ESCENA VIII

ROSA, TOÑUELA y JUAN JOSÉ; luego ANDRÉS

Juan José.

No me sujetes; ¡suelta!... (Á Toñuela.)

Toñuela.

¿Te has vuelto loco?... ¿Vas á pegarle después de lo que la pobre está sufriendo? (Con tono de reproche.)

Rosa.

(Llorando.) Deja que me pegue. Se conoce que no le basta con medio matarme á privaciones y quiere rematarme á golpes. (Al oir estas palabras, Juan José retrocede y depone su actitud de violencia.)

Toñuela.

(Á Juan José.) ¡Vamos! (Con tono contemporizador.) ¡Cuidáo, que sois brutos los hombres! La veis á una ahogándose de pena, y entoavía apretáis la argolla...

Juan José.

¡No sabes cómo me ha tratáo!...

Toñuela.

¡Si creerás que cuando se tiene éste vacío, (El estómago.) se está con humor de templar gaitas! (Entra Andrés por el fondo.)

Rosa.

¡Pegarme á mí! ¡Á una mujer!... ¡Qué valentía!... (Se deja caer llorando en una silla.)

Andrés.

(Á Rosa.) ¿Ha habido solfa? (Á Juan José, como quien no da importancia al suceso.) Abajo ha estáo Enrique.

Juan José.

¿Y qué dice?... ¿Hay trabajo? (Con ansiedad.)

Andrés.

Luego, cuando alarguen los días, que se paga lo mismo y se trabaja más.

Juan José.

Y hasta entonces, ¿qué va á ser de nosotros? (Con espanto.)

Andrés.

(Con sarcasmo.) Lo que sea. ¿Qué les importamos á ellos nosotros?... ¿Que nos morimos de necesidad? Tal día hará un año.

Juan José.

¡Dios mío!... ¡Dios mío! (Se deja caer con desaliento junto á la mesa.)

Andrés.

¿Estás lista? (Á Toñuela.)

Toñuela.

Sí.

Andrés.

Pues vamos á casa de madre. Gracias á que vive cerquita, si no, íbamos á quedarnos acarameláos en el camino. ¡Cae una heláa, superior!... De modo, que nos embaulamos la cena y á casa corriendo, á meterse en la cama, que es donde nos abrigamos en invierno los pobres. La suerte es muy sabia. ¿No nos da dinero pa carbón? Pues nos da lo justo pa comprarnos camas estrechas, muy estrechas, y váyase lo uno por lo otro.

Rosa.

(Sollozando.) ¡No; no lo sufro!...

Andrés.

(Á Rosa.) ¡Bah, chica, nubes de verano!... Lo que habrá pensáo Juan José: á falta de pan, buenas son tortas.

Juan José.

(Aparte.) Rosa tiene razón; la tiene. Así no se puede seguir.

Andrés.

(Á Juan José.) Oye, tú: no sé lo que habrá puesto la vieja; pero de lo que haya, os traeremos un poco.

Juan José.

¡Gracias, Andrés!

Andrés.

¡Gracias!... ¡Has estáo bueno, hombre!

Rosa.

(Bajo, á Toñuela.) No te vayas. Es una fiera. (Por Juan José.)

Toñuela.

¡No ves que está llorando! Las fieras no lloran.

Andrés.

(Á Toñuela.) Anda, tú. (Marcando con los dedos el movimiento de salida, y haciendo la pausa que el actor juzgue necesaria.)

Toñuela.

(Á Rosa.) Hasta después. (Á Juan José.) ¡Cuidáo con volver á las andáas!... (Salen por el fondo Andrés y Toñuela. Después de una ligera pausa, durante la cual Rosa permanece sentada dando la espalda á Juan José, y éste mirándola con expresión de angustia y amor, Juan José se dirige hacia Rosa, se detiene antes de llegar á ella y vacila algunos instantes como si no supiera de qué modo romper el silencio.)