III
Pero don Rodrigo no era feliz.
Doña Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo—único hombre que se acercó a ella,—sintió por él una avasalladora pasión. La llama de amor sin nombre que tantos años contenía en su pecho, de doncella casta, pero afectiva, estalló devoradora, porque Rodrigo Pacheco, por su figura y por su carácter, era el galán soñado, el Amadis de sus ensueños... Boda que comenzó siendo forzado acomodo, fué a poco tierno idilio que unió dos almas con la más pura, pero también arrebatadora, de las pasiones.
Llevábale cinco años doña Leonor a Rodrigo... y quizás por ello fué maestra que inició al joven en los honestos deliquios amorosos de su idílica unión. Pero, aunque dama de espléndido cuerpo y hermoso rostro, altivo continente y distinguido ademán—conjunto sin par en Tordesillas—dió en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las guedejas de su apuesto marido.
Este, que fuera del amor a Dios, no sentía otro afecto que el de su esposa, padecía martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y honrado, la espléndida dama dudaba de su pureza y ponía en tela de juicio su probada honradez.
Veinte años llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo hubiera bendecido su unión concediéndoles el bien de los hijos, cuando un atardecer recibió el apocado señor de Pacheco, por un propio, una misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitándole a ir a Valladolid el próximo 19 de Julio, día en que haría su entrada en la ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Añadía el valido que convenía al servicio de la monarquía católica que don Rodrigo Pacheco fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazón, y le esperaba en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle instrucciones oportunas sobre la política que convenía al duque se observara en Tordesillas y villas comarcanas.
¡Y allí fué Troya!
—¿A Valladolid... vuestra merced?—y reía nerviosa e irónica la celosa doña Leonor. Y de súbito exclamó, abriendo el torbellino de sus celos:
—¡Sí! ¡Te conozco, fementido caballero! ¡Ir a Valladolid es un ultraje a la fe jurada a mi amor único!
—¡Leonor! Mulier quæ sola cogitat, male cogitat—replicó don Rodrigo, acordándose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y añorados tiempos de Salamanca.
—¡Nihil impossibile!—arguyó la dama, que también era, aunque celosa, muy leída.—¡Si vuestra merced va a Valladolid... será para caer en el pecado!...
—¡¡Leonor!!
—¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más impura de las liviandades!
—¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios confunda!
—¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú!
—¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!—y don Rodrigo alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio—y miró al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún.
Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la cámara y vociferando descompuesta:
—¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable!
Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo:
—¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas!