XVIII

Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes de ese apartado hogar.

Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.

En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: urjente.

Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó, será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.

—Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.

—¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.

—¿De quién? contestaron todos a una voz.

—De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.

—¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de la carta que decia literalmente así:

«Querido tio:

En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh! querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué encantadora debe ser mi prima!

Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.

No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante mi corta permanencia en Cuba.—Su amante sobrino,

Arturo de Bilbao.»

Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de la conversacion.

Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida, con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el pecho i un chal terciado sobre el hombro.

Gabriel salió a su encuentro.

—¿Es esta la casa de don Manfredo?

—Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al recien llegado.

Un momento despues veíase el bien-venido rodeado por todos los de la casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo del cariño.

El recien llegado era Arturo de Bilbao.

Berta desde el primer momento quedó vislumbrada con la belleza del primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.

Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de la hermosura de Berta. En fin, la vió i la amó.

El simpático huésped fué conducido al salon. Todas las miradas se fijaban en él.

—No te esperábamos aun Arturo, prorrumpió Manfredo.

—Es estraño, querido tio, cuando cuidé de anunciarme a Uds. con anticipacion.

—No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.

Vieron la carta i resultó haber llegado atrasada.

—Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomendé a un amigo mio, i probablemente se tardó en despacharla.

—¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.

—Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds. prolongando mi residencia en Matanzas.

—¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá tuviéramos siempre esa clase de molestias.

—Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra tocadora.

—Todo lo contrario Arturo.

—¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.

Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a cada momento.

Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas natural habria sido que fuera obra del tiempo.

Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:

—Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la encuentra cómoda.

—Bastára, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.

—Gracias por la galanteria. ¿Le gustan las flores Arturo?

—Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:

—He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.

—Mil Gracias; es Ud. mui amable.

—¿I los versos le agradan?

—¡Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.

—Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su velador "El paraiso perdido" de Milton. ¿Conoce Ud. esa obra?

—Sí, la leí en mi adolescencia.

En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de amabilidad.

Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos, absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.

Eran las dos de la mañana i estaba en pié. Paseaba un momento, dejábase caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las utilidades de sus últimos negocios. ¡Qué de sueños dorados! qué de castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de improviso al rayo de la mirada de una mujer.