XX
Me preguntan algunos amigos si no diré nada del discurso de D. Alejandro Pidal, en contestación al discurso de D. Leopoldo Cano, de todas mis simpatías, como autor y como persona. ¿Para qué decir nada? Toda la elocuente diatriba contra el teatro moderno, sin demostrar otra cosa que no haberse tomado el trabajo de conocerlo, ¿no es la misma con que ilustres correligionarios de D. Alejandro Pidal, y quizás él mismo, anatematizaron el teatro de Echegaray, el de Sellés y el de Cano? El de este último con mayor ensañamiento. ¿Quién no recuerda la crítica de La Pasionaria, escrita por el buen D. Manuel Cañete, cabeza parlante del grupo ultramontano de la Academia Española? ¿Cómo habían de perdonarle aquello:
«Y muertos en la trinchera,
resucitan en Madrid?»
Y aquello otro (cito de memoria; pero no es muy mala, á Dios gracias):
«... Son rezadores maestros
que, devotos y contritos,
andan comprando delitos
á cuenta de Padresnuestros.»
Así como así, D. Leopoldo Cano, cuando otros méritos no tuviera, y téngole en muy alto concepto, fué, y esperamos que siga siéndolo, de los autores más valientes y más sinceros de la escena española.
Así lo ha reconocido D. Alejandro Pidal, con todas las cualidades que en otro tiempo parecieran graves defectos. ¡Oh! La Academia no es rencorosa. Basta con dejar de escribir por algún tiempo para que los atrevimientos parezcan moralidades, el «verismo», idealidad y la cáscara amarga hueso dulce. ¿No sabemos todos que á la Academia no llevan las obras que se han escrito, sino las que se han dejado de escribir?
Con tantas graves y grandes preocupaciones, no es de extrañar que á lo mejor pase inadvertida alguna pequeña enormidad, como la de declarar contrabando un encendedor automático, sin más razón ni fundamento que el perjuicio á un monopolio del Estado. Ya sabíamos que todo monopolio, los hay de muchas formas y clases, era siempre un obstáculo á todo progreso; pero nunca se había declarado tan descaradamente. Según eso, cada vez que encienda usted su cigarro á una llama que no sea la legal de la cerilla monopolizada es usted más contrabandista que los de Carmen. Los encendedores eléctricos de los Casinos y otros Círculos, los mismos aparatos denunciados que, en otra forma, se usan para encender los cigarros de sobremesa, contrabando también; cuando pide usted lumbre á un transeunte, aparte la impertinencia, incurre usted en delito... Con la misma razón pudo declararse contrabando el gas cuando vino á sustituir al aceite y al petróleo, y la luz eléctrica después... Y las empresas de ferrocarriles debieran declarar contrabando el automóvil, porque mucha gente lo prefiere al tren para viajar, con perjuicio de las Compañías... Y, por este sistema, también pueden tener razón los protestantes, aunque les moleste el nombre, contra la ley de los signos exteriores, que también ellos venían disfrutando de un monopolio tan respetable como el de las cerillas.
No sabemos si habrán protestado los fabricantes y expendedores del aparatito en cuestión; pero no sólo ellos, todo el mundo debiera protestar contra esa pequeña enormidad, expresiva muestra de otras enormidades cometidas en nombre de trusts y monopolios...
Nuestro Ayuntamiento, con miras más altas que las aceras y arroyos, se propone limpiar los rótulos anunciadores de toda incorrección gramatical. Por lo pronto, ha ido á fijarse en lo de «carnecería», que les parece anticuado. ¿Anticuado? ¿Por qué? El movimiento se demuestra andando, y el mismo uso constante demuestra que no hay tal antigüedad. Ya sé yo que suena más fino carnicería, sólo que es otra cosa. Ya basta, para los que venden la carne en malas condiciones, hacer carnicería en nuestro estómago, sin anunciarlo por adelantado. Bien está lo de carnecería cuando de vender carne se trata, y déjese la carnicería para luchas de fieras, campos de batalla, operaciones quirúrgicas y otros destrozos en carne viva ó muerta. ¿Qué opina el Chico del Instituto, á cuya autoridad me someto por adelantado?
En cuanto al uso del infinitivo por el imperativo, sí es cosa fea; pero yo, que siempre prefiero lo ordinario á lo cursi y creo que el vulgo tiene siempre razón al hablar, estoy por decir que hasta cuando dice «haiga», hallo el imperativo tan redicho y con un sabor á mandato de rey de teatro: «¡Salid! ¡Llegad! ¡Teneos!», que estoy por preferir el infinitivo, incorrecto y todo. Lo de «Llevar la izquierda», ya sabemos todos que es un modo abreviado de decir: «Hay que llevar la izquierda». No es tan grave falta que no llegue á entenderse lo que se quiere decir. Escritores de muchas letras, y académico alguno, ha escrito: «No reírse, no asustarse». Y, en efecto, nadie se ha reído y nadie se ha asustado. Bien están la corrección y limpieza del idioma por esas calles, mientras llega la limpieza de las calles mismas; pero no vayamos á ponernos tan finos como aquella damisela que, por no usar términos vulgares, solía decir: «Mamá, haga usted la vista gruesa».