XXI

Mantúvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora de la mesa permaneció taciturna i silenciosa. Inútil fué esforzarse por devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorísticas que no le hacian ni siquiera sonreir.

Durante la sobremesa contóle Manfredo a Arturo el malísimo estado de su fortuna. Este le escuchó con sentimiento i sorpresa, i a su turno contó con oportunidad e intencion que era dueño de una fortuna colosal i refirió la manera cómo la habia adquirido. Raquel no desprendió entre tanto una mirada ávida i curiosa de Arturo.

Berta a paso lento i aire distraido retiróse nuevamente a su alcoba. Arturo prosiguió la conversacion con sus tios sobre los elementos de felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con marcado interés.

Un momento despues, preparábanse Manfredo i Arturo para salir a pasear. Aquél le dijo a éste: ¿I Berta? deseara despedirme de ella.

Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ahí, dijo, i se dirijieron a ella.

Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plácido i el brazo apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde bajo el ala la cabeza soñolienta. Verla tendida al través de las blancas cortinas de su lecho, parecia un ánjel mas bien que una mujer. El velo del pudor la cubria de tal manera, que si el ánjel de su guarda la hubiera contemplado así desde el cielo, habria descendido sonriendo a la cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso talvez un casto beso sobre su frente pura.

Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detúvose en el dintel de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su semblante animado parecia decir: ¡qué hermosa está! Gravóse en su corazon, con caracteres indelebles, la imájen de esa mujer, i su recuerdo brillaba incesante en su mirada.

Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i pasó estérilmente algunos dias en ese afan.

A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:

—Yo no comprendo Berta cómo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i ruidosa.

—Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.

—¿I si el caso llegara le seria indiferente?

—Indiferente, repuso Berta, indiferente... talvez nó Arturo; pero inútil sí.

—¿Inútil?

—Sí.

—¿I por qué? ¿no es libre su corazon?

—Jamás ha dejado de serlo.

—¿I entonces?

—Ni dejará de serlo nunca; porque no me gustaria verlo esclavo apesar de haber nacido en el país de la esclavitud.

—Todo vá al revés, querida prima; pues yo soi esclavo apesar de no haber nacido en el país de la esclavitud.

—¿Esclavo?

—Sí, esclavo de un sentimiento, contestó Arturo hondamente impresionado.

Berta a su vez se sorprendió.

—¿Calla Ud. Berta?

—Callaré siempre Arturo.

—Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.

Presentóse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i afrontándose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzándola el papel.

—He aquí el diario de hoi que su merced me pidió.

Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando el papel díjole a Arturo.

—¿Leámoslo Arturo?

Arturo estaba tan melancólicamente abismado en sí mismo, que no oyó u oyó a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero movimiento afirmativo de cabeza.

Berta que seguia hojeando el periódico, con instantánea sorpresa retiró el papel de la vista, esclamando: ¡versos! ¡deben ser mui bonitos! ¡versos de Plácido! ¿Leámoslos Arturo?

—¿Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia de los celos, i espiando la mirada de Berta.

—No sé quien sea repuso ruborizada, i leyó con acento de curiosa inquietud la siguiente composicion:

«EL JURAMENTO.

A la sombra de un árbol empinado

Que está de un ancho valle a la salida,

Hai una fuente que a beber convida

De su liquido puro i arjentado:

Allí fuí yo por mi deber llamado

I haciendo altar la tierra endurecida

Ante el sagrado código de vida,

Estendidas mis manos he jurado:

Ser enemigo eterno del tirano,

Manchar si me es posible mis vestidos,

Con su execrable sangre, por mi mano

Derramarla con golpes repetidos;

I morir a las manos de un verdugo,

¡Si es necesario por romper el yugo!

Plácido.»

Una sonrisa de complacencia incontenible inundó el rostro de Berta e irradió rápidamente su mirada.

—Por lo visto no son pocos los que ódian la esclavitud: Plácido se me parece en eso.

—Sin embargo hai cierta esclavitud cuya emancipacion no la deseara yo.

El corazon de esa mujer latia con violencia, temblaba talvez, al son de un recuerdo, al descubrir que el patriota autor de esos versos era tambien el amante apasionado que depositaba en su ventana las nocturnas ofrendas de su cariño. ¡Oh! ¡que corazon tan noble i grande! se decia interiormente. ¡En el altar de la patria jura morir por ella, i en el altar de mi corazon, jura morir por mí! ¡Oh! este hombre sabe amar, como tan solo aman los poetas, como aman tan solo los valientes.

—Que lindos versos, Arturo, ¿no es verdad?.. dijo, i antes de ser contestada presentósele Gabriel diciendo: señorita Berta, la espera su mamá.

—Ya vamos Gabriel.

Gabriel se retiró.

Nada que merezca recordarse aconteció en esos últimos dias. Manfredo siguió haciendo conocer a Arturo los lugares públicos i los bellos alrededores de Matanzas. Notábase, sin embargo que entre el tio i el sobrino acrecia cierta recíproca intimidad inspirada por un recíproco interés. Arturo amaba tan locamente a Berta, que inflamaban lejos de enfriar su corazon los reveses de su indiferencia: Manfredo a su vez veia en Arturo el hombre acaudalado, culto i aristocrático, el llamado en fin a hacer la ventura de su hija. Arturo le reveló al padre su pasion por la hija, i Manfredo estaba resuelto a cualquier sacrificio a costa de verificar ese enlace, tanto mas ventajoso, cuanto que su situacion era penosa i Arturo era un caballero cumplido, un hombre pródigo i opulento que podria salvarlo de ella.