ESCENA X

ROSA, ISIDRA, y EL MOZO; al final PACO y sus compañeros, dentro.

Rosa.

(Á Isidra, por Toñuela y con acento de despecho.) Ahí la tiene usté, tan satisfecha y tan alegre... Parece que le ha tocáo el premio gordo con su Andrés. ¿Cómo podrá estar alegre con la vida que lleva?

Isidra.

Porque está acostumbrá á ella desde que nació, y no ha visto el mundo por un bujero, ni sabe lo que son comodidades y bienestares, y llevar á los hombres de mérito, amarráos á la cola del vestido. (Con desprecio.) ¡Qué sabe esa méndiga!... (Con fingida compasión y cariño y cogiendo las manos de Rosa entre las suyas.) No te ocurre á tí lo mismo, pobrecilla. ¡Quién te ha visto y te ve!... Caro estás pagando el capricho.

Rosa.

(Con tristeza.) ¡Sí lo pago; sí!... (Con despecho.) ¡Encontrarme como me encuentro!... ¡Ay señá Isidra, cada día me acostumbro menos á estas miserias!...

Isidra.

Naturalmente.

Rosa.

Nada, que no es posible. Yo procuro, y quisiera, y no puedo... ¡Vamos, que no sé á punto fijo lo que me pasa! Un déo de la mano diera yo por saberlo y por explicármelo.

Isidra.

Á que yo te lo explico.

Rosa.

Usté.

Isidra.

Yo... En primer lugar, te figuras que quieres á Juan José, y no lo quieres.

Rosa.

(Con sorpresa.) ¿No?...

Isidra.

Vamos, quererle, sí le quieres; pero no con ese cariño que ciega y pone una venda en los ojos.

Rosa.

Yo...

Isidra.

No, así no le quieres. La prueba es, que notas lo que al lado suyo te falta; y como no eres una imbécil, reflesionas en que vales mucho y dices: «¿Voy yo á conformarme con esto?» y no te conformas; y haces bien.

Rosa.

¡Conformarme!...

Isidra.

¡Calla, mujer, calla!... Es un dolor que estés como estás. ¿Y por quién? Por un... Así como así, lo merece la prenda.

Rosa.

(En un arranque de vanidad de hembra.) Eso no; Juan José es un buen mozo.

Isidra.

Los domingos que se lava y se desenyesa la cara; los demás días, cualquiera averigua lo que es. ¡Y aunque sea un buen mozo!... Tan buenos los hay y se mueren por tus pedazos; y no te obligarían á trabajar y á sufrir privaciones... Quita, que no tienes perdón de Dios. ¡Si yo estuviera en tu pellejo!...

Rosa.

Señá Isidra, ¿qué voy á hacer sino lo que hago? ¿Cómo le dejo, si no me da motivo, y se muere por mí, y me considera, y dos que gane, míos son? No tengo más remedio que agradecérselo y aguantarme.

Isidra.

Y morirte de agradecimiento en un rincón.

Rosa.

Es...

Isidra.

(Interrumpiéndole.) Agradecimiento, sí, señora; porque sólo agradecimiento le tienes ya. ¿Crees que yo me chupo el dedo?... Pues no; yo sé de alguien que no te disgusta, y te ha ido interesando poco á poco, y metiéndose en tu sentir. (Como respondiendo á una señal negativa de Rosa.) No me hagas señas de que no, porque es verdad. ¿Quieres que te lo nombre? Paco.

Rosa.

No; no suponga usté...

Isidra.

(Interrumpiéndole.) ¡Ese sí que es un hombre cabal y buen mozo, y dispuesto á cuanto sea menester por gustarte!... Sólo que tú, con tus desprecios y con tus repulgos, acabarás por aburrirle y hacer que se canse de tí.

Rosa.

(Con orgullo.) ¡Cansarse!... Apueste usté que no. ¡Como yo quisiera!...

Isidra.

Pero no quieres, y acaso, cuando vayas á acordarte de él, se haya él olvidáo hasta del santo de tu nombre.

Rosa.

¡Quiá! Paco será el mismo de hoy, mientras á mí me dé la gana. No me gusta presumir, ni echar plantas, pero sépalo usté; así, mal vestida, y con esta facha, y sin dármelas de farolera, donde estuviera Paco, y mi cuerpo se presentase, no habría más que una ama: yo.

Isidra.

(Con cariño.) ¡Vanidosa! (Se escucha en la habitación de la derecha el rasgueo de una guitarra acompañada con palmadas y taconazos.)

Rosa.

¿Hay música ahí dentro?... (Una voz de hombre entona dentro la salida de una malagueña.)

Isidra.

Es...

Rosa.

(Levantándose y dirigiéndose hacia la derecha.) Oiga usté, que van á cantar.

Una voz de hombre. (Dentro y cantando acompañado por la guitarra.)

Vivir sin tí, no es vivir;

y sin tí, no vivo yo;

más vale esperanza en tí,

que no andar en procesión,

hoy aquí, mañana allí.

Voces.

(Dentro.) ¡Ole!... ¡Viva lo bueno!... ¡Viva!...

Rosa.

(Con alegría.) ¡Ole! (Á Isidra.) ¡Que muy rebién cantáo!

Isidra.

(Á Rosa.) ¿Lo ves? No puedes remediarlo. Ya te está saltando el alma en el cuerpo. De buena gana entrarías á echar una copla.

Rosa.

¡Que lo diga usté!...

Isidra.

(Con sorna y haciendo un gesto picaresco.) Ahora que caigo... ¡Pues no se me había olvidáo!... ¿Á que no adivinas quién está ahí dentro?

Rosa.

¿Quién?

Isidra.

Paco. Ha venido con unos amigos y con dos mujeres muy guapas. (Recalcando la frase.)

Rosa.

¿Sí? (Con despecho mal disimulado.)

Isidra.

¡Guapas de veras! (Con tono insidioso.) Lo que pensará el hombre; un clavo saca otro...

Rosa.

Lo que tiene es rabia porque no le hago cara. (Se abre la puerta de la derecha y sale por ella Paco.)

Paco.

(Desde la puerta. Al Mozo.) ¡Chico!... ¡Vino!... (Como si reparase en Rosa.) ¿Es usté, vecina? (Dirigiéndose á ella.)

Rosa.

Ya me ve usté.

Paco.

¡Y la veo tan real moza como siempre!

Rosa.

Como que soy la misma. (El Mozo llena una bandeja de copas y la lleva á la habitación de la derecha. Isidra se retira al segundo término.)