VIII

El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos emplomados cristales piaban alegremente los pájaros en el cercano y umbrío jardín... y don Rodrigo Pacheco despertó del único sueño de su vida que había tenido sabrosa realidad.

Y encontróse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que sus brazos robustos cobijaban aún la dormida estatua de doña Celia, desceñida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del día todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a los encandilados ojos del ex canonista.

Este quedó lívido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le acusaba en pleno día del pecado cometido en las negruras de la noche... ¡La más horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa tordesillesca, por añadidura, había incurrido con aquella preciosa niña que, confiada en la hidalguía del caballero, dormía aún sin recelo en sus brazos!

¡Nihil impossibile sub sole!—gimió aterrado el caballero, y por primera vez la imagen de su esposa surgió ante sus ojos como la musa de la propia tragedia, arrojándole al rostro la sentencia con que le despidió al salir don Rodrigo hacia Valladolid: ¡Nihil impossibile!

—¿Y qué hacer?... ¿Cómo huir?... ¿Cómo dejar a la tímida paloma que dormía en sus brazos? ¿Cómo presentarse ante don Gutierre, el caballero que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? ¿Cómo escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habíale hecho caer al cuarentón corregidor? ¡Buena justicia administraría quien comenzaba vilipendiándola! ¿Qué dirían su conciencia y su rostro a la señora corregidora al llegar a ella?—Y al evocar otra vez en aquel trance la arrogante y severa figura de su dueña y señora doña Leonor de Alderete, como irritada Themis, desasióse don Rodrigo de los ebúrneos brazos que le aprisionaban aún rendidos en sueño de amor; vistióse apresuradamente, ciñóse la espada, echó sobre sus hombros la negra capa de seda valenciana... y después de dejar caer una última, compasiva y desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre, abrió quedamente la puerta, huyendo de su víctima, de su crimen y de sí mismo.

Salió a un pasillo; estaba solitario. Cruzó la habitación donde una lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo monstruoso; no había nadie. Vió abierta una puerta fronteriza por la que entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigió a ella. ¡Era la puerta de la escalera!

Bajó por ésta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zaguán estaba entornada... ¿Dueña, mayordomo, y acaso don Gutierre, estarían en misa en la vecina iglesia de las religiosas de Portacœli? Todo parecía preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vió en la calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un remordimiento dolorosísimo.

Sin tornar los ojos al caserón de don Gutierre, y ya orientado por la luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, llegó presto a su posada, mandó ensillar su mula y pidió la cuenta al huésped.

Este sonreía socarrón e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero, denunciadoras de una noche toledana, o, más legítimamente, vallisoletana. Echó mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el atolondrado caballero—que ni la mirada acusadora del posadero podía resistir,—y quedó sin habla, aterrado.

¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella.

Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus pecados...