IX
Basta que el señor obispo de Orense lo afirme, para creer que el baldaquino famoso, amenazando ruina, el peor día, se hubiera desprendido sobre los devotos y causado mayor número de víctimas que las ocasionadas ahora por unos disparos de fusil, de mas inminente efecto que el baldaquino. La letra, aunque sea episcopal, con sangre entra y con sangre están regadas las páginas del Evangelio y las páginas más gloriosas de la historia de la Iglesia; pero bueno hubiera sido que el señor obispo, antes de la efectiva persuasión de los fusiles, hubiera empleado algo de persuasión pastoral, hasta convencer á sus borregos de la necesaria obra. No es de creer, por muy duros de mollera que fuesen, capaces de resistir sobre ellas todo el peso del baldaquino; ni por muy recelosos, como buenos aldeanos gallegos, de que alguien tratara de lucrarse, como tantas veces en casos semejantes; á poco que el Espíritu Santo hubiera inspirado á su Ilustrísima, y mostrándoles además con razones la verdad del peligro, hubieran desatendido á su buen pastor, obligándole á valerse del brazo secular, como en los mejores tiempos del feudalismo episcopal; aquellos buenos tiempos, más recordados en Galicia que en región alguna, por la dramática leyenda del obispo D. Suero.
Por algo el obispo de Jaca quiere, ante todo, contar con sus buenos órganos en la prensa; así, en casos semejantes podrá llevar la palabra persuasiva á sus feligreses, sin necesidad de convencerlos á tiro limpio. Quizás con un buen periódico se hubiera evitado el sangriento conflicto y muy desacertados están cuantos censuran al señor obispo de Jaca por su propaganda. Compárese un procedimiento con otro. Siempre será mejor poner periódicos que fusiles á disposición de los señores obispos.
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¡Valiente mico! ó mejor ¡valiente «lapin»! como allá se dice, le ha colocado á su dulce amiga la República francesa, su aliado el Imperio ruso. ¡Para que veas Marianita con quien te gastas los cuartos! Por esta vez tu soberano amigo se ha mostrado digno de la «casquette á trois ponts», distintivo clásico del «souteneur» parisiense.
Después de haber sido su «marmita» apresurándote á cubrirle sus empréstitos, en la primera ocasión que se le presenta de corresponder, al muy cosaco, sale con que se niega á pagarte derechos de traducción y representación por tus obras, fundado en que la pobreza de su país no le permite esos lujos; aunque le permite el de sostener á sus grandes duques; algo más pródigos en pagar, sin traducir, á las grandes «cocottes» que á los grandes escritores franceses. Estos, aparentan no darse por sentidos; altas razones patrióticas les obligan á ello, pero otras les queda dentro y la alianza franco-rusa, ya muy resquebrajada, quedará con esto para el divorcio; tema preferente de los escritores franceses.
El pueblo francés, tan amante de sus artistas, no tolera desdenes ni ofensas para los gloriosos representantes de su intelectualidad.
En cambio no sabrán agradecernos á nosotros, aunque no les debemos las atenciones ni el dinero que los rusos; á más de los derechos de traducción y de representación, nunca escatimamos, la oficial oficiosidad de no molestarles en lo más mínimo con el recuerdo del Dos de Mayo; cuya conmemoración, según rumores, quedará suprimida este año.
No hay bien ni mal que cien años dure, y este recuerdo, que cumplió los cien años en el pasado, no era justo que durase uno más en memoria tan olvidadiza como la española.
En vez de estas fiestas nacionales, podemos ir celebrando por regiones, por pueblecitos y hasta por barrios, una porción de fiestas conmemorativas de nuestras guerras civiles, pronunciamientos y motines. Así, todo quedará en casa sin molestia para los de fuera. Cada uno lo suyo, y á lo suyo. Por eso, ya que el Dos de Mayo no se celebre como fiesta nacional, en recuerdo de una gloriosa guerra por la Independencia española, ¿no será permitido á los madrileños celebrarla, siquiera como recuerdo de un motín madrileño, un modesto motincito sin importancia? Siquiera en el barrio de Maravillas, con mucha modestia, no vayan á molestarse en Francia y paguemos nosotros el enfado que no se han atrevido á mostrar á Rusia.
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El honor de las mujeres hemos convenido desde muy antiguo, en localizarlo. Por fortuna para ellas y aun para nosotros, la bondad no es lo mismo que el honor y no tiene tan frágil asiento. El honor de los hombres... ya anda más repartido; por la inteligencia, por el corazón, por los brazos, por los bolsillos; por regiones materiales y espirituales. Por lo mismo es más opinable y por lo mismo no debe opinarse de él con tan ligera facilidad como ha dado en opinarse ahora, de un modo definitivo é inapelable, por medio de los llamados tribunales de honor. Bastaba con los tribunales de justicia, sólo llamados á juzgar de los hechos, único juicio que en lo humano, puede presumir de acercarse á la verdadera justicia. ¡Juzgar del honor! ¿Quién sabe de eso? ¿Quién sabe en dónde está nuestro deber más cercano, más imperativo?
Aceptaré todavía los tribunales de honor y sus juicios, en cuerpos que por tener sus deberes bien definidos, al cumplimiento de ellos han de ajustar sus resoluciones. Pero en un círculo de sociedad, de recreo, fuera de las incorrecciones cometidas en él, ¿en nombre de qué justicia va á juzgarse?
No han tenido confirmación determinaciones apuntadas con maliciosa intención, y la verdadera justicia y el buen gusto deben celebrarlo. El honor no se gana en un día, para que en un día pueda perderse. Quien en una hora puede dejar de ser honrado es que no lo fué nunca. Todos los que somos amigos del Sr. Macías sabemos que no es este su caso. Podríamos dudar de sus razones, hasta de su razón, nunca de su honradez.