ESCENA IV

JUAN JOSÉ y EL CANO; al final, EL PRESIDIARIO

Cano.

(Leyendo.) «Madrid, quince...»

Juan José.

No; eso no; á la firma... ¡Lo primero, la firma! (Con impaciencia. Con tono de esperanza.) ¡Si fuese de ella!... ¡Anda pronto, lee la firma! (Con impaciencia y anhelo.)

Cano.

¿La firma? (Volviendo una cara de la carta.) La firma dice Andrés.

Juan José.

(Con desaliento.) ¡Andrés!... (Con tristeza profunda.) ¡No es de ella!...

Cano.

(Leyendo.) «Querido Juan José: Me alegraré que al recibo de esta...»

Juan José.

(Interrumpiéndole.) Salta; salta; un poco más abajo; donde acaba el saludo.

Cano.

Allá voy... (Como si recorriese los renglones.) «La mía... á Dios gracias...» Aquí. «Sabrás de cómo no te he escrito antes, porque he estáo afuera trabajando; luego no te quería contestar, porque como lo que tú me pedías eran noticias de la Rosa... y...» (Deteniéndose.)

Juan José.

(Con gran impaciencia.) ¿Á qué te detienes? No te detengas. Sigue.

Cano.

«Y no eran buenas, pues por eso no te escribí.»

Juan José.

(Con angustia.) ¡Adelante!...

Cano.

(Leyendo.) «Pues sabrás de cómo no te puse dos letras, por eso; porque te quería evitar un disgusto, que bastante tienes con estar en presidio por ella; así hubieran degolláo á la primera que nació.» (Deja de leer.) Este gachó es un vivo.

Juan José.

No te pares; ¿no ves que me estoy muriendo de ganas de saberlo todo?

Cano.

(Volviendo á la lectura.) «En fin, como alguna vez han de contártelo y me lo pides con tantas fatigas, allá va: La Rosa está buena; lo de la enfermedad fué una farsa. No fué al juicio porque no quiso verte; y como ahora tiene enflujo y dinero, pues lo arregló.»

Juan José.

¡No quiso verme!... ¡Á mí! (Con desesperación. Reponiéndose. Al Cano.) ¿Qué más?...

Cano.

(Leyendo.) «Ahora está en grande; no se ha mudáo de casa; pero vive en el principal, y vive con Paco...»

Juan José.

(Con espanto, odio y dolor.) ¡Con Paco!... ¿Eso es cierto?... ¿Has leído bien?... (Con desesperación.) ¿Dónde dice eso?... ¡Á ver! ¡enséñamelo! ¡que yo lo vea!... ¿Dónde lo dice?... ¿Dónde, Cano, dónde?...

Cano.

(Señalándole con el dedo un párrafo de la carta.) En este renglón. Míralo...

Juan José.

(Se abalanza á mirar la carta y el sitio de ella donde señala el Cano.) ¡Mirarlo!... (Con angustia.) ¡Cómo lo voy á mirar, si no entiendo esas rayas!... (Al Cano.) ¿Pero se ha ido con él?... ¿Lo dice ahí?... ¡Sí, lo dice! ¡Pa qué ibas á engañarme tú! ¡Está con él!... ¡Con él!... (Reponiéndose; con calma siniestra.) Sigue, Cano, sigue; léelo todo. Después de lo que me has leído, ¿qué cosa mala ha de venir?... Lee desde donde pone «vive con Paco.»

Cano.

(Leyendo.) «Vive con Paco, y vive, como te decía antes, en nuestra casa, en el principal; hecha una princesa. Por supuesto, que ni la Toñuela ni yo la saludamos. Aquí la tienes con su maestro de obras, mientras tú te pudres en presidio. Ya lo sabes todo.»

Juan José.

¡Todo, sí; todo!... ¡Qué más necesito saber! (Se deja caer sobre el poyo con abatimiento profundo.)

Cano.

(Leyendo sin que Juan José le oiga.) «Consérvate bueno, y con expresiones de la Toñuela, manda en lo que se ofrezca á tu amigo que lo es: Andrés Pérez.»

Juan José.

(Levantándose.) Trae esa carta; tráela, que yo la toque. ¡Paéce mentira que un cacho de papel haga tanto daño!... (Entra el Presidiario por la derecha.)

Presidiario.

¡Cano!

Cano.

¿Qué?

Presidiario.

Te llaman en la Dirección.

Cano.

Voy á escape. (Á Juan José.) No te olvides de lo que hemos habláo. (Sale el Cano por la derecha.)