ESCENA XI
ROSA, ISIDRA y PACO; luego EL MOZO
Paco.
(Á Rosa.) ¿Me deja usté que la convide?
Rosa.
Se estima. (Con ligero acento de despecho.) No quiero entretenerle. Podía enfadarse la reunión.
Paco.
¡Valiente cuidáo se me da! Estando, como estoy ahora, al lado de usté, cien años me parecerían un minuto.
Rosa.
¡Cien años!... (Con acento irónico.) Iba usté á encontrar calvas, cuando volviese, á las señoras que le acompañan.
Paco.
Por mí que se les caiga el pelo. (Sale el Mozo de la habitación de la derecha con una bandeja llena de copas á medio apurar; llega con ellas al mostrador y vacía el sobrante de las copas en la jarra.)
Rosa.
(Á Paco.) Ande usté, que le esperan; ande usté con ellas y diviértase.
Paco.
¡Divertirme!... Yo ya no me divierto, Rosa.
Rosa.
(Con ironía.) ¿Le ha ocurrido á usté alguna desgracia?
Paco.
La mayor de todas; penar por causa de una mujer, que maldito si hace caso de mí.
Rosa.
¡Qué pícara!... ¿Y quién es? ¿Alguna de las señoras que están ahí dentro?
Paco.
No se burle usté. Conmigo no ha venido nadie. Esas mujeres vienen con dos amigos míos, y están ahí porque ellos las han invitáo. Pa mí, como si no estuviesen.
Rosa.
¡Vamos!...
Paco.
La persona por quien yo peno, no está en aquel cuarto; usté lo sabe, y si cualquiera de esas mujeres le estorba á usté, lo dice y se marcha á la calle, y si la estorbo yo, me voy yo; porque donde yo esté y usté se presente, usté es la dueña, y la que manda, y la que dispone, y aquí está quien lo dice, y no se ha ido.
Rosa.
Gracias, Paco. (Dirige á Isidra una mirada de triunfo y orgullo satisfecho.) No lo decía yo por tanto. (Después de una ligera pausa y como si quisiera variar de conversación.) Vaya una malagueña bien cantáa la de antes.
Paco.
No está mal; pero al lado de usté... ¡Usté sí que canta como un ángel del cielo!
Rosa.
(Entre satisfecha y avergonzada.) ¡Eche usté arena!
Paco.
Como si fuese hoy, tengo presente la primera vez que la oí á usté cantar. Llevo la copla en el corazón, y daría lo que me pidiesen por volverla á oir.
Rosa.
No sea usté romancero, Paco. Cualquiera pensará que nunca ha escucháo usté nada mejor.
Paco.
¡Nada! Y, ahora que caigo en ello, ¿por qué no entra usté á cantarnos una malagueña?
Rosa.
¿Yo?
Paco.
Hágame usté ese obsequio.
Rosa.
De buena gana; pero no es posible.
Paco.
¿Por qué?
Rosa.
Estoy esperando á Juan José; él es muy poco aficionáo á que yo entre y salga y alterne. Podía enfadarse.
Paco.
¡Enfadarse! Si yo fuera un desconocido, se comprende que se enfadara. Tratándose de mí, no hay caso.
Rosa.
Claro que usté es su maestro, y Juan José le debe los dos ó los cuatro que gana, pero...
Paco.
Pero, ¿qué?
Rosa.
No puedo; de veras no puedo. Él tiene su carácter, y si lo toma á mal...
Paco.
No lo tomará. Es un momento, y si en ese momento llega él, que pase y se beba una copa, ó diez, ó cuarenta; están ustedes con nosotros lo que les cumpla, y cuando les dé la gana, se van. (Con insistencia cariñosa y como tratando de vencer la actitud indecisa de Rosa.) Vaya, haga usté algo en su vida por mí; aunque sólo sea cantarse una copla... (Á Isidra que permanece en segundo término junto á un velador, apurando á sorbos un vaso pequeño de aguardiente.) Señá Isidra, ayúdeme usté á convencerla.
Isidra.
(Acercándose.) ¿Qué es ello?
Rosa.
Que Paco se empeña en oirme cantar un rato; yo no me atrevo á complacerle, porque Juan José va á venir y puede figurarse cualquier cosa y darme un disgusto.
Isidra.
No hay motivo pa que Juan José se incomode; entre amigos, un osequio se acepta, que no somos salvajes pa desairar á las presonas.
Rosa.
Yo...
Isidra.
Anda, mujer; anda, y no te hagas de rogar tanto.
Rosa.
Iré. (Á Paco.) Advierto que no hago más que cantar dos coplas y salir.
Paco.
Á gusto de usté. De esa puerta adentro, usté es la reina. (Á Isidra.) ¿Viene usté?
Isidra.
Yo me voy á acostar.
Paco.
(Abriendo la puerta de la derecha.) Entre primero la gracia de Dios. (Entran Paco y Rosa en la habitación de la derecha, cuya puerta se cierra detrás de ellos.)