ESCENA PRIMERA
ROSA, TOÑUELA é ISIDRA
Isidra.
(Restregándose las manos.) ¡Vaya un frío!... ¡Se quedan los pájaros tiesos en la calle! ¡Hay más de una cuarta de nieve; y dura como un mármol!... (Acercándose al brasero y removiendo la ceniza con la badila. Á Rosa.) ¿No tienes lumbre?...
Rosa.
(Con ironía amarga.) ¡Lumbre!... ¡Dios la dé!... ¡Por supuesto, pa la falta que hace!... El fogón no la necesita, porque está huérfano de alimento, y yo... Acostumbrándose á no comer, bien puede una acostumbrarse á tiritar.
Toñuela.
Y que las desgracias siempre vienen juntas. ¡Parece que nos ha caído una maldición! Primero nosotras; al día siguiente, Juan José sin trabajo, y el viernes Andrés. (Á Isidra.) ¡Le digo á usté, que es pa tirarse de los pelos!...
Isidra.
¡Ya! ¡ya!...
Toñuela.
¡Y gracias á que Andrés tiene la casa de su madre!
Isidra.
(Á Rosa.) ¡Qué quincena lleváis!
Rosa.
¡Y cada vez peor! (Con desesperación.)
Isidra.
(Con fingido cariño.) ¡No te apures!... Como á hija te quiero, y no consentiré que lo pases mal en tan y mientras yo pueda evitarlo. Una cazuela de sopas he puesto á la lumbre, y media espuerta de cisco en el brasero. Las sopas vienes á comerlas cuando estén aviáas, y el cisco, tu brasero me llevo, le echo la mitá del mío y te traigo un poco de calor. (Haciendo ademán de coger el brasero.)
Rosa.
¡Déjelo usté!...
Isidra.
¡Miá que dejarlo!... (Cogiendo el brasero.) ¡Vuelvo en seguida!... (Sale por el fondo. Comienza á obscurecer.)