XXII
No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo esquinado con toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas con blandas redondeces. Más prontos al brusco ataque que á la serena defensa, aún no hemos llamado con nuestra voz cuando ya hemos espantado con nuestros gritos. Hablamos para los nuestros, que son los que menos necesitan oírnos. No es á los que piensan como nosotros á los que importa convencer, sino á los que piensan del modo contrario.
Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión; los más temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión para no dejar sombra de esos infundados temores. Al socialismo podrá faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa de una nueva condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario. Sin mejorar al hombre, ¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las instituciones ni las leyes son varas mágicas de virtudes. Pero, en fin, cuando los hombres sean mejores, por selección natural ó por cultura artificial y científica, el socialismo se impondrá por sí solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición. Entretanto, y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad que en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al sentarse por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que el enemigo, el contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder el miedo, tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma, que no es cosa del otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo... Porque, si el buen burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle como á siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que media humanidad seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal socialista es la felicidad para todos, que lo de ser unos felices y otros desgraciados, y cada uno á ratos, es ya cosa resuelta desde que se organizó la primera tribu. Al socialismo hemos de ir todos sin violencia, por inclinación natural; su doctrina ha de ser de amor, y no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está descubrir nuestras humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para algo son amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre nubes. El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta del anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y al equívoco? Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los creyentes; á los descreídos, á los descreídos es á los que hay que llamar y convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es cualidad española.
Un nuevo libro del doctor Gustavo Le Bon—La Psicología política y la Defensa social—es libro que todos los políticos debieran leer con detenimiento. De muy provechosa enseñanza y de más provechosa meditación.
«La psicología política—dice Le Bon—enseña á resolver los problemas planteados diariamente, á discernir cuándo se debe ceder y cuándo oponerse á las exigencias populares. Los hombres de estado, por lo general, ceden ó resisten según su temperamento.» Detestable proceder. Es preciso resistir ó ceder según las circunstancias. No hay nada más difícil ni de más graves consecuencias en la psicología política.
Y más adelante: «¿Es más fácil transformar una sociedad que cualquier otro organismo viviente?» La respuesta afirmativa á esta pregunta ha dirigido toda nuestra política desde hace un siglo y continúa dirigiéndola. La posibilidad de rehacer las sociedades por medio de nuevas instituciones fué siempre evidente para los revolucionarios de todos los tiempos, para los de nuestra gran revolución sobre todo; lo es también para los socialistas. Todos aspiran á reconstruir la sociedad según planos trazados por la razón pura. Cuanto más progresa la ciencia, más contradice esta doctrina. Apoyándose en la biología, en la psicología y en la historia, nos dice «que nuestros límites de acción sobre la sociedad son muy restringidos; que ninguna transformación profunda se realiza jamás sin la acción del tiempo; que las instituciones son la envoltura exterior de un alma interior, y toda institución, lejos de ser el punto de partida de una evolución política, es solamente el término. La debilidad de los pueblos latinos consiste en creer, como dogma, que basta con cambiar las instituciones para modificar el espíritu de un pueblo».
Todo ello, y mucho más que trae el libro, no será de gran novedad, y de puro sabido, lo tendrán olvidado nuestros políticos y gobernantes; pero no vendrá mal un repasillo; el buen doctor Le Bon tiene para todos, porque la Ciencia no se casa con nadie, y la Verdad nunca fué de una sola pieza: hoy es monárquica, mañana republicana, puede ser socialista, puede ser individualista... Por eso los hombres de ciencia, son siempre de cuidado en un partido político. Ya se convencerá el doctor Salillas, digo, ya le convencerán sus correligionarios, si no procura ir olvidando en sus futuros discursos que es hombre de ciencia antes que republicano.
Hay crímenes que, en su misma monstruosidad inexplicable, llevan quizás la única posible atenuación... No obstante, todos han querido arrojar su piedra sobre la madre enloquecida que arrojó á su hijo recién nacido por el balcón. ¡Horrible! ¡horrible! Pero todas esas buenas vecinas que, llenas de noble indignación, hubieran llegado á arrastrarla al salir, después de haber matado á su hijo, ¿están seguras de no haberla atormentado con burlas y rechiflas si, unos días después, la hubieran visto salir con él en brazos? ¿Saben ellas lo que pudo pesar en la infeliz deshonrada, á la hora del delito, la imagen de esas buenas vecinas, pequeño mundo, pero ¡un mundo en fin! murmurador y maldiciente.
¡La honra de las mujeres! ¡Pobre honra, que puede olvidarse en el beso de un amante y no puede olvidarse con el beso de un hijo!