VIII
Es la ópera de Strauss, Salomé, portentosa obra de arte musical. Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo. Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un público que, extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones, prefiere desconfiar de su propia impresión á echar por el camino fácil de la chacota y el desprecio y enterrar la obra entre flores de ingenio, sin posible apelación. Después, empresas decididas á imponer la obra; después, una crítica capaz de hacer también obra creadora, inventando... lo que acaso el autor no puso en ella; formando de este modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en toda obra de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.
Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligente, supremo humorismo, cómo las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir á la gloria de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y la Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un poeta.
He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de El médico á palos al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á Salomé nacida entre nosotros? ¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto? ¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?
Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que más se aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de casa!
Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra de arte es obra de todos, y que su inmortalidad más depende de todos que de la obra misma.
En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país de imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena planta puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se disgregan al recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»
Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande, que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe de vida en guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que sean, si no las consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes cuchipandas hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y... ¡ay, también el adjetivo de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!, como dicen los taurófilos, mejor dicho, los torerófilos, sobre todo al llegar la hora llamada de la verdad. ¿Podrá ser esa hora la del Centenario de Cervantes?
¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes, habrá que raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el sábado. Pero si los Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército y los artistas españoles deben bastarse, y por derecho propio, á monopolizar para sí toda la gloria de unas fiestas nunca igualadas. Es preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas del Centenario del Quijote; es preciso... resignarnos á que nos llamen lateros, hasta conseguir levantar los espíritus. Contad, D. Mariano, con mi humilde cooperación para organizar funciones teatrales, para lo que de mi negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela. Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.
El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado por la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras extranjeras no garantizadas por tratados internacionales. Voto con el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de más para respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos empresarios y editores americanos, si nosotros justificamos su conducta con nuestro ejemplo?
Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar y multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la Sociedad de Autores, por honor de su nombre, debe comprender que hay también intereses morales que también tienen su valor en una suma total. Verdad es que una Sociedad de Autores en donde el dinero decide de las votaciones... Claro es que el dinero representa trabajo. ¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere ser considerado como artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora de cobrar... ¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y el triunfo de la plutocracia!
El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación escénica de Chantecler, ridícula y poco artística, digan lo que quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una obra poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades que una fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta mise en scene á la de El pájaro azul, de Maeterlink, representado en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio, hasta para los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado el medio de idealizar, mejor dicho, de realizar las falsedades de presentación en Chantecler y las desproporciones evidentes entre lo representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de los gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones, todo parece la verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un gallo cochinchino; Simone, una faisana al natural, y Coquelin hijo, un perrillo de buen tamaño.
Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.
Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos nos parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.