XXV
De plañideras y de Casandras de pan llevar han motejado conspicuos conservadores á los espíritus compasivos que se permitieron llorar por los muertos de la última campaña. Y no habían terminado de fulminar su indignación contra los compasivos, cuando, á propósito del atentado de que ha sido víctima su ilustre jefe, ¡ríanse ustedes de Casandra, de Jeremías y de cuantos lloraron calamidades y profetizaron desdichas! Esto demuestra que todos somos plañideros á nuestra hora y cuando nos duele, y nada más fácil que hacer de héroe impasible cuando los almendrazos no son en nuestro barrio.
El Estado sólo tiene un nombre terrible y amenazador para estos pueblos: el Fisco. Faltan carreteras y caminos vecinales, faltan escuelas, falta higiene, falta policía; pero el Estado exige siempre: es la quinta, es la contribución con sus apremios y sus embargos y la miseria y la ruina...
Llega el Fisco implacable á coronar el trabajo de la penosa recolección. El que nada dejó, se lo lleva todo. ¿Llamaremos también á estas madres, llorosas por el pan de sus hijos, Casandras de pan llevar? Por fortuna, aquí no amenazan... todavía. Pagan, como trabajan y como viven, resignados. Hasta la fuerza necesaria para cobrar lo debido le es barata al Estado.
Nos asustamos una vez al año de lo que sucede siempre sin que nadie se asuste ni lo advierta. Los buenos burgueses disfrutan de su veraneo protegidos por los mausers. Los fusiles protectores y la protesta amenazadora están ahora á la vista y frente á frente. Pero ¿es nunca otra cosa? Ese el estado natural y permanente de esta sociedad humana. Por suerte de los buenos burgueses, la carlanca basta para que unos cuantos lobos desconozcan á sus semejantes y se crean perros al servicio del amo. ¿Qué piden los huelguistas? Gollerías, de seguro; puede que hasta quieran veranear.
El Estado permanece neutral, no cruzado de brazos, sino armas al brazo, que es una neutralidad especial. Su papel no es muy airoso. Me recuerda á un filosófico sereno que, presenciando á altas horas de la noche una acalorada disputa entre una Venus y un Marte, por no sé qué tratos y contratos amorosos, sólo les aconsejaba paternalmente á la luz del farol colgante de su chuzo: «¡Arreglarsus, chicos, arreglarsus!»
Emilio del Villar, desde las columnas de Nuevo Mundo clama una vez más—esperemos que no siempre sea en vano—contra lo que pudiéramos llamar obstáculos tradicionales de nuestra Biblioteca Nacional. Defendida como fortaleza contra los naturales ataques del ansia de cultura y el deseo de ilustración, el denodado asaltante es tratado como enemigo, sin consideración alguna. Hay que terminar de una vez con tanta rutina y tanta corruptela. ¿Qué significa eso, en pleno siglo xx, de dividir las obras en obras de estudio y en obras literarias? ¿Y el ocultar los índices, como nefando secreto, y las malas caras y los peores modales?...
Ahí tiene ancho y fácil campo donde laborar el ministro de Instrucción pública, con aplauso de todos y sin gravar el presupuesto. Las buenas maneras van baratas. Y ahora que una Sociedad bienhechora nos abarata la luz, ¿no será hora de que la Biblioteca esté abierta por la noche? Más se conseguiría con esto, en bien de la cultura y de las costumbres, que con la creación del Teatro Nacional, por ejemplo. Pero modernícese esa Biblioteca; sea un verdadero salón de lectura á la moderna: con periódicos, revistas; todo asequible, todo fácil...
¿Falta personal y al existente sería injusto pedirle más horas de trabajo? Yo sé de muchos señoritos, tan intelectuales como desocupados y aburridos, que con mucho gusto prestarían servicio voluntario, con el mayor gusto y no menor inteligencia. No es menos glorioso ser soldado de un ejército de paz y de cultura, que serlo en el campo de batalla.
Son tantos los jóvenes de todas las clases sociales á los que oigo lamentarse de continuo: «¡Si la Biblioteca estuviera abierta por las noches!» ¿Será más difícil que abrir un nuevo cine?
Estamos de una castidad escandalosa. ¡Si todo fuera virtud y no falta de dinero! Nada menos que ola hay quien llama á la docena de novelas, algo subidas de tono, que se publica por término medio un año con otro. No es para tanto, y hay que confesar que, hasta ahora, la ciénaga es muy vadeable. Como sucede siempre, los mejores propagandistas del género son los escandalizados, que vienen á ser los verdaderos escandalizadores. Lo malo es que hay quien no distingue y confunde las obras esencialmente pornográficas con otras muy estimables en que la pornografía es sólo un accidente artístico y necesario.
Con la reputación de las novelas modernas es imposible acompañarse de ellas para lectura de viaje, de playa ó balneario. Y es lástima; porque no hay nada como un libro para iniciar una conversación, y con una de estas novelas siempre hay tema indicado.
Las preferencias literarias, cuando son sinceras, y cuando no lo son, doblemente, nos abren de par en par á nuestro interlocutor ó interlocutora. Con una viajera que haya leído ciertos libros, se puede hablar de todo. Si ha leído los de Felipe Trigo... pues no hay más que hablar. Si ha leído á Gabriel D'Annunzio... más vale callarse; ella se lo dirá todo. Desconfiad de las señoritas que leen la «Biblioteca Rosa» en público; son las mismas que tienen empezada una labor desde hace cinco años y sólo dan puntada cuando hay visita de novio probable.
¡Ah! Cuando regaléis un libro á una joven, que sea un libro que pueda interesar á su mamá ó á su institutriz.