VII
La carambola no ha sido mala. Esperemos, sin desconfiar de la intención, que, por los efectos, no venga á ser de retroceso.
Malo es no salir de nuestro paso, pero... ¡tomar carrerilla tan de pronto! No es que dudemos de las energías y buena voluntad de los corredores, sino de la firmeza y seguridad del camino. Aun no hace mucho tiempo hubo que desandarlo, y no sabemos que se haya trabajado en él después lo bastante para conseguir ahora lo que entonces apenas pudo intentarse.
El mal camino andarlo pronto, pensará acaso alguien interesado en echar por el atajo, para volver pronto al verdadero camino real. Miren bien, los que por el atajo andan, de no levantar un pie sin haber afirmado antes el otro; no avancen un solo paso sin haberle desbrozado cuidadosa, cautelosamente. ¡Cuidado con los tropezones! Considerad que tal vez se espera el primero para gritar: ¡Veis cómo ese camino es imposible! ¡Nada de prisas, nada de impaciencias! Estábamos dispuestos á esperar un quinquenio en el estanque. ¿No podremos esperar otro tanto en el agua corriente, por suave que sea su curso?
Sí; Chantecler es todo un símbolo. Es el gallo francés, el mismísimo gallo de las Galias que, como el protagonista del poema de Rostand, cree orgulloso al lanzar su ¡quiquiriquí! á cada aurora que el Sol sale á iluminar al mundo entero, obediente á su evocación. Y no es lo malo que él lo cree; son muchos los pobres animales que aun juzgan los quiquiriquíes del gallo francés prestigioso encanto, sin el cual el Sol no alumbraría la Tierra.
Bien cantó el gallo francés, no hay duda, y si no llega á su poder á que el Sol le obedezca, sí llegó muchas veces á despertar á la Humanidad con sus gloriosos cantos de libertad, de justicia, de arte... No nos trajo el Sol, pero nos avisó siempre de su salida. Por todo ello le debemos gratitud y cariño; pero sin olvidar al Sol, que es antes que el gallo... y sin despreciar á los humildes gallitos de nuestros corrales, que, á su modo, también saben anunciar la aurora.
¡Qué brutos somos, ¿verdad?, podrán decir, como el personaje del Patinillo, los millonarios yankis, acostumbrados á que por bárbaros los tenga la culta y refinada Europa! Es verdad que alguna vez apedrean con su dinerazo y otras veces insultan; pero... ¡ay! ya quisiéramos por aquí, en justas proporciones, millonarios de esos que fundan Universidades y Escuelas y Museos, y como éstos que ahora acaban de construir un magnífico teatro en Nueva York. ¡Un teatro! ¡Habrá empecatados! ¡Si hubiera sido una iglesia ó un convento? Pues, sí, señores; un teatro modelo, un verdadero templo, inaugurado con la representación de una obra de Shakespeare: Antonio y Cleopatra. ¡Qué brutos son! ¿Verdad?
Aquí, alguna vez, se ha reunido gente de dinero para empresas teatrales, y el resultado ha sido... un baile de máscaras, un espectáculo de varietés indecentes; algo por el estilo en fantasía y en Arte. ¿Se figuran ustedes á nuestros millonarios edificando el Teatro Nacional ó un teatro para la música española? ¿Cómo han de comprender que el Arte puede ser una religión los que han hecho de la religión un arte?
La empresa del teatro Real está tratando á Wágner, en esta temporada, poco más ó menos, como por la vecindad están tratando al partido liberal: así como si quisieran quitársele de delante lo más pronto posible. Todos los cuidados son para el repertorio antiguo; para él Titta Ruffo, Anselmi... A Wágner que lo parta un gallo.
Todo se relaciona: naturalmente, la resurrección de Lucía había de traer por consecuencia una crisis del mismo tiempo y á la misma usanza. A viejas óperas, divos jóvenes. Todo el arte de Anselmi no ha bastado á dar apariencias de vida á la momia de Lammermoor. Veremos si el otro joven divo tiene mejor fortuna en la vieja ópera de nuestra política, tan necesitada de nuevo repertorio como de nuevos cantantes. España Brunilda espera á su Sigfredo. Los admiradores de Wágner también le esperan. No se dé pretexto á que nadie dude de la buena fe de las respectivas empresas. Puede que no haya para el repertorio moderno; pero el público no quiere Lucias ni con Anselmi... ¡Qué disparate! ¿No iba á decir ni con Maura?...