ESCENA VI
ROSA, ISIDRA y JUAN JOSÉ
Juan José.
(Desde la puerta. Con desaliento.) ¡Nada!... ¡Nada!... Parece que el hielo de la calle se les ha metido en el corazón á los hombres, según lo tienen de duro y de frío pa mí. (Avanza hacia Rosa, que le mira como interrogándole.) ¿Qué me miras?... Ya puedes suponértelo; no hay trabajo; no lo encuentro en ninguna parte, ¡en ninguna!... ¿De qué sirve tener buena voluntá y buenos brazos y saber su oficio?... ¿De qué?... ¡Ni que el trabajo fuese una limosna pa que á uno se lo nieguen!... ¡Pues qué, no hay más que condenar á un hombre á morirse de hambre ó á pedir por Dios!... ¿Hay en esto justicia?... Y si no la hay, ¿por qué sucede?... ¡Luego dicen que si los hombres matan y roban!... ¡Qué van á hacer!... (Se deja caer junto á la mesa en actitud desesperada y oculta la cabeza entre los puños.)
Isidra.
Ten calma y ven á calentarte un poco, que hace mucho frío en la calle.
Juan José.
(Levanta la cabeza. Con amargura y sorpresa.) ¡Calentarme!... ¿Dónde?... (Reparando en el brasero encendido.) (Á Rosa.) ¿Cómo? ¿Tienes fuego?
Rosa.
Gracias á la señá Isidra que me ha traído un poco de lumbre.
Juan José.
(Á Isidra. Con ironía amarga.) ¡Ah! ¿conque es usté la buena alma que se ha compadecío de nosotros?... ¿Y quién le ha dáo á usté los dineros pa hacer la obra de caridá?
Isidra.
¿Qué dices?
Juan José.
¡Que en jamás se ha compadecío usté de nadie, sin su cuenta y razón!
Isidra.
¡Juan José!... (Como ofendida.)
Juan José.
¡Le tiene usté mucha ley á esta casa! Sobre todo, cuando no estoy yo en ella.
Rosa.
(Con tono de reproche.) ¿Te enfadas con la pobre, después de lo que hace por mí?...
Juan José.
¡Por tí!... (Con sarcasmo.) ¡Es muy buena la señá Isidra, muy buena!... Miá si lo es, que sólo procura por tu felicidá, y viendo que no la has encontráo conmigo, viene á proporcionártela con otro. ¡Con Paco!
Rosa.
No hables así.
Juan José.
(Á Isidra.) ¿Imagina usté que ando ignorante de sus manejos? Pues estoy al cabo de la calle. Tan enteráo vivo de lo que Paco trata con usté, como de lo que usté viene á hacer á mi casa.
Isidra.
Te equivocas; te juro que...
Juan José.
No jure usté en falso. Usté se ha conchaváo con el otro pa engañarme á mí, pa convencer á ésta. Y la ocasión no es mala. ¡Saben ustées que estamos en las últimas, que la desgracia nos tiene apretáos por el cuello, y se piensan que ella cederá, que yo bajaré la cabeza, porque el hambre es mal consejero del querer, y la miseria mala compañera de la honra; se figuran ustées eso, y él se achanta y espera, mientras usté le ayuda y viene á robarnos lo único que nos ha quedáo, un poco de cariño!... Pues se equivoca él y se equivoca usté. No sé cuál es ó cuál será el sentir de Rosa; el mío... Hay algo que me hará vender el hambre, la vergüenza.
Isidra.
(Á Rosa.) ¿Ves que mal pensáo, hija?... (Á Juan José.) ¿Me tienes por capaz de favorecer á ésta con mala intención?... (Como indignada y sorprendida.) ¡Jesús, María y José!... No estás en tus cabales.
Rosa.
(Á Juan José.) ¡Parece mentira que la insultes, cuando viene á darnos su miaja de pobreza!
Juan José.
No la defiendas. ¡Mira que me resisto á dudar de tí, y si la defiendes, voy á hacerlo! (Con tono de amenaza. Á Isidra.) ¡Á usté!... Ya se lo he dicho; no quiero nada que de usté venga. Sólo un favor la pido; que salga de esta casa, y que no se le ocurra más poner los pies en ella.
Isidra.
¡Me echas de tu casa!
Juan José.
Sí, la echo á usté.
Rosa.
Pero...
Juan José.
¡No has oído que calles!... (Á Isidra.) Nada quiero de usté, lo repito; ni el pan que me ofrece, y se me atravesaría en la garganta antes de tragarlo; ni esta lumbre maldita, (Empuja con el pie el brasero que medio se vuelca, en forma que gran parte de la lumbre se desparrama por el suelo.) que me enciende la cara y me da más frío en el corazón, que la nieve de la calle en el cuerpo. (Avanzando hacia Isidra.) ¡No quiero nada, nada más que no verla á usté; conque andando y de prisa, si no prefiere usté que la coja por el cogote y la eche yo mismo!...
Isidra.
(Con temor.) ¡Basta, hombre, basta!... Ya me voy. (Retrocediendo hacia la puerta; cuando llega á ella, se detiene, se encoge de hombros y le dice á Juan José.) ¡Tú te arrepentirás! (Sale Isidra por el fondo.)