IV

La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su cumplimiento. Además, ¿había de estar toda su vida supeditado a las faldas? Su madre, la inflexible doña María, impidió que fuera clérigo, matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, ¿había de impedir su esposa—¡otra tozuda Alderete!—que siguiera una carrera política honrosa, comenzada por una corregiduría, y Dios y el duque de Lerma sabrían dónde podía acabar?

Y el débil y ocioso caballero mandó ensillar su mejor mula y salió para Valladolid, dejando a doña Leonor convulsionada como una demoníaca y vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores:

—¡Se va y le pierdo para siempre al miserable! ¡No subirá más a mi tálamo si duerme una sola noche en Valladolid! ¡Toda el agua del Jordán no bastará para purificar al impuro!—Y se retorcía como una poseída, rodeada de mayordomos, dueñas, doncellas y mozas de cántaro... mientras el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la mole del histórico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible polilla roía con saña toda nuestra leyenda de oro; y poco después columbraba el caserío de la futura corte de las Españas, extendido sobre verde prado y recortado sobre una lejanía de suaves lomas y sinuosos cerros castellanos.

Y el futuro corregidor de Tordesillas entró, sonriente y magnífico, caballero en su mula, en la noble y real «Villa de Ulid».