ESCENA VII

ROSA y JUAN JOSÉ

Juan José.

(Con desprecio.) ¡Arrepentirme!...

Rosa.

(Con enfado.) No te arrepentirás, no hay cuidáo. Sería la primera vez que te arrepintieses de tus prontos.

Juan José.

(Sorprendido.) ¡Mis prontos!... ¿He hecho mal despidiéndola?

Rosa.

(Con ironía.) ¡Quiá!... ¡Si lo has hecho perfectamente! ¿Á qué ha venido la señora Isidra? Á ofrecerme una cazuela de sopas, y á traerme un cogedor de cisco. ¡Miá que ofrecernos eso á nosotros, que tenemos medio cordero en el fogón y un quintal de cok en la chimenea!... ¡Es mucho faltar!... ¡Bien prudente has estáo!... ¡Había pa ahorcarla!...

Juan José.

¿Pero estás ciega, ó te burlas de mí? (Con enojo.) ¿Aún no has entendido lo que huronea esa mujer? (Con tono de recelo.) ¿Es que te has propuesto no entenderlo?...

Rosa.

Como nada malo me ha dicho, nada malo tengo que pensar de ella. (Con displicencia.)

Juan José.

¿Conque no?... ¿Conque te encierras en negar sus propósitos?... ¿Conque no los conoces?...

Rosa.

No. Sólo sé que por causas de tus cavilaciones y de tus recelos, estamos como estamos.

Juan José.

(Con enojo.) ¡Rosa!

Rosa.

(Con sarcasmo.) No te incomodes... Ya te se ha satisfecho el gusto. ¿Qué más quieres si te has salido con la tuya? ¡Aunque yo reviente, no importa!

Juan José.

¿Pero cómo voy á portarme? ¿Iba yo á sufrir que Paco te cortejase y me ofendiese, por no perder el jornal que me daba? ¿Voy por una cucharáa de sopas á conformarme con los trapicheos de la Isidra? ¿Voy á hacer eso?... ¿Te has creído que voy á hacer eso?... ¿Quieres que lo haga?... ¡Habla y acaba de una vez!

Rosa.

Yo me refiero á lo que sucede; á que tu genio nos lleva de mal en peor, y te pregunto hasta cuándo van á durar estas desdichas.

Juan José.

Tú...

Rosa.

Sin duda tendrás algún medio pa salir del atranco, cuando te atreves á resollar tan fuerte. Lo tienes, ¿verdá?

Juan José.

No; no tengo ninguno, ¡ninguno!... (Con desesperación.)

Rosa.

¿Qué aguardas entonces? ¿Que yo me consuma aquí dentro, como un candil falto de aceite?... Claro, como los hombres entráis y salís, nunca os falta un amigo que os convide á una cosa ú á otra. Con eso se va uno defendiendo, y á la mujer, que la parta un rayo.

Juan José.

Pero, ¡qué hablas!... ¿No sabes que si alguien me diera un pedazo de pan, ese pedazo de pan llegaría á tus manos sin que yo lo tocase?... (Con pasión.) ¿No comprendes lo que tú significas pa mí? ¿Ignoras que desde el punto de conocerte, sólo en tí he pensáo, y de cuanto he tenido has dispuesto?... Pa mí se acabó el mundo al mirarte. Amigos, diversiones, ¡hasta el vaso de vino que tomaba en la taberna al volver de la obra!... Á trabajar pa ella, me dije, y con calor, con frío, cortándome el viento la carne ó abrasándome el sol la piel, cantaba yo encima del andamio, más contento que nunca, porque aquel frío, y aquel calor, y aquel dale que le das sin descanso, eran mi jornal, el cuarto donde habitas, tu comida diaria, tu paseo de los domingos, el vestido de percal pa tu cuerpo, el mantón de lana pa tus hombros, ¡tú entera que vivías por mí!... ¡Qué me importaban el cansancio, y la faena, y el peligro!... ¡Calcúlate lo que iba á importarme padecer de día, si me esperabas tú por la noche!... Ahí tienes lo que he hecho; lo que haría hoy mismo si pudiese; lo que deseo hacer... ¡Si hasta pediría pa tí una limosna, pa tí, pa mí no! ¡si no creyera que ibas á avergonzarte de que esta juventud y estos brazos sirvieran sólo pa echarse pa alante y pedir por Dios! ¡Y aún dices que no me interesas, que te abandono y te descuido!... ¡No lo digas, Rosa, no lo digas!... ¡Por tí lo intento yo todo, todo!... ¿Qué quieres que haga?...

Rosa.

Tú lo sabrás. ¿Qué voy yo á decirte?... ¿Qué sé yo?...

Juan José.

(Con tristeza y asombro.) ¡Nada más que eso me contestas!...

Rosa.

¿Qué voy á contestarte? Como no te conteste que no he comido desde ayer y que esta noche nos helaremos juntos en aquel camastro.

Juan José.

¿Tú crees que yo puedo evitarlo?

Rosa.

¿Crees tú que se puede vivir de este modo?

Juan José.

¡Rosa!... (Con desesperación.)

Rosa.

(Con acritud.) No; así no se vive; así no se puede vivir.

Juan José.

¿Y cómo impedir lo que está ocurriendo? ¿No pido trabajo?... ¿No lo busco? ¿Tengo la culpa de no encontrarlo?

Rosa.

¿La tengo yo de que no lo encuentres?

Juan José.

(Con asombro y pena.) ¿Qué te propones al contestarme de esa forma? ¿No es bastante martirio el mío pa que tú lo aumentes?... ¿Te has propuesto desesperarme?

Rosa.

No me he propuesto nada; te cuento lo que hay; te lo pongo delante de los ojos. ¡Tú eres el hombre y debes resolver, porque yo no resisto más!

Juan José.

(Con enojo.) ¿No?...

Rosa.

(Con firmeza.) No.

Juan José.

¿Te has olvidáo de que la mujer tiene obligación de sufrir por el hombre que vive con ella?

Rosa.

¿Te has olvidáo tú de que el hombre tiene obligación de que no se muera de hambre la mujer que vive con él?

Juan José.

(Con enojo.) ¡Oh!... ¡Esto es demasiáo!...

Rosa.

(Con sequedad.) Demasiáo, sí.

Juan José.

(Luego de contemplar á Rosa un instante. Con tono desengañado y duro.) Rosa, ¡tú eres mala!

Rosa.

(Con brusquedad.) ¡No sé lo que soy; pero carezco de todo, de lo más preciso, y no puedo pasar sin ello; porque sin nada, no se pasa! ¡Si tú no me lo das, tendré que buscarlo!

Juan José.

(Con ira.) ¡Buscarlo!... ¿Has dicho, buscarlo?... (Acercándose á Rosa y mirándola cara á cara. Con furor.) ¡Á ver, repite eso, repítelo!... ¡Vamos, que yo lo oiga!

Rosa.

¿Pa qué he de repetirlo?...

Juan José.

¡No; si no tienes que repetirlo con la lengua, si lo repites con los ojos, si te sale por ellos la dañina intención! (Cogiendo brutalmente á Rosa por el brazo.) ¡Eres una infame!... ¡Una infame!...

Rosa.

¡Suelta, que me haces daño!... (Con dolor y rabia.)

Juan José.

(Sin soltar el brazo de Rosa.) ¡Daño!... ¡Mayor me lo has hecho tú á mí, y más adentro!... (Fuera de sí.) Eres una infame, te lo repito. ¡No; tú no mereces que se te trate como te he tratáo yo!... Á tí, hay que tratarte de otro modo; ¡como lo que eres, como lo que eras cuando te conocí! ¡Como...! ¡Así! (Levanta la mano y la deja caer sobre Rosa. Aparece en el fondo Toñuela. Rosa hace un esfuerzo y se desase de Juan José, retrocediendo hacia el fondo. Juan José avanza hasta ella y vuelve á levantar la mano. Toñuela se interpone y sujeta el brazo de Juan José.)

Toñuela.

¿Qué es esto, Juan José?...