ESCENA II
JUAN JOSÉ y EL CANO
Cano.
(Deteniendo á Juan José por el brazo, cuando éste llega al lado suyo.) ¿Qué hay, Juan José?
Juan José.
¡Qué quieres que haya! ¡Penas; lo de siempre: lo que tengo desde el día en que la miseria y el cariño de una mujer me volvieron loco!
Cano.
¡Bah, chico; lo que no tié remedio, no lo tié, y sansacabó!... Pecho al agua, que el mundo es ancho, y en el presidio hay muchas puertas.
Juan José.
¡No es el presidio lo que me trae así! ¡Ocho años son muy largos y tienen muchos días, muchos, y muy tristes; sin más consuelo que el que recibe uno de afuera; parece que no van á acabarse nunca... y se acaban! Entre tantas horas de sufrimiento, hay una en que te gritan: «¡Ya eres libre; ya pagaste el daño; anda, sal, vuelve con los tuyos, con los que han sufrido por tí, mientras sufrías tú por ellos; vuelve donde te esperan, contando minuto á minuto los que faltan pa que llegues tú!» ¡Aguardando á que suene esa hora, puede uno padecerlo todo; porque esa hora, con ser una sola, paga las demás, con ser las demás tantas y tan crueles! ¡Pero cuando con el presidio acaba una pena y empieza otra; cuando sabes que nadie vendrá á verte á la reja, que nadie te esperará tampoco al salir, entonces la misma libertá mete miedo, y por mucho corazón que tengan los hombres, no pueden hacer más que desgarrárselo con las uñas, y llorar pa dentro y maldecir, apretando los dientes! ¡Eso es lo que me pasa á mí!
Cano.
¿Y á quién no le ha pasáo algo parecío? ¿Te piensas que el mundo es una viña? Pues al que no lo ahorcan por la cabeza, lo ahorcan por los pies. Custión de postura. ¿Y no sabes tú lo que hay que hacer? Lo que yo. Tener cachaza y mala idea, y esperar; el que sabe esperar, tarde ó temprano, se sale con la suya.
Juan José.
¡Esperar!... (Con desaliento.) Esperar, ¿á qué?...
Cano.
¿Á qué? Á cobrarte; á desquitarte de la charraná que te ha jugáo, la que te ha metío á ladrón y ya no se acuerda de tí.
Juan José.
¡Que no se acuerda!... (Con ansiedad.) ¿Estás seguro?
Cano.
¡Es lo más probable! ¡No te hagas ilusiones!
Juan José.
¡Cómo no he de hacérmelas, si mi vida está en esa mujer!...
Cano.
(Con desprecio.) ¡Bah!...
Juan José.
El día de la audiencia, al entrar en la sala donde iba á jugarse mi suerte, no tenía más que una idea, esta: Ella vendrá aquí, á declarar con los testigos; ¡voy á verla, á oirla, á tenerla un momento cerca de mí!... Lo demás no me importaba nada; ¡y lo demás era mi castigo, mi honra, mi sentencia!... ¡Ya ves!... Cuando supe que no venía por impedírselo una enfermedá, justificáa por un certificáo de los médicos, pensé que acababa de sucederme todo lo malo que me podía suceder en aquella casa, y escuché la sentencia encogiéndome de hombros; y volví á la cárcel preguntándome, lo que me pregunto á todas horas: ¿Qué será de ella? ¿Por qué no viene á verme? ¿Qué debo creer?...
Cano.
Cree lo peor, y estarás cerca de no engañarte.
Juan José.
¡Y luego Andrés, mi amigo, sin contestar á la primera carta que le hice escribir, sin contestar tampoco á la que tú le pusiste hace cuatro días! ¿Por qué no me contesta?
Cano.
Porque no habrá podío, ó porque no le habrá dáo la gana. Vete á averiguar. Lo seguro es que te encuentras solo y que debes pensar en algo.
Juan José.
¿En qué?... ¿En mi desgracia?... ¿En el presidio que me espera?...
Cano.
El presidio no es tan malo como paéce, así, visto de golpe; la primera vez que se entra en él. El que tié valor, y puños, y no es tonto, pué hacerse el amo, y el amo está bien en cualquiera parte; en la cárcel, como en su casa; en su casa, como en un monte, y en un monte, como en un trono. La cuestión es mandar. El demonio vive en los infiernos y es rey... Tú también puées vivir á gusto en presidio, y buscártelas cuando salgas de él.
Juan José.
(Con asombro.) ¡Yo!... ¡Buscármelas yo, como tú te las buscas!... ¡Como se las buscan los otros!...
Cano.
¡Á ver!...
Juan José.
¡No; yo no haré eso! (Con energía.) ¡Perdona, Cano; pero la vida vuestra no es pa mí! ¡Me da repunancia! ¡Yo sólo apetezco rematar mi condena, y saber de Rosa, y volver á ser lo que he sido antes!
Cano.
(Con ironía.) ¡Lo que ha sío antes!
Juan José.
Lo que fuí siempre, siempre; hasta después de hacer lo que hice. Un hombre honráo.
Cano.
¡Pa tí, que podrás serlo! No sueñes, muchacho.
Juan José.
(Sorprendido.) ¡Soñar!...
Cano.
Tú ya no puées ser más que una cosa: ¡licenciáo de presidio!
Juan José.
(Con angustia.) ¡Qué!...
Cano.
Sal de aquí; vete á peir trabajo; acércate á la gente honráa, y verás lo güeno.
Juan José.
¿Qué es lo que voy á ver?... (Con espanto.)
Cano.
Que nadie le da trabajo á un sentenciáo por robo; que nadie abre las puertas de su casa á un ladrón.
Juan José.
(Con angustia y como aterrado por las palabras que acaba de decir el Cano.) ¡Oh!...
Cano.
La noche que robaste á un hombre, tomaste en tu mundo, en el mundo de las personas honrás, billete pa otro mundo distinto: el nuestro. En estos viajes no hay billete de vuelta.
Juan José.
¡No; no digas eso; porque me da horror escucharte!... ¡Yo!...
Cano.
¡Tóo es hasta que uno se acostumbra! ¡Luego se hace á ello el garlochí, y en paz!
Juan José.
¿Pero tú hablas de veras? ¿Crees lo que piensas? ¿Estás seguro de que todo ha acabáo pa mí?
Cano.
¡No; sacabó aquello y empieza esto!
Juan José.
(Con energía.) ¡No!... ¡No!... ¡Yo no entro en esa vida!... (Con desesperación.) ¡Una vida de crímenes, de remordimientos, sin más esperanza que el presidio!... ¡No!... ¡Te repito que no!...
Cano.
¡Los crímenes!... ¡los remordimientos!... ¡Ptchs!... ¡Por lo que hace al presidio, ya te lo dije antes: del presidio se sale!
Juan José.
Cuando se cumple.
Cano.
Ó sin cumplir, si sabe uno arreglárselas.
Juan José.
Eso lo dices...
Cano.
¡Y lo pruebo!
Juan José.
¡Probarlo! ¿Cómo?
Cano.
Como se prueban estas cosas; haciéndolas. Como tengo confianza en tí, no te oculto los planes míos; al contrario, estoy pronto á darte parte en ellos. Si quiés escaparte esta noche conmigo, no tiés más que abrir la boca.
Juan José.
¡Esta noche!
Cano.
Al salir de la cárcel; en el camino de la estación. Vamos apareáos. Es coser y cantar.
Juan José.
¡Escaparnos!... ¿Te has vuelto loco? ¿Y los grillos? ¿Y la caena?
Cano.
(Con desprecio.) ¿Eso? Se lima.
Juan José.
¡Que se lima!... ¿Cuándo? ¿Con qué?
Cano.
¿Cuándo?... En el tiempo que estamos atáos en el patio. ¿Con qué? Con esto. (Saca del bolsillo una moneda de veinte reales.)
Juan José.
¿Dinero?
Cano.
¡No seas gilí!... Pa los vigilantes, esto es una monea; pa mí, es una caja. Mírala bien. (Hace como quien desenrosca la moneda, y la deja dividida en dos partes; la de la parte de abajo tiene un hueco libre.) La monea está hueca y se abre así, desenroscándola.
Juan José.
(Con asombro.) ¡Es verdad!
Cano.
También se trabaja pa uno en presidio. ¿Ves? (Sacando del fondo de la caja una laminilla de acero.) ¿Qué te paéce á tí esto?
Juan José.
Una hojilla de acero.
Cano.
¡Y qué pequeña! No paéce na; pues es la libertá, porque es una lima.
Juan José.
¿Esto? (Con sorpresa.)
Cano.
¡Esto! Sabiéndola manejar, corta más que las grandes. Con esto se lima la caena... ya te diré cómo. Nadie lo nota; ni los que remachan el anillo; sales andando; buscas una ocasión, das un golpe en los hierros, salta la caena, y aprietas á correr. Llevas la contra de que un guardia te meta una bala en el cuerpo, y te tumbe patas arriba; pero de alguna muerte se tié que morir. Si no te matan, estás libre. ¿Quieres?
Juan José.
No es la muerte lo que me asusta...
Cano.
En tal caso...
Juan José.
¿Y si lo cogen á uno vivo? Recargo de pena, más años de martirio, de encierro... No; yo no hago eso, Cano; callaré, pero no te sigo. Aún confío; aún creo que cuando salga de presidio podré volver á ser honráo; aún espero encontrar á Rosa, convencerme de que no es culpable, trabajar pa ella... ¡Qué sé yo!... ¿Son delirios? Bueno; déjame con los delirios míos, y escapa.
Cano.
¡Tú sí que eres loco rematáo! (Entra el Presidiario por la derecha y se dirige á Juan José.)