X

¡Oh, el «sport» de París! En una revista representada en «Folies-Bergère»—el que no haya visto una de estas revistas no tiene idea del ingenio parisiense; es para elevar un monumento al peor de nuestros currinches,—se ha introducido una escena: «El presidente Castro en París», y ¿qué dirán ustedes que se les ha ocurrido? Hacerla representar por Cónsul Peter; un chimpancé inteligentísimo; superior, seguramente, en inteligencia al autor de la escena, al público que la ríe y al que sin reírse la tolera.

No es ocasión de juzgar la figura política del presidente Castro, y mucho menos su figura particular; pero, habría de ser muy despreciable y siempre merecería siquiera por ciudadano de un noble país, algo más de consideración que la simiesca caricatura. No será por tirano por lo que merezca de los franceses un desprecio que no han merecido de ellos el zar de Rusia ni el sultán de Turquía. Ni por especulador de mal género, suponiendo que lo hubiera sido; cuando ellos están á partir un piñón con el buen Leopoldo de Bélgica y del Congo. ¿Qué espíritu de moral justiciera es ese, tan severo con un presidente caído, como tolerante con majestades encumbradas? Es que los franceses le hubieran perdonado todo al presidente Castro; lo que no pueden perdonarle es la oposición á dejar explotar su país por los especuladores franceses.

Aprendan, aprendan los buenos americanos, lo que significan para esa Francia y su París, al que ellos adoran y á donde ellos acuden inocentes á copiar todos los figurines materiales y espirituales. París que inventó por ellos y para ellos las palabras «rastaquere» y «rastaquerisme»; París, que los arruina y se ríe de ellos.

Por si la escena del mono, por ser en tal lugar y de tal arte, no mereciera tomarse en cuenta como síntoma característico, ahí está flamante y literaria la obra de Abel Hermant: «Trenes de lujo»; en donde los americanos hacen también un papel ridículo. ¡Y tan contentos! ¿Qué dirían si en España, donde siempre se les ha tratado con respeto, los escritores nos permitiéramos esas desconsideraciones? Pero en París... ¡Ah, en París! ¡Son tan ingeniosos, tan espirituales! En cualquier parte un chimpancé sería un chimpancé; pero allí no; es el presidente de una nación americana; es todo un símbolo... ¡Ni los de Ibsen!

* * *

La masa neutra ha demostrado en su primera presentación y á pesar de la falta de ensayos, que no es tan neutra como algunos creían. ¡Gran error pensar que los que no están con nadie no están en contra de uno!

No ha sido el despertar de ningún león, seguramente, el pacífico salir de sus casillas, aunque no del encasillado—todo se andará,—de los retraídos electores. Pero vamos, como despertar de gato doméstico, que duerme sosegado y vienen á molestarle, no ha estado mal el primer arañazo.

Algunos disgustos está llamada á dar esta masa neutra, que una vez despierta, ha de avisparse más cada día. Malo para los gobernantes si lo toman en serio, y peor si lo toman á broma y las elecciones se convierten en «sport» á la moda. Por lo pronto, en estas elecciones, las señoras se han movido como nunca... ¡No sean ustedes maliciosos! Muy pronto habrá tés electorales y «soirees» de señoras compromisarias. En las reuniones cursis se jugará á sacar diputados, como antes á la lotería y á los estrechos. El clásico pucherazo, reservado para interventores traviesos y secretarios de Ayuntamiento marrulleros, correrá ahora á cargo de femeninas manos: más propias para manejar pucheros. Con el voto obligatorio, la intervención electoral de las mujeres será decisiva. Con cada varón votarán su esposa, su novia, sus amigas. Será el voto neutro. Pero la masa será lo menos neutra posible. Nada de medias tintas. Las mujeres son extremosas en todo; con Dios ó con el diablo. Por eso, con la intervención de la masa neutra en las votaciones, los que deben decidirse pronto por uno de estos extremos, son los partidos neutros. Hay que decidirse; el país ya se ha visto que esta decidido.

* * *

D. Enrique Vargas, en la redondez del mundo; Minuto, en la redondez de las plazas, publica un reglamento de apuestas, con aplicación á las corridas de toros, que vendrían á competir de esta suerte con los frontones, hipódromos, casinos veraniegos y círculos aristocráticos. Los verdaderos aficionados pondrán el grito en el cielo, al saber cómo intenta desnaturalizarse nuestro castizo espectáculo; el más típico ejemplar de arte por el arte mismo; estética pura.

Mal síntoma es, en verdad, que ya sea preciso aderezar el filete, como si lo sangrante no le bastara, con esta salsilla picante. Y peor síntoma que haya sido un lidiador el primero que lo proponga; porque indica cierta desconfianza en los propios recursos para amenizar la fiesta.

No es decir que ya no se haya puesto en práctica lo que ahora se pretende. Recuerdo haber jugado varias «poules» en corridas de toros, en que había de ganar el agraciado con el toro que más caballos destripase. Recuerdo también, que para mayor aliciente, jugábamos alguna vez una «poule» ilustrada, en las que un picador cogido valía por un caballo, un banderillero por dos y un matador por cuatro. La equivalencia, como puede juzgarse, era por sueldos. Esta última combinación en las apuestas hubo de suprimirse á ruegos de una distinguida señora, abonada á delantera de grada; porque, según nos dijo aquello le parecía una barbaridad, porque cuando el toro que se jugaba no había matado ningún caballo, no podía uno evitar el mal pensamiento de desear que cogiera á alguien, aunque no fuera más que un rasguñito, claro está... Todos los jugadores convinimos en que, efectivamente, se sentía uno bárbaro, y suprimimos la «poule» ilustrada. Nos sentíamos compasivos y era de ver cómo, en nuestro toro increpábamos á los monos sabios porque no daban la puntilla en el acto á los pobres caballos heridos... ¡Era una crueldad verlos padecer! El corazón humano guarda tesoros de bondad incalculables; todo está en saber llegar á su fibra sensible.