XXXVIII
La Réjane, propietaria y empresaria del teatro que lleva su nombre, cansada de ver fracasar obras y obras, excepto Raffles, en que ella no tenía papel—otra contrariedad, capaz de entristecer el mejor éxito á una actriz directora,—ha discurrido convocar á la crítica, durante los primeros ensayos de las obras, para atender todos sus juicios y observaciones, y poder, con tiempo, reformar las comedias de acuerdo con ellos. De este modo, la obra sería de los críticos más que del autor, y, naturalmente, no habrían de meterse con ella al estrenarse. La crisis del teatro francés, acostumbrado á dominar en todo el mundo, es tan notoria, que empresarios y autores no saben como defenderse, y es natural que la Réjane, mujer inteligente, crea haber dado con la mejor solución. Pero, suponiendo que toda la crítica, ó una gran mayoría, por lo menos, fuera de una misma opinión respecto á las reformas, ¿no faltaría siempre el fallo inapelable del público, más que espectador, colaborador insustituíble en toda obra dramática? Difícil es explicar la causa: la psicología de las multitudes aún no se ha estudiado bastante; pero ¡es tan distinto el efecto de una comedia en la lectura ó ante un limitado auditorio, al que produce la misma comedia ante un público numeroso! Aun los que ya creyeron más seguro un juicio en el primer caso, sienten que la impresión es distinta, y no pueden substraerse á la influencia del público. En la lectura, en los ensayos, más que el efecto total de la obra, se aprecian el detalle, la finura de los trazos y de la observación. En las representaciones, todo esto se pierde, se funde en el conjunto, y el brochazo parece finísima pincelada, y la caricatura retrato, y lo más fuera de juicio, lo más encajado y, en cambio, primores de diálogos, sutilezas de observación, pasan inadvertidas.
Sucede muchas veces con las comedias como con algunas telas, que por el revés tienen mejor vista, y es lo mejor que puede sucederles, porque lo cierto es que el público siempre ve el revés de las comedias. Por eso, el autor hábil debe cuidar el tejido de las dos caras: la una, de esmerado dibujo; la otra, de llamativos colorines.
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Por los teatros madrileños han causado la natural alarma no sé qué nuevas disposiciones de la autoridad, que amenazan complicar la ya difícil marcha de los negocios teatrales. Son las tales disposiciones, á lo que se dice, de lo más arbitrario é injusto que darse puede, y las empresas, muy cargadas de razón, se aprestan á protestar contra ellas. Si no es que, dada la buena armonía que entre ellas reina, y la natural y española satisfacción de quedarse sin los dos ojos por el gusto de ver al vecino tuerto, no les lleva á pasar por todo, como en otros asuntos que les interesan: las representaciones de tarde, por ejemplo, en el extranjero teatro Real, que nunca estuvieron permitidas, con excepción de las fiestas de Navidad, y que tanto perjudican á los teatros nacionales.
¡Dichoso país éste, en que gozamos de una Constitución y de Códigos que parecen garantizar todas las libertades y derechos individuales, para que después, cualquier tiranuelo de monterilla, entre ordenanzas, bandos y reglamentos de policía, deje Constitución y Códigos, derechos y libertades como para limpiarse las narices!
Trátase, según parece, con este nuevo atropello, de reglamentar el número de localidades que han de venderse en contaduría y las que han de venderse en despacho; del precio y sobreprecio que ha de fijarse en días de moda ó de estreno. Como si cada uno, y tratándose de algo que no es artículo de primera ni aun de última necesidad, como el teatro, no fuera dueño en su casa, de vender cuándo, cómo y á quién mejor le parezca.
Pero siempre fué achaque de nuestros gobernantes, altos y bajos, gobernar á gusto de sus amigos. Llega á casa de uno de ellos una señora amiga, muy sofocada:—¡Lo que pasa en este Madrid no pasa en ninguna parte!—¿Qué es ello?—le pregunta el señor de autoridad—Figúrese usted que yo quería ir esta noche al estreno de... ó á la inauguración ó á lo que sea. Mando esta mañana por localidades, y me dicen que no queda ninguna. ¿Ha visto usted qué abuso?—¡Escandaloso! ¡Esas empresas abusan del público! ¡Habráse visto! ¡Vender todo el teatro! Hay que poner orden en ello.
Y ¡cataplúm!, al día siguiente ukase á rajatabla para que á la buena amiga no vuelva á sucederle lo de quedarse sin billetes á la hora que le acomode ir por ellos. Las felicitaciones de los amigos bastan á compensar al señor autoridad de las pestes y maldiciones de los molestados por sus sabias y bien meditadas disposiciones.
Como no se puede dar gusto á todo el mundo, es natural que se prefiera contentar á los amigos. Bien vale la pena de que los empresarios, pudiendo vender sus localidades anticipadamente, tengan la galantería de reservarlas para que, cuando á la buena señora amiga se le ocurra ir al teatro, tenga dónde escoger.
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El divino Emperador de Alemania, en su deseo de fomentar por todos los medios la cría y reproducción de sus súbditos, se compromete á ser padrino del octavo hijo que se digne tener cualquier matrimonial pareja de su Imperio. ¿Cómo han de oponerse sus leales súbditos á tan amable «Creced y multiplicaos», de tanta fuerza como el divino precepto? Ya me figuro á los matrimonios alemanes empeñados en esta especie de juego de la siete y media ó la treinta y una. Cuando una señora, cansada ya de juego tan poco divertido para ella, se atreva á decir con cuatro ó cinco: «¡Me planto!» Su marido replicará furioso: «¡Cómo! ¿Vas á plantarte en tan buen punto?» Carta, señora. ¡Hay que abatir con ocho! ¡Cualquiera renuncia al honor de llamar compadre al Emperador!
Estas naciones montadas militarmente, y en las que todo ha de estar montado por el mismo orden, son un puro contrasentido. Por un lado, prohiben á los jóvenes contraer matrimonio mientras están sujetos al servicio militar; prohiben el matrimonio de los subalternos y dificultan el de los oficiales hasta cierta graduación y cierto sueldo. Y por otra parte, todo es achuchar á los ciudadanos pacíficos para que no se paralice la producción de soldados. ¡Cualquiera entiende el lío! Hay que contar también con que, ocupados en el servicio militar los campesinos más jóvenes y vigorosos, la producción de las tierras decrece, y hay menos probabilidades de que los recién nacidos puedan traer un pan debajo del brazo. Pero, ¿qué importa? Con que traigan brazos para coger el fusil de mayores, el Emperador se da por contento. Antes que en el campo de batalla hay que vencer al enemigo en lo que Góngora llamó «campo de pluma». Esto es lo que se llama la Nación armada, en paz y en guerra. ¡Oh! ¡Felices los matrimonios alemanes que, cuando ya estén más disgustados de la vida matrimonial, todavía continuaran en buenas relaciones con el consuelo y la satisfacción de complacer á su Emperador!
Lo que decía aquel matrimonio que fué al teatro con sus chicos: «Nosotros no nos divertimos nada, pero los niños se han reído mucho».