VI

Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría, como su Tordesillas de su alma.

Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.

Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del famoso condestable, cuyo libro singular Claras y virtuosas mujeres, había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia, donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...

—La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la iglesia de religiosas de Portacœli—habíale dicho el duque...—y, por fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada de su deudo don Gutierre.

Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres golpes recios y rotundos.

Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil preguntó con timidez:

—¿Quién va... a estas horas?

—¡La paz de Dios!—respondió don Rodrigo con voz entera.—¿Vive aquí don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas a visitarle—agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía, preguntó otra voz como arrullo de tórtola:

—¿Cómo se nombra el caballero?

—Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...

—¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la puerta...

Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con enorme velón.

—Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán.

Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don Gutierre.

Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba.

Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre.

No se hicieron aguardar éstas...

Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y no habrían tenido tiempo de destocarse...»—pensó don Rodrigo.

Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como si esperara órdenes.

«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»—dijeron las discretas niñas.

El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar el alba a Tordesillas.

—Todo puede concertarse—objetó la mayor de las niñas,—si tan urgente es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte cuando guste a su querida Tordesillas.

—Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...

—¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas de mesón! ¡No faltaba más!—dijo la más joven de las niñas de don Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué don Rodrigo le llegaban al alma.

—Lo que nos duele—arrulló la mayor—es que durante estos días os hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros asuntos os traigan a Valladolid.

—¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el señor corregidor de Tordesillas!—exclamó, expansiva y jovial, la que parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad.

Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa; tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo. «¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos, alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse en aquel de Valladolid toda la vida!»

Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena estaba servida.

Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su templanza.

—«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don Rodrigo—decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una pechuga de capón ricamente aliñada.

-«El vino como rey y el agua como buey»—exclamaba riendo la menor de las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y de suave aroma.

Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para embriagar al caballero...

Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su dueña.

El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron, despidiéndose de él muy humildemente.

—¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo!

Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y sopló la luz.

Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre. Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho...

«Pero... ¿no sería ñoño escrúpulo de monja llamar a la servidumbre y alborotar la sosegada mansión con el pretexto de rehusar tan rico lecho, que indudablemente le había cedido alguna de las hijas del doliente huésped por una delicadísima galantería mujeril que antes debía agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un villano?»

Y quedó entregado a sutiles razonamientos escolásticos, bajo las finísimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar levantarse ni poder conciliar el sueño...; pero consolándose en su martirio si, por dicha, la cama en que yacía pertenecía a la menor de las hijas de don Gutierre.