ESCENA II
ANDRÉS, IGNACIO, PERICO, EL TABERNERO y EL MOZO
Ignacio.
(Á Andrés.) Á tí, en diciendo que tienes vino, no te hace falta náa.
Andrés.
Porque el vino es la sola cosa buena de este mundo. Si lo será, que con todo y con lo que echan los taberneros, aún se puede beber.
Tabernero.
(Acercándose á la mesa.) ¡Muchas gracias!
Andrés.
No hay de qué darlas. (Á Ignacio.) Lo que oyes, y lo que yo le decía la primera vez que tuve voto á un caballero que me lo compró en tres pesetas. Allá ustées; de pintor de puertas no he de pasar; conque vengan las tres pesetas y pague usté una copa, y de usté es mi voto y el de mi novia, si sirve, que quizás que sirva.
Ignacio.
¿Y por qué partido votaste?
Andrés.
¡Yo que sé!... Por el partido de las tres pesetas y una copa; maldito si me importaba aquello.
Perico.
¿No?
Andrés.
(Haciendo ademán de morderse la uña del pulgar.) ¡Ni esto!... Yo tengo mi idea. La política, pa los políticos; la mujer, á ratos, y el vino, á cualquier hora.
Tabernero.
Conformes.
Ignacio.
(Al Tabernero.) Faltaría que tú no lo estuvieras.
Andrés.
El vino es el cúralo todo. ¿Que estás cansáo de trabajar? Bajas del andamio, te echas una limpia entre pecho y espalda, y tan guapo. ¿Que tienes penas? ¿Á quién vas á ir con ellas? ¿Á una mujer? Una mujer te las aumenta. ¿Á un amigo? Un amigo las oye si no está de prisa y pára de contar. Al vino, hombre, al vino. Y mejor que al vino, al aguardiente.
Perico.
Si quieres aguardiente, pídelo.
Andrés.
Que lo traigan.
Tabernero.
(Al Mozo.) ¿Oyes, chico? (El Mozo llena unas copas de aguardiente y las lleva á la mesa.)
Andrés.
(Cogiendo una copa.) ¡Vaya por el triple!... (Á Ignacio.) ¿Tú no bebes?
Ignacio.
Aguardiente, no. Me emborracha en seguida.
Andrés.
¡Buen defecto que le pones!... ¿Pa qué bebe uno?... Pa emborracharse. Pues cuanto antes, mejor.
Perico.
Verdad.
Andrés.
Pa mí, el aguardiente está de non. Porque con esto de la bebida, pasa como en la guerra; lo he visto muchas veces cuando era soldáo. Nos decían los jefes: «¡Á ver, muchachos, hay que tomar esa trinchera!...» Y echábamos por la cuesta arriba con la cabeza gacha y el fusil enristráo, mientras los contrarios nos freían á tiros; y aquí caía uno y allí otro; y luego diez y después veinte, y ¡hala! adelante, siempre adelante; hasta que llegábamos; pero ¡cómo llegábamos!... Chorreando sangre y sudor, y dejando el camino lleno de hombres patas arriba. En cambio, les decían á los artilleros: «¡Abajo esa casa!» y ¡Bum! ¡bum! á los cuatro disparos, la casa hecha cisco. Pues con esto, (Golpeando la mesa con el vaso.) sucede igual. Las botellas de vino, son la infantería; hay que tumbar muchas pa coger la mona; las medias copas de aguardiente, son los artilleros; con pocas basta. Voy á dispararme el primer cañonazo. (Apura la media copa.) ¡Esto es gloria, hombre!
Ignacio.
¿Y Juan José?
Andrés.
Esperándole estoy. Nos ha salido una chapuza, y vamos juntos á arreglarla.
Perico.
¿Sigue con la Rosa?
Andrés.
Y más emperráo cada vez. Ahora somos vecinos; vivimos en el veintitrés, dos puertas más arriba de la taberna. Rosa trabaja con Toñuela. Aquí vendrán á buscarnos en cuanto salgan de la fábrica.
Perico.
¿Conque Rosa...?
Andrés.
Le tiene vuelto el juicio. Lo malo es que él lo ha tomáo por donde quema, y ella...
Ignacio.
Ella, ¿qué?
Andrés.
Ella es como todas las mujeres, mala.
Ignacio.
Como todas, no. Me parece á mí que Toñuela...
Tabernero.
No tendrás queja, Andrés.
Andrés.
Por la presente, no la tengo. Toñuela se sujeta á mí; si hay dos, con dos pasa; si no los hay, pone los pucheros á la funerala, y á esperar otro día; y si se me baja el aguardiente á los déos y si se me suben los déos á la cara de ella, se aguanta y como si tal cosa; pero ya verás cómo á lo mejor sale por peteneras.
Perico.
¡Que tú digas eso!...
Andrés.
No me cogería de susto. En fin, Toñuela es Toñuela, y Rosa...
Ignacio.
¿Qué?
Andrés.
Está echa á otra vida. Mucha juerga y mucho vestido de raso y mucha bota de charol... Lo que tiene siempre una mujer cuando es guapa y tira la vergüenza á la calle. Así es que la viene muy pelo arriba agarrarse al trabajo. Y si le quisiera, menos mal.
Perico.
¿No le quiere?
Andrés.
De capricho no pasa. (Á Ignacio.) Ya sabes cómo se conocieron.
Perico.
¿Cómo?
Andrés.
Rosa estaba de juerga con unos señoritos en una taberna donde entró Juan José, que entonces bebía más que ahora. En cuanto vió aquella cara de cielo, y aquel cuerpo, y aquellos ojazos, y oyó cantar á Rosa con la voz de ángel que Dios la ha dáo, se quedó con tres cuartas de boca abierta. Siguió la broma, y no sé cómo fué, que se emborracharon los señoritos y quisieron pegar á la chica. Allí fué la gorda; Juan José, que ya estaba prendáo de ella, se levantó y dijo: «Á ésta no hay quien la toque.» Total, que se movió el broncazo padre; y como Juan José es de los que empujan, y cuando se arranca se lleva por delante lo que le estorba, echó de la tasca á los señoritos y se quedó solo.
Perico.
¡Bien hecho!
Andrés.
Á ella le gustó aquel desplante, y, lo que pensaría: «Tropecé con mi hombre.» Cerca de un año lo ha estáo creyendo, y ya va pa dos meses que quiere volar por su cuenta.
Perico.
¿Tú, sabes...?
Andrés.
Sé que no falta quién la ronde, y sé que á ella no la parece costal de paja, porque es joven y de posibles, y no le duele tirar cinco duros á tiempo.
Ignacio.
¿Le conoces?
Andrés.
Y tú, y éste. Es Paco.
Ignacio.
¿El maestro de la obra donde trabaja Juan José?
Andrés.
Y si te digo quién trastea á Rosa de parte suya, verás que el caso no es de los buenos pa Juan José.
Perico.
¿Pues quién?....
Andrés.
Quién ha de ser; la infiernacasas de este barrio; La señá Isidra. (Se abre la puerta del fondo y entra por ella Juan José.)
Tabernero.
(Á Andrés.) ¡Chist!... Juan José. (Juan José se dirige hacia el sitio donde está Andrés; el Tabernero se va al mostrador.)