XX
Ambos a dos se conmovieron notablemente.
—¿Berta?.. le dijo el embozado.
Berta calló. Pero la misma mujer que habria rechazado la mas leve insinuacion amorosa de cualquier hombre, permanecia de pié, si bien trémula i vacilante, delante del desconocido, que se habia rodeado de todos los misterios del abismo.. Pero los abismos del amor, como todo abismo, producen a la vez la atraccion i el vértigo a quien los contempla de cerca.
—Berta, déjame siquiera conocer el eco de tu voz, agregó el desconocido.
Ella calló......
—¡Berta rompe por Dios! tu silencio mortál, ódiame si no me amas. El amor i el odio son la vida; la indiferencia es la muerte.
—¿Plácido?.. balbuceó Berta.
¡Habla! ¡habla! la contestó el poeta, apoyando la gacha frente sobre las rejas. ¡Díme, díme que me amas!
—¿I qué podré decirte?... Si en tí no hai la franqueza de descubrirse ¿cómo me exijes la confianza de entregarte mi corazon? ¡Ah, vete!
—¡Irme!... ¡irme alejado por tí!...
—Pueden descubrirnos.
—Bien; dáme con las puertas si acaso quieres, ¡pero arrójame una esperanza, dia claro del alma!....
—¡Esperanza! murmuró Berta. ¿Esperanza, a tí que viniendo en pos del dia del alma, me buscas como la noche del misterio?
—Vengo a ofrecerte no mi nombre, sino mi corazon, ¡el corazon de un poeta!
—¡Poeta! esclamó Berta, entonces exajeras tus sentimientos.
—¡Bendita exajeracion!
—Pero en fin si me amas, Plácido, no me pongas en peligro de que nos vean, esponiéndote a que no nos volvamos a ver.
—¿I nos veremos mañana?
—No lo sé.
—¡Adios!.... murmuró Berta, con la barba que le temblaba de emocion.
—¡Adios! contestó el desconocido; i la luz del sol de la mañana invadió a torrentes; la niebla del cielo se disipó; la naturaleza parecia sonreir ante la felicidad de esos amantes.