XV
Profunda fué la impresion con que Raquel escuchó esa larga conversacion entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aquél volvió el rostro a su esposa la encontró pálida con la cabeza melancólicamente reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada cargada de dolor.
Manfredo al verla así, se levantó de su asiento, se aproximó a ella i poniéndole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:
—¿Qué tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada constantemente por una tristeza indefinible; yo no sé como ni por qué sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partícipe de ellos al compañero de tu existencia. ¿Me he hecho, por ventura, indigno de tu confianza?
—Mui lejos de eso, Manfredo: lo que tú supones en mí el efecto de un sufrimiento íntimo, no es sino a veces un malestar físico.
—¿Te sientes enferma, Raquel?
—Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al pecho que llega a empalidecerme.
Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró para dejarla reposar tranquilamente.
Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.
Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le tenian una respetuosa estimacion.