XXI

Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con excelente acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro Español. El nombre de los autores, vigoroso poeta el uno, literato de gran cultura el otro, tanto como el nombre de los jurados, garantiza el acierto. Razón hay para esperar la más favorable confirmación por parte del público; aunque un público del que han de formar parte muchos de los concursantes no favorecidos, no es para deseársele á nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar de una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de autores noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que sólo conviene á su negocio representar obras de autores consagrados, que, á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron con diez aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario siempre, es cómplice de las empresas en esto de no interesarse más que por las obras de un limitado número de autores. Si el público mostrara mayor interés por conocer obras nuevas de nuevos autores, yo creo que las empresas procurarían complacerle. Tanto, pues, como vencer la resistencia de las empresas y de los autores monopolizadores, importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de lograrse en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada hay que añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso. Las empresas de los diferentes teatros, en justa proporción, deben admitirlas para su representación en la temporada próxima. Conveniente sería establecer por costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico legislar, que un mismo autor no pudiera estrenar más de una obra por temporada en el mismo teatro. Nadie iría perdiendo. El público hallaría mayor novedad, los actores evitarían el amaneramiento que trae, sin darse cuenta, el representar obras del mismo corte, y los autores más admirados el peligro de fatigar la admiración, lo más fatigable que existe.


Siempre que asisto que á un banquete, sea de homenaje, sea de confraternidad, aparte la lubina á la mayonesa, que, por lo inmutable, representa el elemento filosófico, la figura más interesante para mi atención es la del camarero. El camarero también es filosófico. ¡Han pasado tantas lubinas patrióticas, políticas y artísticas por sus manos! El camarero y la lubina no tienen convicciones. Saben que hay un mismo menu de homenaje para todos. ¡Qué indiferencia la suya ante las lubinas oratorias, á la hora del Champagne, que tampoco tiene secretos para él! La cocina y las atenciones del servicio, como los bastidores del escenario á los tramoyistas, le han quitado toda ilusión sobre lo que se come y lo que se representa. Suenan magníficas las grandes frases de los discursos, y el camarero, mientras pregunta con voz discreta por su jurisdicción: ¿Cognac ó Chartreuse?, percibe el comentario malicioso de los comensales, que es como el pizzicato burlón que acompaña en sordina la frase apasionada en la serenata del Don Juan, de Mozart.—¡Qué gran batata!—oye el camarero.—¿Decía usted?—¡Ah! Nada... No es á ti... Chartreuse. Y suena un ¡bravo! y no suenan las risitas, ahogadas en un sorbo del licor estomacal. Pero el camarero piensa:—¿A quién se engaña aquí?—No; no es á él, ciertamente, simbólico y significativo en aquel momento; representación de todos los que no tienen puesto en esos banquetes, en donde la más brillante representación de las llamadas clases directoras, sin engañarse ellos mismos, creen haber convencido á los demás.


No hace muchos días indicaba que el ídolo de oro acaso tenía los pies de barro.

El viajero superficial suele deslumbrarse con las brillantes apariencias. Dura y tenaz ha de ser la lucha de los Gobiernos en la República Argentina para vencer al anarquismo; acaso más de una vez peligren en ella sus instituciones democráticas y su generoso humanitarismo. Días de prueba aguardan al ilustre hombre que marcha á presidir los destinos de un pueblo joven, por transfusión de tanta vieja sangre, acaso envejecido antes de tiempo. Salaverría, en su admirable libro Tierra argentina—tan justo de observación y tan artísticamente desapasionado,—celebra y admira la fuerte dignidad del trabajador de allá en los más humildes oficios, tan opuestos á su servilismo, rastrero en ocasiones, de nuestras viejas tierras. Bien estaría esa dignidad si no tocara en desabrimiento. Yo no he conocido nada más desagradable que la gente—mal puede llamarse humilde—de Buenos Aires. Muy impuestos en sus derechos, eso sí; ni toleran una reprensión destemplada ni agradecen tampoco una atención cariñosa. Con lo que se les debe les basta. Pero, como dice Bernardo Shaw, ¿qué sería del mundo si todos nos diéramos á hacer lo justo?

Con esa violenta disposición de espíritu en los de abajo, causa ó efecto de violenta disposición en los de arriba, las ideas anarquistas prenden con facilidad y se propagan con rapidez. ¡Cómo andará ello, que muchas familias distinguidas de Buenos Aires habían decidido quitar casa y hacer vida de hotel por serles imposible tolerar las exigencias de los criados! Durante los treinta ó cuarenta días que permanecí en un hotel conocí veinte criados distintos sólo en en el servicio de mi habitación. En el comedor todos los días veíamos caras nuevas. Un día hubo huelga general; no quedó un solo criado en el hotel; en todos sucedía lo mismo. En uno de ellos no se contentaron con abandonar el servicio, sino que, para causar mayor trastorno, antes de despedirse deshicieron las camas, desarreglaron las habitaciones y estropearon la comida preparada. Todo en uso de su perfecto derecho. Las huelgas de los diferentes gremios no pueden contarse. Ahora empiezan las bombas. A la violencia responderá la violencia... Ya verán los que murmuran de las Monarquías lo que hace una República cuando llega el caso. Creo que el espectáculo y la lección han de ser interesantes, aunque tal vez no sean provechosos ni aprovechables.


—¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?—Aquí no puede decirse del ala, suponemos que entrará todo en el precio.

—¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.

Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros de la Maison Virot—hoy dividida en dos razones sociales,—una monada de sombreros, se han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De esto sé yo una barbaridad; si supiera tanto de otras cosas, hubiera llegado á ser algo. Con el tamaño sobrenatural de los de ahora, no es extraño que suban el precio. Sólo de plumas hay sombrero que se lleva en el adorno un avestruz entero. De modo que, para pagarlo, hay que desplumar por lo menos otro ó poner á contribución toda una manada: á este una pluma, al de más allá otra... Pero ¡si estaremos desquiciados! El otro día, mientras dos señoras iban hablando por la calle, muy acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de actualidad, pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que no peligra nada fundamental?