XVI
Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.
Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.
Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro, recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:
—Dile que está bien i que personalmente la contestaré.
Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo a su esposa:
—Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.
Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la causa de lo ocurrido.
—Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe la verdad de lo que le pasa a mi papá.
—Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.
Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada de avidísima curiosidad.
—¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento, mohino i desazonado.
—No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.
—Gracias Gabriel.
—¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.
—Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo mereces.
—Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del sufrimiento?
—Prométeme Gabriel guardar el secreto i....
—Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su confianza.
—Pues bien, lée esa carta.
—Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz alta:
—"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."
—¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna. "Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del negociante, en una transaccion comercial."
—Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.
—¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a los labios.
—Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.
—Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.
—Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la orfandad?
Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon, porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.
—Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.
Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel diciéndole:
—Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo, evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.
—Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.
—Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contestó Manfredo, profundamente conmovido.
—Quiero, señor, que me prometa usted que no irá mas a esa casa de juego.
—¡Jamás!
—¡Ojalá, señor, Dios lo quiera!
—Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilísimo corazon, poniéndose de pié i estrechando entre sus brazos al jóven mulato. I agregó en seguida: te prometo que jamás mi planta pisará los umbrales de esa casa...
Crujió a la sazon la hoja de la puerta; oyóse un lijero ruido, semejante al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acercó a Gabriel i le dijo al oido:
—Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto negocio.
Aproximóse en seguida a paso largo i cauteloso hácia la puerta, la abrió de improviso i sorprendió a su esposa i su hija que con el oido puesto en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se sobrecojieron; Manfredo dió un paso atrás, i, despues de un instante de vacilacion, rogó a su esposa que lo dejara solo.
Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo volviéndose a Gabriel le dijo:
—Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor. Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para sentarse nuevamente.
Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:
—¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!
—¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?
—¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad Berta?
—Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.
—Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar tanto de noble i bueno.
—Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.
Raquel se dirijió a su alcoba en compañia de su hija i se reclinó sobre un divan esclamando:
—Yo disimulé mi dolor a Manfredo, por otra pérdida semejante i eso le ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. ¡Ah! ¡los hombres son mui crueles!
Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su afliccion, pero en ese momento se oyó bullicio, ruido de pasos, voces en el aposento de Manfredo....
—Mamá, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren, sino del lamento i del dolor comun....
El ruido aumentó....
Berta estremecida de temor, sintió en su corazon el golpe de un presentimiento infeliz e incorporándose al lado de su madre esclamó turvada:
—Mamá, mi padre está entregado a la soledad; algo sucede con él; voi a verle.
—Vé hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es porque tiemblo me diga que no ha sido una pérdida parcial de nuestra fortuna, sino una bancarrota completa. Vé, i disimulándole tu dolor, consuela el suyo.
Berta salió de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oyó en él un sollozo: apresuró sus pasos, i al pisar sus umbrales descubrió a su padre con el rostro lívido, el cabello lijeramente desgreñado, embozado en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud estraña i siniestra.
Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahogó en la garganta, se esforzó para dar un paso, i le fué imposible. A paso lento i con mirada escudriñadora se aproximó por fin a su padre, sin que él se apercibiera de ello, sino cuando sintió sobre su espalda el brazo de su hija. Todo fué verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho. Ella a su vez cayó a los piés de su padre pálida i desfallecida. Iba a estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con sus lágrimas, cuando una carta enlutada cayó a su lado: inclinóse de improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso impedírselo, pero sintió latir en sus entrañas su amor de padre, i dando un paso atrás i comprimiendo la cabeza entre las manos esclamó:
—¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha salvado!...
—¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...
—Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas, fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...
—¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó desmayada a los piés de su padre.
Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a Manfredo:
—¿Qué has hecho con mi hija?
—Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.
—¿I entonces?...
—Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i eso es todo.
En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente emosionado, diciendo:
—¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas mejillas, como el rocio de la noche.
—Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho de Manfredo.
Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.
—¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta exaló un suspiro profundo i entrecortado.
Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético sobre su corazon.
Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres, paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a la madre, que permanecia sentada a su lado.
Gabriel, sombrio i mudo se retiró.
—Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra familia?... Díme....
—¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí: pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...
—¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!
—No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino precursores de los que vendrán despues.
—Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a mis hijos sin padre.
—Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo i le dijo:
—Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya arrastrado hasta la imprudencia.
Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos entrelazadas de sus padres.
—Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..
—¿Todo?....
—No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la casa.
—¿I el fundo?
—Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.
—¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I la quinta, Manfredo?
—Tengo que venderla para pagar mi última deuda.
—¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan de una familia?
—No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento, ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!