ESCENA IX
ROSA y JUAN JOSÉ
Juan José.
(Bajo.) ¡Rosa!... (Viendo que ésta continúa con la cabeza oculta entre las manos sin contestarle.) ¡Rosa! (En tono de súplica.) ¿No me contestas?... ¡Mírame!... ¿No quieres mirarme?...
Rosa.
(Como si no oyera á Juan José.) ¡Verme como me veo por él y pegarme encima!... ¡Era lo único que faltaba, y ya llegó!...
Juan José.
(Dando la vuelta por detrás de la silla y poniéndose delante de Rosa.) ¡Oye; por lo que más aprecies en el mundo, oye!... ¡Quítate las manos de la cara! (Viendo que Rosa no lo hace, se las aparta él con las suyas cariñosamente.) ¡Así!... ¡que yo te vea! ¡Que pueda mirarte! (Acercando su cara á la de Rosa.)
Rosa.
(Echando el cuerpo hacia atrás y sin mirar á Juan José.) ¡Déjame!... ¿No dices que soy mala?... ¡De lo malo se huye! ¡Déjame!
Juan José.
(Con pasión.) ¡Dejarte!... ¡Pues si todo lo que hago es por miedo á quedarme sin tí!... ¡Si te quiero más que á las niñas de mis ojos!... ¡Si al ponerte la mano encima he sentido el golpe aquí dentro!... (El corazón.) ¡Si me ha dolido más que á tí!... ¿No comprendes que me ha dolido más que á tí?...
Rosa.
Comprende que me has maltratáo sin motivo. ¿Qué te he hecho pa que me maltrates? Cuando todo me falta, ¿á quién voy á volverme?...
Juan José.
¡Á mí, Rosa, á mí! Si te digo que tienes razón; que he procedío malamente; que me perdones... Pero tú no sabes lo que es encelarse de una mujer que vale pa uno lo que la Virgen del altar, y tener incáa en el corazón esta espina. ¡Ojalá y no lo sepas nunca!... Es un dolor muy perro; y cuando á uno le viene la basca, no da cuenta de sí. ¡Se aturrulla la cabeza, se llenan los ojos de sangre, se levantan los puños sin querer, ocurre lo que ocurre sin que uno mismo pueda evitarlo, y se acabó!...
Rosa.
Y por que á tí te entren esas bascas y des en recelarte de mí y de cualquiera, ¿voy yo á sufrir tus prontos y á quedarme luego tranquila hasta que se te ocurra recelar otra vez?
Juan José.
No, Rosa, ¡te juro que no! ¡te lo juro!... Ya no dudo; te creo... ¡Díme lo que te dé la gana, y te creo! ¡Me hace tanta falta creer en tí!... (Con tristeza y amor.)
Rosa.
Si te hace falta, ¿por qué te empeñas en lo contrario? ¿Por qué en vez de oirme la emprendes á trastazos conmigo?... ¡Buen modo tienes tú de arreglar las cosas y de consolar á una!...
Juan José.
¡Es que me has tratáo de una forma, y me has dirigido unas expresiones tan duras!...
Rosa.
¿No eran verdad?... ¡Qué culpa me tengo de que la verdad no sea mejor!...
Juan José.
¡Verdad, sí, verdad! Todas tus palabras lo son. Verdad que yo me digo á cada momento, cuando entro aquí y te veo desesperáa, sola, mal viviendo de la compasión de los vecinos, ¡tú, porque yo he soñáo, lo que no había soñáo nunca, lo que no me ha traído nunca con pena, ser rico, muy rico, como esos que pasean en coche! ¡Tú, por cuyo bienestar arrancaría piedras con los dientes!... ¡Tú, que sufres, que no puedes resistir más; porque no puedes, porque si esto sigue, si no traigo á casa lo preciso, tú tendrás que abandonarme, y harás bien, porque no has nacido pa sufrir y pa martirizarte!... Ahí tienes lo que yo imagino, lo que pienso, mientras el frío me hiela las lágrimas en los ojos... ¡Pero cuando tú me lo dices, entonces, creo que yo no soy nadie pa tí, que estás deseando dejarme, que no me quieres, que quieres á otro, que ese otro va á robarme el cariño tuyo, y se secan mis lágrimas, y me vuelvo loco, y me dan ganas de matarte!... (Con desesperación.)
Rosa.
¡Calla; no pongas ese gesto! ¡Me asustas! (Con terror.)
Juan José.
¡No te asustes, no; nada cavilo contra tí, esto es hablar!... ¡Pero debemos hablar de otra cosa; de buscar un recurso que remedie nuestra desgracia!... ¡Necesito que no padezcas más, lo necesito!
Rosa.
¡Un medio!... ¿Cuál?
Juan José.
(Con decisión.) ¡Uno; el que sea! (Deteniéndose un momento como si meditara. Después de una pausa, con desaliento.) ¡No lo hallo! ¡no lo hallo!... ¡No tengo dónde hallarlo!... Hay pocas obras en tarea, las precisas, y sobra gente; las otras descansan, y si te acercas á los contratistas, á los dueños, te responden: «Más adelante, cuando entre el buen tiempo, cuando alarguen los días. Espera.» (Con desesperación.) ¡Espera!... ¡Como si el estómago pudiese esperar! ¡Como si se le pudiese decir al hambre! «Aguarda, no nos muerdas hasta dentro de un par de meses;» y al frío: «No nos entumezcas las manos, no nos agarrotes el cuerpo, ten paciencia hasta que podamos comprar una manta.» ¡Espera! ¡Espera á que alarguen los días! ¡Espera!... ¡Espera!... (Con desesperación.)
Rosa.
¿Á qué te acaloras?... ¿Qué consigues con acalorarte y con maldecir de la gente?
Juan José.
¿Qué consigo?... (Con acento amenazador.) ¡Enterarme de que no es justo que un hombre trabajador se quede sin trabajo; enterarme de que no hacen bien los que me lo niegan; saber que cuando me quejo llevo razón! ¿Te parece poco?... ¡Pues ya es algo!...
Rosa.
¿Algo? (Sin comprender.)
Juan José.
Más que algo, mucho.
Rosa.
No te entiendo.
Juan José.
¡Me entiendo yo! (Con angustia.) ¿Conque todos son á acorralarle á uno?... (Con energía desesperada.) ¡Pues el animal, cuando se mira acorraláo, muerde!... ¡Yo también morderé!... Si la bestia tiene ese derecho, mejor debe tenerlo el hombre, porque vale más.
Rosa.
(Con temor.) ¿En qué piensas?... ¿Por qué arrugas el entrecejo? ¿Por qué te retuerces las manos?... ¿Qué te pasa?... ¿Qué quieres decir?
Juan José.
¡Que deben acabarse nuestras fatigas; que no quiero perderte y no te perderé! (Con decisión.)
Rosa.
(Con tono de duda.) ¿Acabarse nuestras fatigas?... ¿Cómo?
Juan José.
Aún no lo sé de cierto. Está aquí, aquí. (Golpeándose la frente.) Lo veo como se ve al anochecer, muy oscuro. ¡Pero esta noche tendrás todo lo que necesitas, te aseguro que lo tendrás!
Rosa.
¿Vas á ver á alguien, á pedir?...
Juan José.
(Con energía salvaje.) ¡Pedir!... ¡Que pidan los viejos, los inútiles, los que no se pueden valer! El que, como yo, tiene fuerza en los brazos, y no es perezoso en la faena, y sabe ganarlo, sólo debe pedir una cosa, trabajo. Si no lo encuentra, si no se lo dan... Entonces le queda un recurso; ¡uno!... No hay duda... ¡Ni sé cómo he dudáo tanto tiempo! (Con tono resuelto y sombrío.)
Rosa.
¿Qué te propones?
Juan José.
Que no pases hambre, y miseria, y frío; que no me abandones; que no necesites ir á buscarlo; porque tienes razón, cuando todo falta, hay que buscarlo; y antes que la mujer lo busque, lo busca el hombre. ¡Yo lo encontraré! (Con dureza.)
Rosa.
¡Oye!...
Juan José.
Te digo que lo encontraré. (Se dirige hacia el fondo. Antes de llegar al fondo vuelve hacia Rosa.) ¡Espérame; tardaré una hora, dos; quizás menos, pero traeré á mi casa lo que en ella no hay, lo que tú me pides; lo traeré!... Lo juro por lo más sagráo, por... Los que han tenido madre, juran por ella. ¡Yo lo juro por tí!... ¡Espérame; adiós! (Sale Juan José por el fondo en actitud resuelta. Rosa se queda mirando hacia el fondo como sorprendida y sin acertar á darse cuenta de los propósitos de Juan José.)
FIN DEL ACTO SEGUNDO