XXIV
Ha sido un brillante torneo oratorio, más cañas que lanzas, la contestación al Mensaje de la Corona. Como sucede tantas veces en estas discusiones, los árboles no han dejado ver el bosque y las frondas y floreos oratorios no han dejado oir la contestación al Mensaje, que, siendo de lo que debía tratarse, es de lo que menos se ha tratado.
El Gobierno ha podido decir en esta ocasión: «A salvo está el que repica». Los tiros más certeros han pasado sobre su cabeza para ir á caer sobre los conservadores. Sólo algún ligero achuchón ha menoscabado su flor de azahar. Si los obispos, los rifeños y los huelguistas no se alborotan demasiado durante las vacaciones, tenemos virginidad hasta la reapertura del Parlamento.
Un corresponsal en Madrid del periódico parisiense Comedia, á propósito de una velada musical celebrada en el Ateneo, en que, según parece, se aplaudió mucho la música española y no tanto la francesa, se lamenta de la creciente galofobia de los españoles. Una distinguida dama francesa me escribe quejándose de lo mismo; dice que ha ido coleccionando en estos últimos tiempos infinidad de textos de escritores españoles, patente muestra de nuestra animadversión hacia los franceses. Tal vez sea muy voluminosa esa colección de recortes galófobos; pero; ¡vamos! que si algún español se hubiera entretenido en anotar y recortar textos franceses en que se nos ridiculiza, zahiere y calumnia... sí que hubiera levantado un buen proceso.
La imaginación de los franceses ve enemigos y espías por todas partes.
No es para tanto nuestra supuesta galofobia. De esos mismos escritores, citados por mi quejosa dama, podría yo recordar grandes elogios y ditirambos de admiración por Francia y por los franceses. Yo mismo he defendido el Chantecler, como verdadera obra de arte, del injusto desprecio con que fué tratado por el público madrileño. Y hay que convenir en que las más violentas y despreciativas críticas vinieron de París. En más de una ocasión he defendido también á la mujer francesa en general, y á la parisiense en particular, de las calumnias de sus mismos novelistas y autores dramáticos. ¿Son también galófobos? Sabido es que el batallador Brieux escribió La francesa para protestar contra esa falsa atmósfera creada á la mujer por una literatura más literaria que verdadera.
Cierto es que las censuras del extraño molestan más que las del compatriota, pero no se dirá que aquí hemos llegado nunca á la intervención enojosa ni á la invención sin fundamento.
Por mucho que digamos, cronistas y escritores de costumbres, de los extranjeros, más decimos de nosotros mismos. No podrá acusársenos de parcialidad ni apasionamiento. Tal vez pequemos de exagerar nuestros defectos y debilidades, y acaso demos con ello lugar á que el extranjero los agrande y divulgue, por aquello de: «¡Cuando ellos lo dicen!...» Por lo demás, censuremos á propios ó á extraños, loca vanidad sería la del escritor que creyera en la eficacia de sus censuras. Como dice Regnard—ya ve usted cómo conozco y admiro á sus clásicos:
En vain contre les moeurs la raison vous irrite;
Par quatre mechants vers, peut-etre déja dits,
Croyer vous changer l'homme et redresser Paris?
Y quien dice París, dice el mundo entero.
Todos los años, al terminar el concurso para adjudicación de premios en el Conservatorio de París, vuelve á plantearse la discusión sobre las reformas necesarias, tanto en el sistema de enseñanza como en el de concursos. Y de nuestro Conservatorio, ¿no podía decirse algo? Nada entiendo de música y no seré tan atrevido para despeñarme por el disparate libre, en cuanto á la enseñanza musical se refiere. Doctores, licenciados, y aun bachilleres, tiene la Iglesia que sabrán solfear y armonizar donde hiciere falta.
Pero la enseñanza de la mal llamada—es decir, por desgracia, bien llamada—declamación, no puede ser más deficiente. A gritos, más ó menos declamatorios, está pidiendo una reforma. Cualquiera es buena; desde la radical de la supresión, por inútil, hasta una nueva y completa organización, con vistas á la utilidad y mejor aprovechamiento del dinero; supongo que poco, pero hasta ahora mucho, por mal empleado.
Bien sabemos que un Conservatorio, como ningún Centro docente, por sabia que sea su organización, no es incubadora de genios, si falta la primera materia en la calidad del huevo. Pero como el genio es ave rara y él solo se basta para «levantarse, crecer, tocar las nubes», hay que pensar—aparte de que al genio tampoco le sienta mal un poco de disciplina y artificial cultura—en los talentos modestos, en las medianías discretas, que de ser bien dirigidas á no serlo ó á serlo viciosamente, puede ir la diferencia de la absoluta nulidad á una perfecta imitación del mismo genio, con la ventaja de ser su talento más reposado y consciente; condiciones de gran importancia en un arte de interpretación como el arte escénico.
¡El genio es tan peligroso en el teatro que yo me atrevería decir que es temible! De los genios me libre Dios, que de los malos cómicos me libraré yo.
Ante todo, se impone la selección física. Por espiritualistas que seamos, hay que atender á la belleza corporal. Nada de piernas cortas y cabezas gordas, por mucha luz intelectual que las ilumine. Nada de voces chillonas y gangosas, por mucho que prometan «hacernos de reir» en grotescas farsas. Después, cultura general; más que cátedras, conferencias variadas de literatura nacional y extranjera, de pintura, escultura, elegancia social, etc. Después, práctica, práctica y práctica. Nada de maestros actores, que sólo enseñan sus defectos y amaneramientos; un buen director de escena, persona competente, de buen gusto, y á estudiar y á representar obras. El teatro Español como teatro de ensayo, donde los alumnos, en funciones populares, de convite ó con rebaja de precios, representen obras del teatro antiguo y moderno.
Al estudio de nuestro teatro antiguo debe concedérsele la mayor importancia. Nunca se estudiará bastante. Da grima ver que la mayor parte de nuestros modernos actores no saben decir un verso con sentido del ritmo; y como el ritmo es todo, en arte, en verso, en prosa, en lo espiritual y en lo físico, sólo son capaces de decir chuladas y vulgaridades.
Ya sé que el ministro de Instrucción pública tiene asuntos más importantes á que atender; pero yo sé que el Arte tiene en él un enamorado. Si la política le permite algún descanso en este verano... acuérdese de sus amores.