XI
Por mi parte, no sé cómo corresponder á la atención del nuevo jefe superior de policía. Su reciente circular, encaminada á la represión de la blasfemia, trae, á modo de brindis, ofrecimiento ó envío, como en balada antigua ó modernista—los extremos se tocan,—los nombres de D. Mariano de Cávia, el mayor maestro, y el de este su menor discípulo. Y ya quisiéramos ¡pardiez! á tan poca costa, ser siempre atendidos en empresas de mayor empeño; porque, en verdad, si no da muy buena idea de la cultura de un pueblo, ese verdadero derroche de torpes vocablos y groseras frases y, repetidas veces, en cuanto al teatro se refiere, he censurado el abuso de chulerías; de eso á pedir la intervención de la autoridad, hay un abismo; temible siempre, como lo es toda intervención de la autoridad en España.
La grosería en el lenguaje, es sólo síntoma de la grosería espiritual, que podrá taparse, pero no desaparecer con cataplasmas y parchecitos. Buenos reconstituyentes y depurativos á cargo de padres, maestros y educadores, han de ser más eficaces y procedentes.
Entre tanto, sería de lamentar para nosotros, de reir para todos, que, los mal supuestos inspiradores de la circular, fuéramos los primeros en caer bajo su peso. ¿Quién puede responder de su pícara lengua en cualquier momento? Y que, hay días, la verdad, en que sin dos ó tres palabrotas bien colocadas, reventaría uno. Los fisiólogos saben que esto de blasfemar y palabrotear, no tiene muchas veces más importancia que la de cualquier otra necesidad fisiológica: una expansión de los nervios, un escape de energías en palabras rimbombantes que acaso no tienen más valor que el puramente onomatopéyico.
Sabido es el cuento de aquel marinero que, desde la punta del palo mayor, sintió escurrírsele pies y manos, y al prorrumpir en horrible blasfemia, con desesperada contracción, logró asirse á una escala, casi en el aire y salvó su vida. El cura del barco, espectador y oyente de todo, le reprendió después muy severo: ¡Desdichado! ¡En tan horrible peligro y no encontrar otras palabras que esa infernal blasfemia! ¿No pensaste que Dios pudo haberte castigado? Ya puedes darle gracias.
—Sí, padre; tiene usted razón... Fué una barbaridad lo que dije; pero, mire usted, padre, como en vez de decir eso, me hubiera entretenido en decir: ¡Jesús mío, Virgencita mía, salvadme!... Entonces es cuando no agarro la cuerda y me descrismo...
* * *
Otra aplicación del sistema tan nacional, de preocuparse por lo sintomático, es lo de andar pensando en festejos para remediar la llamada crisis del comercio madrileño. ¡Pobre ciudad y pobre comercio los que no cuenten para atraer viajeros y compradores con otros recursos que unos malos festejos de feria!
La gente sabe ya lo bastante, para haber aprendido que, justamente en días de fiestas y jolgorios, es cuando se hace más insoportable la estancia en cualquier parte. Esos señores comerciantes y fondistas, tan interesados ahora en el atractivo de las fiestas, son después los primeros en contribuir á que los pobres forasteros salgan de Madrid como gatos escaldados. No hay en Madrid un solo hotel en justa proporción de sus precios con sus comodidades. Hoteles que, en cualquier capital del mundo, se considerarían como de tercer orden, tienen aquí pretensiones como de primero. Del estado de calles, paseos, coches de alquiler, servicio de tranvía, de la novedad y buen gusto en los espectáculos públicos; de todo, en fin, lo que contribuye de un modo permanente á la atracción de viajeros en otras capitales, no hay para qué hablar, porque ya es milagroso, en estas condiciones, que Madrid no se despueble á toda prisa para pensar en que vengan los de fuera á gozar de sus encantos.
Antes de pensar en fiestas, pensemos en barrer y en fregar la casa. Ya que no vengan los de fuera, que estemos más á gusto los de dentro.
Y cuando se piense en fiestas, sea en verdaderas fiestas de arte. Bayreuth, ahora Munich, llaman gentes de todo el mundo, con sus ciclos wagnerianos; Dresde con su teatro de arte; Strafford-sur Avon con sus representaciones de obras de Shakespeare. Contamos nosotros con un teatro clásico que es admiración de los extranjeros; representaciones artísticas de sus obras más famosas atraerían, seguramente, á muchos de sus admiradores, franceses, ingleses, alemanes particularmente. Exposiciones arqueológicas, música y bailes nacionales; cabalgatas históricas, en que no se desdeñaran de tomar parte activa, como en otros países se acostumbra, sin el ridículo temor al ridículo, nuestros aristócratas y nuestros artistas. Mucho puede hacerse con buena voluntad y verdadero patriotismo, del grande; el que consiste en hacer cada uno lo suyo, en vez de irle pidiendo al vecino que haga por nosotros.