XVII

Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida fin del mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos meses, á mayor gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.

Si es cierto lo que asegura Renán en su Abadesa de Juarre, que, ante la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de acabar con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho tiempo.

La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen, no hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos mundos. ¡Estamos tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre es preferible que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para el mundo. Mundo tenemos en general, y ojalá tuviéramos vida en particular hasta la llegada de otro cometa, y aun es posible que hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco, hasta el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas andariegos y revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún astro de primera magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las celestiales y en las terrenales esferas.


Para los que se pagan de nombres—República, Monarquía,—ahí tienen á la República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena apoteosis de su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado de guerra; medida que, con el interés de los más, acaso baste á conseguir una tregua de fiestas patrióticas. Pero el problema queda en pie. Y el problema allí es del mundo entero. Digan unos: Patria; otros: Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles. En realidad, riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es el conflicto en esos pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días miles de conquistadores de todas las razas y de todos los pueblos. Y conquistadores sin bandera, desarraigados de su patria, á luchar por sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho propio... ¿Cómo exigir á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea nacional? No bastan los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando no de individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en las causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina. El talento, el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su mayor enemigo. La República Argentina es inmensamente rica y generosa. Pero si todos quieren ser inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda su generosidad? ¿No tendrá á cada paso un conflicto entro su interés nacional y tantos intereses de tantos, por desligados de su patria, más desligados de una patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí el problema de la República Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo, llegará á ser una gran nación? ¿Llegarán á sumarse tantos intereses egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran cosa es que en un pueblo todos procuren ser ricos, á condición de que todos también estén dispuestos á morirse de hambre en un día. Con la primera cualidad, dominante en la República Argentina, y la segunda, dominante en España... ¡gran nación!


Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que, por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.

Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir, no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos. Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.