ESCENA PRIMERA
EL CANO y UN PRESIDIARIO
Presidiario.
¿Conque al escurecer liáis el petate, y salís con la condución?
Cano.
¡Ya era tiempo! ¡Esta cárcel es mu aburría! ¡Sé está más agusto en los presidios; hay más libertá y mejor gente!
Presidiario.
¡Verdá! ¡Yo que estoy aquí de cabo, lo sé!
Cano.
Aquí todos son prencipiantes. ¡Un hato de panolis que no sirven pa na! ¡Con decirte que, fuera parte de la tuya, no he encontráo ninguna cara conocía!
Presidiario.
¡Y miá que pa no conocerlos tú! ¡No hay un gachó que valga tanto así en los presidios, á quien no te sepas de memoria!
Cano.
¡Como que desde los veintidós años, descontando los que he andáo huío por ahí, me los he pasáo de inquilino perpetuo en veró! ¡Voy á cumplir cincuenta y seis! ¡Calcúlate si se me despintará nadie de la cuerda!
Presidiario.
¡Y lo que te respetan tóos!
Cano.
¡Faltaría!... (Con arrogancia.) (Con desprecio.) ¡El respeto de éstos no es pa presumir! ¡Ninguno de ellos se las trae, ni tié guapeza!... Digo ninguno, y miento. ¡Hay uno!...
Presidiario.
¿Juan José?
Cano.
¡El mismo! ¡Te lo certifico yo, que lo entiendo!
Presidiario.
Conformes; pero como si no lo fuera, porque ni se pone á ello, ni quié hacerse un sitio y achicar á los otros.
Cano.
Entoavía es temprano. Anda el pobre mu entristecío con su desgracia, y se figura que, achantándose y cumpliendo con formaliá, podrá salir antes y volver á ser hombre de bien. La de tóos, la primera vez que nos echan mano... Ya se le pasará. Sin embargo, en una ocasión ha tenío que probarlo, y lo ha probáo el mozo.
Presidiario.
¡Vaya!...
Cano.
Fué el día que lo bajaron del chiquero, después del juicio y de la sentencia, en que le salieron ocho años. ¿Te acuerdas tú?
Presidiario.
¡Sí me acuerdo!... ¡Vaya un chavó!... ¡Cómo atizaba!...
Cano.
Hizo bien. Estos sinvergüenzas, en cuanto se presumen que un perro no muerde, son tóos á tirarle del rabo. Como le vieron tan calláo, y tan vergonzoso, y tan humilde, se dijeron: «¡Ha llegáo la nuestra!» Á mí me dió lástima, é iba á salir por él. No hizo falta. El perro mordió.
Presidiario.
Y cogió carne.
Cano.
En cuanto el Melláo, ese charrán que aún se cree que anda por las tabernas asustando á los tontos, la tomó con él, ya le viste. Al principio procuraba zafarse de la bronca, pero al convencerse de que no tenía más remedio que pegar ó que le pegasen, se fué pa el Melláo, alzó el puño y lo tiró roando contra la tapia con la cara llena de sangre.
Presidiario.
¡Buen golpe fué! ¡Lo espaletilló!
Cano.
Y luego al otro, al Churro, que se le venía dando voces y haciendo esplantes y ratimagos con la cuchara... De poco le sirvieron. Juan José le tendió la zarpa, le trincó, así, por la muñeca, y salieron por un láo el Churro, y la cuchara por el otro... ¡Inútil le ha dejáo pa unos días!... ¡Na, que es un bravo! ¡Desde entonces, le miran con un lente!
Presidiario.
Y desde entonces no ha vuelto á meterse con nadie. Sigue como cuando bajó: huraño, calláo y sin que un alma le saque las palabras del cuerpo. Contigo es con el único con quien se franquea unas miajas.
Cano.
Porque es agradecío, y no olvida lo que yo quise hacer por él.
Presidiario.
¿Te ha contáo los motivos de su desgracia? (El Cano hace con la mano el movimiento de robar.) Un robo, corriente; pero antes del robo, ha de haber una historia mu negra. Él está mu preocupáo. ¿Tú no sabes?...
Cano.
Aunque lo supiera, no te lo contaría. Que te lo cuente él si le da la gana. Lo que sí te digo, es que le aprecio; y he de hacer lo que puéa por él. (Como respondiendo á sus pensamientos.) Esta noche salimos juntos en la condución, y nos toca ir apareáos. ¡Como él quiera...!
Presidiario.
(Con curiosidad.) ¿Qué?...
Cano.
(Con mal gesto.) ¡Á tí qué te importa! ¡Déjame en paz!
Presidiario.
(Con tono sumiso.) ¡Bueno, hombre! (Mirando hacia la derecha.) Miá por aonde viene. Sin fijarse en na, con los ojos claváos en las baldosas y los brazos cruzáos. Se encamina pa aquí.
Cano.
Pues alivia, que necesito hablar con él y quiero estar solo. (Con imperio. Entra Juan José por la derecha en actitud reconcentrada y triste, y se dirige hacia donde está el Cano sin reparar en él. El Presidiario sale por la rompiente de la izquierda.)