cuando los hombres inteligentes dan en no venderse, por escrúpulos de conciencia, entonces es peor; porque todos los negocios van á parar á los tontos, que para la circunstancia, se meten á pillos: ya se sabe que nada imita mejor á la inteligencia que la pillería.

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Se anuncia en Madrid y para fecha próxima una Exposición, la más simpática y la más conveniente para ejemplo y estímulo de todos: la Exposición de la Infancia.

De todos los dicterios con que el mayor enemigo de España pudiera ofendernos, el de infanticidas sería, quizás, el más merecido.

No será Malthus nuestro previsor apóstol; pero es, en cambio, Herodes, el buen reparador de nuestra prolífica imprevisión. Tan descuidados sembradores como descuidados cultivadores y recolectores. Al celo previo, en que cualquier hombre se iguala al animal, no corresponde el celo ulterior por la prole, en que cualquier animal puede dar lecciones al hombre.

Y no haya ofensa para las madres y los padres españoles. ¿Cómo suponerlos menos amantes de sus hijos que en otros países? Los aman con ceguedad; pero ¡ay! con ceguedad de ignorancia, que es la peor de las ceguedades.

Dos tristes suertes hay en el mundo; verse pájaro en manos de niño; verse niño en manos de padres españoles.

Dijérase que la fe cristiana, en la seguridad de verlos al morir niños, trasplántalos ángeles al cielo; ó las inseguridades de nuestro vivir nacional azaroso, consuelan y hasta estimulan á los padres en la temprana muerte de sus hijos.

No es que no los amemos mucho; es que amamos tan poco la vida, que acaso el haberlos traído á ella nos pesa como un remordimiento, de que sólo su muerte prematura puede aliviarnos...—¡Para él ha sido un bien!... ¡Angelitos al cielo!—¡Se ha quitado de penas!—¡Quién sabe lo que hubiera tenido que pasar en este mundo!—Hay en todas estas frases vulgares, al morir un niño, una resignación que, siendo amor, más parece feroz egoísmo.

Y es el espíritu español, seco para el niño, y esta sequedad se refleja en nuestro arte, apenas esclarecido por gracias infantiles, en los cuadros de Murillo y en alguna imagen del Niño Jesús del escultor murciano Salcillo.

No hay en España una literatura, un arte para los niños. Nos preocupamos poco de higienizar ni de alegrar su vida.—¿Hay mejor higiene que la alegría?—Aun los niños ricos son aquí más desgraciados que los niños pobres de otros países.

La Exposición puede ser una buena obra, si á ella acuden con la mejor voluntad todos los que, sin haber perdido la fe en otra vida con su cielo saben que ya es bastante antesala para esperarla ésta nuestra tierra, tal como ella será siempre, por mucho que procuremos mejorarla entre todos, y no hay necesidad de hacer de ella un infierno, único lugar que no admite mejora; porque nada puede mejorarse en lugar donde no se ama, que es también lugar donde no se trabaja.