ESCENA IX

ROSA, ISIDRA, TOÑUELA y EL MOZO

Toñuela.

(Á Rosa.) ¡De bonito humor va á ponerse Andrés cuando lo sepa!...

Isidra.

¿Qué ocurre?

Toñuela.

¡Qué va á ocurrir, señora! Que han puesto en la calle, por una quincena, á la mitá de las obreras de la fábrica, y nos ha tocáo la china á nosotras.

Isidra.

¡Vaya por Dios, mujer!

Toñuela.

¡Dos pesetas diarias que se van á baños! ¡Qué remedio! ¡Tendremos paciencia!

Rosa.

¡Pa lo que yo ganaba!... ¡Valiente puñáo son tres moscas ó seis reales, que era mi jornal, por estarme dale que le das desde la siete de la mañana!

Toñuela.

No es tan poco. Con seis reales se puede hacer mucho.

Isidra.

(Con burla.) ¡Lo menos un hotel!...

Rosa.

(Riendo.) ¡Sí!...

Toñuela.

Menos mal que quince días pasan á escape. Lo siento por Andrés, que tendrá que acortar su ración de vino.

Isidra.

Que se aguante. De más hacéis con trabajar pa ellos y estropearos las manos por ellos.

Rosa.

(Mirándose las manos, con aire triste y mal humorado.) ¡Buenas las tengo yo!...

Toñuela.

Cuando se es pobre, hay que arrimar el hombro. Á mí me sabe á gloria el dinero que gano pa ayudar á Andrés. ¿Á tí no te sucede igual? (Á Rosa.)

Rosa.

(Con displicencia.) Sí; claro está que sí.

Isidra.

(Con desdén.) ¡Aperrearse por un hombre!...

Toñuela.

Queriéndole y viéndole apuráo, se hace á gusto.

Rosa.

¡Queriéndole!...

Isidra.

Déjate de quereres. El querer se acaba un día ú otro. ¡Cualquiera me tosía á mí si fuese joven y bonita como vosotras dos!... (Á Rosa.) ¡Quita allá, infeliz!... Mujeres conozco que no valen la mitá que vosotras y viven con desahogo, y las tienen á boca que pides, y son las reinas de su casa.

Rosa.

Sí las hay, y están como se les antoja, y se ríen del mundo.

Toñuela.

Mientras que les dura el palmito. Cuando éste se acaba, ¿qué es de ellas? Ni los perros las quieren.

Isidra.

¡Qué sabes tú!...

Toñuela.

¡Quiá!... Prefiero sujetarme á mi Andrés y sufrir su pobreza, y aguantar su genio, á pasar lo que pasan otras, y llegar á vieja, y verme como usté se ve, sola y sin la calor de nadie.

Isidra.

¿Y por qué me veo yo así?... Por tonta y por no llevarme de buenos consejos... Y si no, anda, fíate de los hombres; quiérelos por ellos, pasa por ellos fatigas, y penas, y disgustos... ya verás qué pago te dan.

Rosa.

(Á Toñuela.) En eso tiene razón la señá Isidra. Te afanas por un hombre, pasas con él tu juventud, te aperreas por él, y el día menos pensáo se cansa de tí, te pone en la del rey, y si te he visto no me acuerdo. Ahí está lo que ocurre.

Toñuela.

No siempre. En fin, cada uno hace de su capa un sayo; y yo me voy á casa á dejar este lío (Uno que habrá puesto al entrar sobre un taburete.) y á preparar la cena, que esta noche tengo convidáos. (Se levanta.)

Isidra.

¿Convidáos?...

Rosa.

Sí; Juan José y yo.

Toñuela.

Pa mí, como si fuéseis el rey y la reina de España. (Coge el lío de encima del taburete. Á Rosa.) ¿Me esperas aquí?

Rosa.

Bueno.

Toñuela.

Bajo en un Jesús. ¡Pobre Andrés!... ¡Tan contenta como estaba, y ahora dos semanitas de ahogos!... (Como desechando su mal humor.) ¡Qué demonio!... Dios proveerá. Menos ganan los gorriones y viven. (Sale por el fondo.)