VI
Paréceme que, en la admiración de nuestros jóvenes por Larra, entra por mucho el atractivo de su fin prematuro. Hay quien juzga que fué mejor así; pues acaso la vida, con su roce desgastador de energías y suavizador de asperezas hubiera subyugado altiveces en el rebelde espíritu de «Fígaro», y una vez más hubiéramos asistido á la abdicación de una inteligencia vencida por algún interés.
¿Qué importaba? ¡Hubiera sido tan interesante! De un alto entendimiento es tan admirable la sumisión como la rebeldía. ¿No fué admirable la aparente conformidad de un Campoamor, de un Valera, por todo lo establecido? Y después, cuando la aparente sumisión, efectiva para el vulgo oficial, nos ha dado autoridad y respeto, ¿no podremos con mayor eficacia volver á decir la verdad, á los que antes no quisieron oirla?
«Fígaro» sometido, acaso nos hubiera dicho algo más profundo que «Fígaro» rebelde. Sobre la verdad de nuestra vida, que él creyó afirmar dándose muerte, está la verdad de la vida; sobre la que, acaso, podemos triunfar cuando más abdicamos de nuestra voluntad.
Cuando hemos renunciado á nuestra dicha y nos contentamos con ver dichosos á los que nos rodean, es quizás cuando empezamos á serlo.
¡Qué inaccesible ideal si pensamos al escribir una obra en la gloria sin término! ¡Qué fácil, si pensamos en comprar con su producto inmediato el juguete que alegre á un niño querido! ¡Vender la gloria remota por sonrisas cercanas! Si la gloria tiene algún camino, ¿no es el amor quien por él ha de llevarnos?
Poner muy alto y muy lejos el ideal, tal vez es airoso pretexto para la caída al alcanzarle. Acerquémonos, aunque se empequeñezcan nuestros ideales.
Fingió la fábula que el águila volaba por llegar al sol, y en realidad sólo vuela por traer alimento á su nido. Y por eso no es menos arrogante su vuelo.
¡Jóvenes admiradores del fin prematuro de «Fígaro», no pretendáis volar tan alto por el aire, que olvidéis deberes de la tierra! El también os lo hubiera dicho si hubiera vuelto de su volar altivo.
* * *
El Teatro en España, interesante libro publicado por Francos Rodríguez, á mas de muy atinados juicios sobre muchas de las obras estrenadas en el año de 1908, contiene una parte de estadística, reveladora de la desproporción alarmante entre la cantidad y la calidad en el producto dramático. Asusta lo que devora el público en un año, y no será de extrañar que, por no exponerse á morir de empacho, prefiera ponerse á dieta rigurosa, de más rigurosa repercusión en estómagos de autores y comediantes.
Á bien que el público toma el prudente partido de no interesarse por nada y ha delegado su misión de juzgador en manos de la «claque» y de los amigos del autor, pródigos en aplausos que ya nada significan ni á nada comprometen, ni siquiera á que la obra permanezca en el cartel los tres días de reglamento. Se ha conseguido con esto, que ya no haya más opinión valedera que la de la taquilla, y que los empresarios después del buen éxito, más ruidoso, en vez de regocijarse, digan desconfiados: Mañana veremos... Y lo que ven mañana es... tres pesetas.
No ha de pedirse á la crítica mayor severidad que al público, y si éste adoptó por sistema el muy cómodo de «Dejad hacer, dejar pasar», ¿qué ha de decir la crítica? Por mí que hagan, y por mí que pasen. La indiferencia, tal vez cruel del público, es en la crítica más compasiva. Aquella obra es acaso el pan de una familia ó la felicidad de un ilusionado, ó la satisfacción vanidosa de un majadero. ¿Para qué privarles de esos goces materiales ó espirituales? ¿No es injusticia toda justicia innecesaria? ¿Pesan más los agravios al arte que la miseria ó la pena de un autor desdichado?
Como decía aquella dama, dadivosa de suyo, para justificar sus prodigalidades: ¡Á una le cuesta tan poco, y ellos se quedan tan contentos!...
Es hoy el teatro rama de la Beneficencia. Y no está mal así; que es tan dura la vida, que en nada puede emplearse mejor todo templo, sea artístico ó religioso, que en asilo benéfico del dolor y de la miseria. El Arte como la Divinidad es bondadoso, y sonríe sin ofenderse al que llega en nombre del Arte á pedir á su puerta una limosna, ya de pan, ya de aplauso.
* * *
Tan poco acostumbrada está la Gloria á coronar en vida frentes españolas y tan hecha á no llegarse á las más excelsas, si no es traída por mano de la muerte, que, cuando por no poder menos, la hora gloriosa llega en vida, no es de extrañar que la muerte crea también su hora llegada y sólo por ver al luchador triunfante, con razón crea que ya le pertenece.
Era, para el músico insigne, un descanso en la lucha incesante, era el triunfo, concedido por los más rehacios en otorgar honores de vencedor á quien todavía pelea en pie con denuedo; era la gloria: pero era gloria española... ¡Tenía que ser la muerte!
Mezquina concepción de la divinidad es considerarla como á maestro de párvulos, distribuyendo vales de buen comportamiento para un premio futuro; pero, ante el rudo corte de una noble vida, toda honrado trabajo y fecunda lucha, que no pudo hallar aquí justa recompensa, ¿no hemos de pensar en una satisfacción suprema, en una gloria sobrehumana de luz y de armonía?
¡Ah, los que juzgáis escepticismo la ironía, no sabéis cómo el irónico guarda la sinceridad de su sentimiento para cuando es bien emplearlo, más entero cuanto menos gastado!
Porque sabe de la verdadera bondad, burla de apariencias virtuosas; porque sabe del esfuerzo y de los sacrificios que impone el verdadero arte, burla de esos simuladores, bien hallados con la fácil «gloriola», más contentos con aparentar que con ser. Esos que pueden reposar satisfechos al decir: Hemos llegado; cuando llegaron á una posición oficial, obtenida á fuerza de intrigas y de concesiones.
Pero ante un nombre como el de Chapí, ante una vida de trabajo digno, en que todo se debe al propio esfuerzo, la admiración es culto y el respeto obliga al ejemplo... Y el cronista llora con limpio llanto, porque nunca lloró con llanto inútil por farsantes ni por malvados.
* * *
Sobremesa es esta de espiritual convite, de mística comunión, como en la última Cena de Cristo, como en torno al Santo Grial, la de sus caballeros guardadores, los hermanos de Percival y de Lohengrín.
Sobre la vulgaridad cotidiana de nuestra vida, resplandeció la gloria del Arte y sus alas de luz nos elevaron, aliviados de toda terrenal pesadumbre, y la caricia de lo sublime estremeció nuestras almas transfiguradas por el divino milagro del Arte.
Y cuanto hay de divino en nosotros nos habló de inmortalidad. ¿No es esta la verdadera, la única moralidad que debemos pedir al Arte?
Después de oir «El Ocaso de los Dioses», yo no creo sinceros los aplausos; esa vulgar aclamación no es digna de tanta grandeza. Nadie palmotea ante el mar, nadie palmotea ante las tempestades, nadie ante la serenidad armoniosa del cielo en una noche de verano. El espíritu se recoge como en oración, y un silencio solemne de llanto contenido, el llanto bueno que purifica como fuego sagrado, es la mejor acción de gracias de nuestras almas.
El único aplauso digno sería caer de rodillas, prosternados como ante la elevación eucarística.
* * *
¿Qué nos dirán ahora para justificar su desdén por el público, los inmaculados castellanos de las marfileñas torres? ¿Es inútil pretender llegar á la multitud, como ellos aseguran? ¿Solo ignorancia y grosería encontraremos en ella? El público madrileño respondió el domingo pasado y en noches sucesivas, como acaso no esperaban muchos, á cuantos quieren disculpar su vagancia ó su impotencia con la falta de sentido artístico en el público.
Con ser todo admirable—pasemos por alto deficiencias en la interpretación y presentación de la obra,—lo más admirable, sin duda, lo mejor de la gloriosa jornada, fué la actitud del público; este admirable público madrileño, tan calumniado, pero de un instinto artístico tan seguro, que, al contrario que en otros países, antes que en la crítica sabia, hallan en el sostén y aliento los luchadores sinceros por nuevas formas de Arte.
* * *
Y, en el triunfo del genio, ¿será justo olvidar á su compañera inseparable la locura—según los modernos, algo ya anticuados antropólogos,—personificada en el caso de Wagner, por aquel rey Luis de Baviera; Nerón de poquito, Nerón todo dulzura, solo tirano en el Imperio del Arte?
¿Hubiera triunfado el genio sin el loco? ¡Gran asunto para nueva trilogía! El emperador Guillermo, el rey Luis de Baviera y Wagner. La fuerza, la locura y el genio, unidos para gloria del imperio grande y fuerte.
La crítica histórica minuciosa distribuirá razonablemente alabanzas y censuras. Todas éstas para el noble rey loco. ¿Qué importa? Él también fué necesario para la grande obra, y en la universal armonía, el fuerte y el genio llaman hermano al loco.
* * *
Después de una representación del «Ocaso de los Dioses», pensaba yo, cómo yerran los sintetizadores rotundos que para mayor comodidad, clasifican á todo pueblo del Norte, como razonador y positivista, y á todo pueblo meridional como idealista y soñador. Y he aquí, cómo en el arte germánico, perduran los mitos heroicos y legendarios, y cómo entre nosotros, apenas si concedemos un modesto lugar en la tradición; muy desposeída de leyendas, á nuestros héroes. ¡Nosotros sí que sabemos del Ocaso de los Dioses! Aquel gran socarrón de Cervantes fué el gran enterrador de España. Verdad es que el entierro fué suntuoso, con gran asistencia de monjas y frailes. No se puede morir más devotamente. Toda la herencia se nos fué en fundaciones piadosas. Esperémoslo todo de la desesperación de los desheredados. Cuando falte toda esperanza, la desesperación puede ser también madre del heroísmo.
¡Triste Rocinante, triste rucio de Sancho Panza, que vais tardos y fatigosos por áridas llanuras, no hemos de trocaros por el caballo de Brunilda, que galopó sobre nubes y en carrera loca fué conducido al fuego, para que sobre la muerte del héroe y el perecer de los dioses, triunfara el amor ideal de dos almas heroicas!
¡Qué impropiamente llamado «Marcha fúnebre» el mas sublime pasaje musical y dramático del Ocaso! Marcha al combate, al triunfo, á la inmortalidad, debiera llamarse.
Hay en la música de Wagner más filosofía que en todos los filósofos alemanes. La que despierta en lo más íntimo y en lo más hondo de nuestro espíritu el sentimiento de inmortalidad.
La Vida es un enigma, el Arte es su revelación. ¿Nos dice la verdad? No. ¿Para qué? Nos hace olvidarla.