XV

¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado de risa con una porción de vaudevilles sin gracia y sin fantasía; nos hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos... Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera ocasión... Y la primera ocasión ha sido Chantecler. Diríase que, á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía contrabando!


La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario. Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella, alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún couplet que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.


Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero ¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los bolsillos—gran estómago de los racionales civilizados—resisten á un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos grajos—los bastantes para dar autoridad á la estadística,—el implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus preeminencias y consideración sociales como protectora de la agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante, pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.

Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra? ¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales? ¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida de la digestión, para saber á qué atenernos.


Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un poco.

El problema de la mendicidad—grandes problemas son siempre aquellos para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza, etc...—sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales: ¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy comprometido con los socialistas.

¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos electorales!