VII
En el seno de las tinieblas veía el señor de Pacheco la figura, castamente ideal, de doña Celia, la menor de las niñas, en opuesta visión a la más espléndida y sensual de doña Violante, la hermana mayor... Ni una sola vez acudió a su magín el recuerdo de la figura de su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doña Celia, la niña gentil, tornaba a embargar su ánimo y sus sentidos anegados en el vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y éstos algarabía.
Don Rodrigo incorporóse, tentó sus ropas, empuñó su espada y aguardó.
Las voces se apagaron de pronto; pero el oído del caballero percibió en el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera paso a alguien. Suave rumor de pasos que a él se acercaban, confirmó sus sospechas. «No cabía duda, alguien había entrado en la estancia.»
Pronto fué la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavísimo y enervador, cada vez más penetrante, cada vez más cercano, envolvíale como ola de éter, sumiéndole en un mar de confusiones, cuando el tibio aliento de una boca rozó su rostro, y la caricia de unos brazos desnudos, blandos y mansos, oprimió su cuello robusto, al mismo tiempo que una voz argentina, pero angustiada, gemía en su oído:
—¡Acorredme, caballero! ¡Protegedme o muerta soy!
Don Rodrigo quedó suspenso...
Soltó la espada, de improviso, y con ambas manos cogió los trémulos brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello.
Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse, muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba su alma pura.
La voz argentina arrulló a su oído:
—¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte!
—Permitidme, señora, que...—y el sofocado caballero no sabía qué decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.
—¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara...
—¿Qué decís, señora?—interrumpió el cándido corregidor.
—Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su galán el balcón de su camarín...
—¿Es posible tal infamia?
—¡Sí, caballero, sí!—y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:—Esta noche, que partió conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza! ¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi mal aconsejada hermana!
—¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida!
-¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo peligroso riesgo para vuestra merced...
—¿Pero entretanto... señora...?—y el buen don Rodrigo no sabía cómo librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar amparo.
-¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este aposento!...—y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con extrañas angustias:
-¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco!
—¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...—y la medrosa niña se estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos, sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida, mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.
En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil clarividencia, murmuró el caballero paternalmente:
—Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de ropa...—al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad respondió desmadejadamente:
—¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín... y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!
-Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...—dijo don Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que le ceñían amorosos.
-¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi inocencia nos protegen!—y con suavísima presión dejóse caer blandamente la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...