XIX

Pasó la noche. La aurora tímida sonrosaba el horizonte. El canto repetido del gallo, las campanas que tocaban a misa mayor, i el ladrido desapacible del perro, marcaban el alborear del dia.

Arturo que con un sueño intranquilo, como una pesadilla, comenzaba recien a reemplasar la ausencia del sueño de la noche, abrió i restregó los párpados; i todo fué percibir el albo rayo de la mañana que filtraba por las rendijas de su ventana i ponerse de pié para hacer, rápidamente, su espléndida toilete.

—¿Si Berta dormirá aun? pensaba, peinando el cabello, alizando la barba i enlazando el roson de la corbata.

¿Un instante despues salia de su habitacion con su andar pausado, i con su aire aristocrático paseábase a lo largo del corredor inmediato preguntándose al parecer a cada instante? ¿si Berta dormirá aun......?

No, Berta no dormia; soñaba sí, pero soñaba despierta; soñaba con el porvenir... El primer rayo de amor acababa de caer sobre su vírjen corazon, como cae el primer rayo de sol sobre la flor que se entreabre.

—¿Pensará en mí?.... ¡Ah! ¡soi jóven, bello, rico i aristocrático! ¿Por qué no alcanzaré su mano? murmuraba levemente, recorriendo con sus miradas en torno suyo.

Berta, entre tanto, acababa de encontrar sobre la ventana de su cuarto, que daba a la calle, un tesoro de amor, la reliquia del corazon de un hombre que para colocarla ahí se recató tímidamente entre las sombras de la noche i del misterio..

¿Cual era esa reliquia? Los siguientes versos i la siguiente carta firmadas con el seudónimo de Plácido i entreocultos dentro de un ramillete de flores.

La carta decia literalmente así:

«Berta:

En vano he luchado por ahogar en lo mas íntimo los latidos de mi corazon, que ansia por hablarte. ¡Pero imposible Berta! te amo, i en mi delirio te mando esas flores; que en ese alfabeto perfumado descifres las espresiones salidas del amor.

En mi silencio pensé arrojar rota mi lira, musa querida de mis castos amores, pero una secreta esperanza la hace sonar ahora.

¡Oh! ¡Si yo supiera que esas humildes flores fuesen la almohada de tus celestes ensueños o se refrescasen en la dorada enredadera de tus cabellos! ¡si yo supiera que la melodía de esos versos pasaban murmurando por tus labios o recalando tu oido i te recordáran a tu incógnito cantor i desconocido amante, me reconciliaria con la felicidad!

Mañana resguardado por el silencio i la oscuridad de la alta noche, al sonar esta misma hora, a la luz del mismo rayo de la luna, pasaré, hermosa Berta, por el pié de esta ventana para ver si encuentro en ella la forma de una esperanza que dé la vida a mi alma o el desengaño que será, te lo juro, ¡la muerte de un corazon!

Dulce tirana de mi existencia

A quien el alma toda rendí,

Oye los ayes que por tí vierto,

I los suspiros que doi por tí:

Mas no insensible mi triste acento

Escuchar quieras por mas rigor,

No seas ingrata con quien te adora,

Paga mi Berta, paga mi amor.

Yo ví tus ojos mas relucientes

Que el esplendente sol tropical,

I son tus labios i breves dientes

Nítido nácar, fino coral.

Quedé cautivo de tus virtudes,

I de tus gracias i tu candor,

No seas ingrata con quien te ama,

Paga mi Berta, paga mi amor.

¿Cómo pudiera dejar de amarte?

¿Si por tí el fuego de amor sentí?

¿Si no me canso de contemplarte?

¿Si me es gustoso morir por tí?

¿I a tantos ruegos te muestras dura?

¿No te condueles de mi dolor?

No seas ingrata con quien te adora,

Paga mi Berta, paga mi amor.

Ni el soplo fiero de muerte airada

Estingue el Etna de mi pasion,

Estos acentos que oyes mi Berta,

Nacen del fondo del corazon:

Cuanto mas tardes en ser mi amada

Mas se acrecienta mi fino ardor.

No seas ingrata con quien te ama,

Paga mi Berta, paga mi amor.

El Ser Supremo que el orbe rije

La llama inflama que yo encendí;

Luego Dios mismo mi afecto aprueba

Cuando me inspira pasion por tí.

Virtud, dulzura, gracia i belleza

¿Quién las resiste? ¿dónde hai valor?

Ten de mis males piedad, bien mio,

Paga mi Berta, paga mi amor.

miro, tu eres la rosa

Mas elegante que encuentro allí;

Si sueño i canto, si rio i lloro,

Todo, tirana lo hago por tí.

¿I tanto anhelo no tiene premio?

¿Cuando se calma tanto rigor?

¿Quieres mi muerte? ¡no seas ingrata!

Paga mi Berta, paga mi amor.

Plácido.»

Berta, perdió el sociego: levantábase la primera oleada de las pasiones en el tranquilo lago de su alma. ¡Sentirse amada por primera vez! ¡Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su alma al través de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecíale descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.

—¡El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza fué tan pródiga con él en concederle las dotes del talento, debe haberlo sido tambien en darle los dones de la belleza. ¡Ah! ya me imajino ver en su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro griego.

Todo esto proferia Berta en palabras entrecortadas por la emocion o interrumpidas con la lectura de cualquiera de esas estrofas, o con la risueña contemplacion de cualquiera de esas flores. ¡Qué de poesia encontraba en las unas, qué de misterio halagador en las otras! Leia, releia i volvia a leer esos inspirados acentos. Aproximóse mas de una vez a la ventana de su cuarto para contemplar al ténue rayo de la mañana, esa hoja de papel, que iba a ser talvez la primera pájina de la historia de su corazon. Guardó esas prendas en una cajita de ébano, pero las sacó nuevamente, como si sintiera al apartarlas de sus ojos un pesar tan delicado como su alma. Las guardó otra vez, i al volver el rostro descubrió con sorpresa a Gabriel que, con los ojos que le blanqueaban nadando en una sonrisa íntima, la seguia con la vista atentamente. El mulato serenó de improviso su semblante i la dijo:

—Señorita Berta, los esclavos sirvieron ya el té.

—Voi Gabriel; ¿i Arturo se levantó ya?

—Está, hace rato, sentado en un sofá del corredor.

¡Madruga mucho! dijo Berta con picarezca sonrisa, i salió de su habitacion. Apenas Arturo la divisó se aproximó a ella con cortesía i la saludó con afabilidad. Desde el momento en que se estrecharon la mano Arturo trató a la vez de disimular el sentimiento que alboreaba en su corazon i de leer el de Berta. ¿Le seré indiferente? ¿será capaz de comprender el sentimiento que sabe inspirar? ¿seré feliz o desgraciado? he ahí las ideas que torturaban su imajinacion.

—¿Cómo ha pasado Ud. la noche? la dijo. ¿I Ud. Arturo? repuso Berta a esa pregunta.

—¿Yo Berta?....se limitó a decir sacudiendo lijera i melancólicamente la cabeza, i esforzándose en sumerjir su mirada desde los ojos hasta el alma de Berta como el rayo de luz que invade por las grietas un templo oscuro. Pero los ojos de esa mujer no decian nada, nada dejaban ver esos pórticos bellos del templo de su corazon. Arrebataba entretanto los pensamientos de Arturo, porque la mujer arrebata siempre los pensamientos de un hombre, cuando esos pensamientos le pertenecen.

Ambos hacian unos tras otros proyectos para pasarla con entretenimiento. La música, la lectura, los paseos nocturnos por los bellísimos alrededores de Matanzas, hacian parte principal de sus proyectos. Arturo mas reanimado alcanzó a Berta algunas flores diciéndola:

—¿Las reconoce Ud.?

—Sí Arturo; son las que dejé a Ud. anoche a la cabecera de su cama. ¿I tan fácil le es a Ud. deshacerse de ellas?

—Nó, dijo Arturo, estendiendo ruborizado la mano para recobrarlas. Pero Berta se negó a devolvérselas aplicándolas a los labios como para encubrir una picarezca sonrisa.

—Es Ud. mui cruel, querida prima, esclamó Arturo, no sin consolarse a la idea de que con esas flores adornaría Berta su suelta cabellera. Pero un momento despues caian adornando el suelo esas flores, distraidamente deshojadas. ¡I con ellas la flor de la esperanza se deshojaba tambien!

La mirada aflictiva de Arturo siguió hasta el suelo a esas flores.

—Gracias, Berta, la dijo.

—Gracias ¿por qué?....

Arturo sin contestarle una palabra señalóle con el índice las desparjadas flores.

—¡Un momento de distraccion, Arturo! Discúlpeme.

¡Distraccion!.... no la hubo para entregar su alma a las nocturnas flores de la ventana i guardarlas al son de los latidos de su corazon, como quien guarda un tesoro.

Pero el corazon humano se aferra a la esperanza, como el náufrago a su tabla de salvacion.

¿Qué importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el prestijio de la fortuna lo puede todo? he ahí el sentimiento que combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.

—Berta, la dijo, ¿simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?

—El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales, Arturo.

A la sazon se aproximó Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les aguardaban en el comedor. I encamináronse allí, Berta apoyada del brazo de Arturo. Tomó éste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones i del aprecio de todos los de la casa.

—I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad, dijo Manfredo.

—Sí, señor, contestó Arturo, mi padre siempre bueno.

—¿I trabaja aún?

—Nó señor; para los negocios como para las letras mi padre está ya en cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada rato con las de Berta.

—¡Lo que son las cosas! esclamó Manfredo sacudiendo la cabeza i restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien ayer ví a Arturo niño, en su traje de seminarista, mortificando a su padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compañia de sus condiscípulos.

—Así es señor; el tiempo tiene alas. Tambien a mí me parece ver aún a Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos de su cabellera, como la ví en Madrid.

—¿Pero tambien recordarás, Arturo, que entonces tu prima no prometia ser tan fea? agregó Raquel.

—¡Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareció bellísimo, veo ahora que mi prima desdeñó confiar sus gracias al papel.

—Gracias por la lisonja, balbuceó Berta inclinando la frente.

—¿Lisonja Berta? repuso Arturo.

—¡Lisonja! agregó la niña; i el rubor hizo bajar sus párpados i a tal punto invadió su rostro, que el alabastro pálido de su cútis tornóse rápidamente en porcelana sonrosada.

Un momento despues paseábase Arturo en compañia de Manfredo a lo largo de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de España, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La conversacion pareció animarse: deteníanse a momentos i accionaban con calor.

En éstas i otras pasó ese dia. Nuevamente Arturo contó las largas horas de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvió a encontrar a la mañana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el reinado de un bello dia. ¡Ramilletes de flores! auroras del corazon i de los sentimientos de una mujer!

Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se apagó; ¡pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su corazon; ¡casta reliquia del primer amor!

Cuando el corazon siente el augurio de la felicidad i cuando está al abrir sus puertas al amor, su huésped querido, rebozando en dulces presentimientos tiene sus largas vijilias; i aunque el sér en cuyo seno palpita, duerma como la materia, sus golpes repetidos consiguen despertarle. ¿Qué amante desde sus balcones no ha contemplado la noche que huye detras de los montes? ¿Cuál no ha visto la guiñada luminosa del lucero como un ojo cariñoso?

Berta dormia su sueño inocente. El corazon la despertó. Dejó su blanco lecho como una nube revuelta. Un momento vagó indecisa al lado de ese lecho.

Abrió i cerró precipitadamente la portezuela de la ventana, su seno palpitaba como la onda que se ajita. ¡La ansiedad del amor embellecia a esa mujer!

Alzó por fin las flores, que ocultaban dentro de sí la prometida carta i al contemplarlas risueña, parecia la estátua con que simbolizan la primavera.

Su dedo impaciente rasgó la carta como una pleca de nácar i deslizó su ávida mirada sobre esta pájina del sentimiento:

—¡Ser amada sin saber quién es mi amante! sentir la insinuacion del amor sin saber a quién se entregará el corazon! se decia Berta, al leer i releer ajitada esta pájina del poeta.

"Mi amada Berta:

Cuanto mas agoniza la esperanza a los embates de la duda, vá muriendo mi corazon, único pero rico tesoro que te brindo.

¿Avanzaré algo con ofrecértelo? ¡Oh! ¡si tu ventana llegara a ser el lejítimo altar en que te tributara las ofrendas de mi cariño! Pero un íntimo presentimiento me dice que no encontraré tu contestacion a mi carta anterior. ¡Dios quiera que me engañe! ¡Dulces engaños, yo lo deseara siempre!

Plácido."

¡Pobre Berta! la bala del cazador no hiere al ave, como esos billetes de amor su tierno corazon. Iba a retirarse de la ventana casi aturdida, con la cabellera que parecia que el aliento del sueño habia desparpajado sobre sus sienes, cuando sintió un leve ruido.. ¿Era tal vez la briza que jugueteaba? El ruido aumentó. Tenia miedo.. Aproximó el oido a la ventana i persibió el eco vago de un suspiro.. Dió un paso atrás estremecida de espanto; quedó inmóvil, paralizada i volvió a aproximarse. Resolvió por fin entreabrir la puerta, es decir, razgar el velo..

Un hombre con el sombrero calado hasta los ojos i embozado en una larga capa permanecia con el alma suspensa i el oido atento junto a la reja de la ventana.