XXXVII
¿Se acaba la guerra? ¿No se acaba? ¿Se acabó ya? Todo hace esperar y creer que sí; sólo algunos espectadores del antiguo régimen echan de menos un final de efecto; alguna gran batalla decisiva; una apoteosis con bengalas y desfile general, como en zarzuela de espectáculo. No tienen en cuenta que la guerra moderna no admite esos finales de efecto preparado. Ya no son posibles caballos de Troya, buen cuadro final de una empeñada guerra; ni el asolamiento de ciudades y reinos, ni la cautividad de pueblos enteros. Hay que contentarse con un desenlace modesto, y es de notar que ahora les parece poca guerra á muchos de los que antes les pareció demasiada, y hubieran renunciado á todo por no vernos metidos en aventuras. No á ganar más, sino á conservar lo ganado debemos aspirar todos, y á que la gloriosa sangre vertida no sea infecunda, y esa será la mayor gloria de los que sucumbieron. Señores capitalistas españoles: ya que no sea todavía ley el servicio obligatorio para vuestros hijos, se impone el servicio obligatorio para vuestro dinero.
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De ser cierto lo que se murmura, el solar de la Zarzuela viene á ser como símbolo del solar de España. De una parte, los autores y músicos españoles pretenden reivindicar su dominio, como de propia casa solariega; de otra parte, una poderosa Compañía de electricidad, símbolo de la ciencia y de la vida modernas, pretende hacerlo suyo, y, por último, otra poderosa compañía, símbolo de obscurantismo, según muchos—aunque no es tan negro el cuervo como sus alas, y si de cerca se advierte, más que de cuervo tiene de cuco el pájaro,—aspira también á levantar una de sus mansiones, que algunos verían complacidos, como monumento expiatorio. ¿Quién vencerá? ¿El Arte? ¿La Ciencia? ¿La ola negra? ¡Admirable asunto para un poema simbólico! Me recuerda la explicación que daba un pintor, de más colores que luces, á la alegoría de un gran techo pintado por él, en un edificio consagrado á la enseñanza: «De una parte los murciélagos del obscurantismo, huyendo de la luz; de la otra, los papagayos de la libertad, personificando el descubrimiento de América».
Debemos desear que, en esta lucha de Compañías, triunfe la que representa el Arte lírico español, más necesitado que nadie de templos, y, á no poder ser otra cosa, de capillas en que ofrecerle culto. Las Compañías de electricidad no necesitan un sitio céntrico; las otras, menos; tienen un público fiel que va á buscarlas, aunque sea al extrarradio. Todos sus parroquianos tienen coche propio y automóvil.
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En la Carmen, de Merimée, como en la ópera de Bizet, inspirada en la novela, se sobreponen la pasión y la vida; verdad humana, á la verdad local; que, en este caso, debiera ser española y lo mismo pudiera ser japonesa, como en la Butterfly, de Puccini.
Esta funesta Carmen, con el contoneo de sus caderas, sus toreros, sus contrabandistas, sus trabucos y sus navajas, ha sido la mayor contribuyente á la representación de esa España de pandereta, tan impresa en el extranjero, que nos señala como un pueblo aparte de Europa.
Una gran artista española se atiene, en la interpretación de Carmen, á la verdad del novelista y del músico. Es el deber de todo artista intérprete. La Carmen de Merimée y de Bizet es ésa. La mujer española, la andaluza en particular... ¿Son así? De ningún modo. Justamente en España, la mujer meridional es mucho más reservada, más casta en sus manifestaciones amorosas, que la mujer del Norte. Ninguna menos provocativa, como no sea por su propia belleza, que la mujer andaluza; ninguna que, aun muy bajo caída, guarde siempre más esquivos pudores.
Yo he visto bailadoras sevillanas que, en sus momentos de reposo, evocaban más el recuerdo de las vírgenes de Murillo que el de la Carmen de Merimée.
El baile andaluz, el verdadero baile andaluz, no el adulterado por escenarios franceses y españoles, es de un ritmo sacerdotal, religioso; como Romero Torres, pintor artista, lo representó en uno de sus cuadros.
Carmen es una calumnia más del extranjero. Un tipo de mujer que los franceses no debieron buscar en España para darle más realidad. Mucho más parecido á Mad. Steinheil, sin ir más lejos, que á cualquier mujer española. Pero, en fin, digamos como el duque de Glocester en el Rey Lear: «No he de sentir desliz que dió tan buen fruto». Por admirar á una gran artista española, tan admirable intérprete de esa calumnia, démosla por bien empleada.
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Á propósito del Rey Lear. ¿No le parece á Enrique Borrás, único primer actor que llena la escena de actor, como en sus tiempos Valero, Rafael Calvo y Antonio Vico, que nos debe una interpretación de la tragedia de Shakespeare? Hay que agrandar y que engrandecer ese repertorio. Tan extraordinarias condiciones de actor no pueden limitarse al repertorio catalán; ni siquiera al castellano: Shakespeare, Ibsen, esperan su intérprete en la escena española. Ninguno como Enrique Borrás puede acometer esa empresa, que es de Arte... y de dinero.