V
Era el día 19 de Julio de 1600.
La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en corte de los Felipes, «nunca desplegó tal aparato y dignidad en las ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos». El joven rey demoró su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el año siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad.
Pasados aquellos primeros días de gala regia y festejos populares, don Rodrigo pudo ver al poderoso valido.
El duque le recibió y agasajó conforme a los altos merecimientos del caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularísima estima los Sandovales, y le entregó el real despacho de corregidor de Tordesillas.
—Tengo en alta estimación vuestras dotes, que, acrisoladas por el ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harán pasar a la corte en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores leales...—dijo el duque, abrazando cariñosamente a don Rodrigo.
Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados, temía el pobre corregidor a la celosa corregidora.
Y sin esperar a más—porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia, quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,—allá se fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo, convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.